Brujas, Bardos y Batallas: La Épica Finlandesa del Kalevala

El viejo, el impasible Vainamoinen, resolvió ir a las heladas regiones de la sombría Pohjola…

Desde tiempos remotos, el brumoso y frío norte de Europa ha sido un entorno duro en el que labrarse una existencia. Ese carácter agreste y hostil se ha visto reflejado, como no podía ser de otra manera, en el carácter de las culturas que allí han florecido, y también en la visión mítica que esos pueblos tenían del mundo. El atractivo misterioso de la mitología nórdica -con sus dioses, dragones, gigantes, elfos, enanos y valkirias- es de sobra conocido entre los aficionados al género fantástico. Sin embargo, los mitos de la vecina Finlandia son quizá menos populares, pero eso no los hace menos apasionantes, como demuestra el rico tapiz de historias y leyendas recopilados en la epopeya nacional finlandesa: el Kalevala. Continue reading

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Cristóbal Colón, de profesión emprendedor

No, no nos ha afectado el calor y tampoco nos encontramos ante una nueva hornada de películas patrias como El Cid Cabreador  o Cristóbal Colón, de oficio… descubridor. Tranquilos, no van por ahí los tiros, esta semana al menos.

Hoy, nos gustaría compartir con vosotros la conferencia inaugural que se impartió hace unos días en el marco de la Escuela de Verano de la Fundación ORP. Aunque esta Escuela de Verano llevara como tema un título tan alejado – en principio – del espíritu de esta página como puede ser Liderar la Seguridad Vial: Casos de éxito en la Gestión de la PRL de grandes empresas y organizaciones, lo cierto es que la conferencia que abrió el evento se sitúa de lleno en un territorio que nos es bien conocido.

De la mano del profesor Rodrigo Moreno Jeria, de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile, y con el título Cristóbal Colón, viajes de ida y vuelta, se trazó una visión de la preparación y desarrollo del primer viaje de Colón desde el punto de vista histórico pero incorporando, al mismo tiempo, conceptos del mundo de la empresa, de la prevención de riesgos laborales y de cálculos de seguridad. Desde luego, como podéis intuir, una visión nada convencional del asunto.

Afortunadamente, los contenidos de la Escuela de Verano se pueden consultar de manera gratuita hasta finales de mes, en el Campus UPCplus, así que si os puede la curiosidad sobre el tema, estáis de suerte. En este enlace podéis acceder al curso completo o, si lo preferís (entendemos que la seguridad vial en las grandes empresas puede no ser un tema que levante pasiones veraniegas), acceder directamente a la conferencia inaugural a través de este otro enlace: Cristóbal Colón, viajes de ida y vuelta

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Crisis de ayer y de hoy: Revueltas sociales en la Baja Edad Media.

La historia es una intervención interpretativa que liga pasado, presente y futuro en un compromiso vital. Estamos viviendo un periodo de crisis económica que, al igual que en épocas anteriores, ha movilizado a los sectores más perjudicados. Estudiar historia es un medio para comprender el análisis del presente, si no nos esforzamos por comprender el sistema de vida de hoy, nos resulta difícil entender a la gente de hace quinientos, mil o tres mil años, y viceversa, ya que han influido en el entorno actual y de la sociedad de la que formamos parte.

Como medievalista, quiero hacer mención  a los modelos de revueltas que acontecieron en la Baja Edad Media. En los siglos XIV y XV, un conjunto de revueltas simultáneas, tanto en el medio rural como el urbano, fueron provocadas dentro de un contexto de crisis (política, militar y social), de impopularidad de la nobleza, miseria reinante en el campo y las luchas por tener acceso a los gobiernos municipales. En el siglo XIV, destacan las revueltas campesinas que sacuden el Flandes Marítimo (1323-1328) con resonancias urbanas entre bataneros y tejedores de Brujas e Yprés;  los disturbios de Roma en 1354;  la insurrección liderada en Paris por el mercader Étienne Marcel que se une al levantamiento de la Jacquerie en 1358; el movimiento de los ciompi (cardadores de lana) de Florencia en 1378 y la rebelión antiseñorial de Wat Tyler en Inglaterra (o Gran levantamiento de 1381). Continue reading

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La voluntad de una generación

La Historia nunca se cansa de enseñarnos que en ocasiones la voluntad de unos pocos puede conseguir cosas verdaderamente importantes, muchas veces luchando con considerables dificultades. Desde luego, el ejemplo que traemos hoy aquí no es una revolución que haya transformado la historia de un país, no es una victoria bélica que haya cambiado el curso de una guerra, no es un descubrimiento científico que haya trastocado los cimientos del mundo tal y como se conocía. No, no es nada de eso; pero es algo que a los pocos afortunados que hemos hecho del mundo de las humanidades —de los studia humanitatis— no sólo nuestra afición sino nuestra vocación laboral, nos trae una sonrisa a los labios. Es, simplemente, un titánico esfuerzo que ha tenido, tiene y tendrá merecidos, hermosos y jugosos frutos. Continue reading

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Antes de Tolkien: Las Raíces de la Fantasía Moderna

Para un gran número de lectores, la narrativa fantástica moderna tiene sus principios en la obra de J.R.R. Tolkien (1892-1973). El mundialmente reconocido creador de la Tierra Media, cuya historia queda brillantemente relatada en El Hobbit (1937), El Señor de los Anillos (1954-55) y El Silmarillion (1977), no sólo situó en el mapa literario el género fantástico sino que al hacerlo dejó una huella imborrable, una línea divisoria en los anales de la fantasía moderna. Sin duda alguna existe un antes y un después de Tolkien, pero si bien sus sucesores (desde los de mayor mérito literario y artístico hasta los centenares de imitaciones comerciales y derivativas) se han labrado un lugar en los estantes de librerías de todo tipo, sus antecesores más directos han quedado en gran medida eclipsados por la larga sombra del genio de Oxford.

Huelga decir que la literatura fantástica no empezó con Tolkien, sino que sus raíces se remontan a los mismos orígenes de la escritura. Tolkien, en su condición de especialista en literatura medieval, sabía perfectamente que el ser humano ha ejercido sus dotes imaginativas desde su más tierna infancia, llenando con su inventiva los oscuros recovecos que la razón no podía alcanzar. Gran parte de las narraciones que nos han llegado desde el mundo antiguo –desde la Odisea de Homero a la Epopeya de Gilgamesh– son fábulas sobre héroes, dioses y monstruos, que enfrentan al hombre con fuerzas desatadas y sobrenaturales que aparentemente le sobrepasan. Otro tanto puede decirse del poema anglosajón Beowulf, del que Tolkien fue uno de los mayores expertos: el héroe debe enfrentarse a varios monstruos, entre los que se encuentra un terrible dragón.

Esta tradición heroica tendría su continuidad en el rico caldo de cultivo de la literatura medieval. Los romances caballerescos, que rápidamente desplazaron en popularidad a formas épicas anteriores como los cantares de gesta, muestran una enorme fascinación por la magia y lo fantástico, y se alejan de narrar grandes guerras que deciden el destino de naciones para centrarse en las búsquedas heroicas e individuales de sus nobles y honorables protagonistas. Los romances más populares giraban en torno a la Materia de Bretaña, que comprende las leyendas artúricas heredadas del acervo cultural celta y reformuladas según la óptica medieval[1]. Entre ellos se encuentra Sir Gawain y el Caballero Verde, poema narrativo cuya primera edición moderna y posterior traducción corrieron a cargo del mismísimo Tolkien. No es de extrañar que el profesor, sintiéndose heredero y deudor de esta tradición, afirmara en más de una ocasión que El Señor de los Anillos queda mejor definido como un romance heroico que como una novela.

Otra muestra de esta corriente fantástica medieval que también sirvió de fuente de inspiración para Tolkien la encontramos entre las brumas de la Europa septentrional. Los ciclos islandeses como la Völsunga Saga o las Eddas ­–tanto la Poética como la Edda en Prosa de Snorri Sturluson– giran alrededor de elementos míticos y heroicos, y la Edda de Snorri en particular se erige como un verdadero compendio de mitología nórdica, un legado del antiguo paganismo norte-europeo recopilado más de doscientos años después de que Islandia fuera cristianizada. Tolkien recurrió sin reservas a las sagas nórdicas para dotar a su creación de una potente resonancia mítica, y su influencia se puede vislumbrar a lo largo de toda su obra, desde las razas legendarias de los elfos y los enanos[2] hasta la figura odínica del peregrino errante que encontramos en el mago Gandalf.

 

Prose Edda

Cubierta de una versión de la “Edda en Prosa”, manuscrita en el s. XVIII,

mostrando figuras mitológicas como Odín, Heimdall y Sleipnir

De la misma manera, el folklore popular y los cuentos de hadas forman parte también de la prolongada relación del ser humano con los mundos de la fantasía, y su influencia dentro de la historia del género fantástico no es menor por tratarse de una tradición fundamentalmente oral. Ese rico patrimonio oral empezó a ser recopilado y preservado sobre el papel por los grandes folkloristas de los siglos XVIII i XIX, encontrándose los célebres Hermanos Grimm entre los más destacados. Ese volcado a la página escrita, unido al clima cultural del romanticismo imperante en la época, hizo posible que el cuento de hadas viviera su transición de relato de comadres a forma de arte, como demuestra el Kunstmärchen, el cuento de hadas literario que surgió durante el romanticismo alemán y fue practicado por autores como Ludwig Tieck. Dicha transición supuso la aparición de cuentos de nueva hechura, no surgidos de la imaginación popular y anónima sino del puño y letra de autores concretos, con unos valores estéticos determinados y una clara vocación literaria. Nos hallamos, ahora sí, ante las verdaderas raíces de la fantasía moderna.

Entre los primeros autores que practicaron formas literarias como el Kunstmärchen, como el mencionado Tieck, y la irrupción en escena de J.R.R. Tolkien, existe una generación ­–no me atrevo a calificarla de perdida– de escritores que contribuyeron enormemente a la génesis de la fantasía como género literario para adultos. Algunos de ellos constituyeron fuentes de inspiración para Tolkien, mientras que otros probablemente pasaron inadvertidos para el profesor, pero en cualquier caso el legado de dichos autores demuestra que un género fantástico variado y heterogéneo existía y gozaba de buena salud antes de la llegada de nuestros queridos hobbits.

El escocés George MacDonald (1824-1905) se encuentra entre los pioneros de la fantasía tanto para adultos como en su vertiente infantil. Sus novelas Phantastes (1858) y Lilith (1895) contienen elementos alegóricos y religiosos, pero sin duda es mucho más conocido por sus novelas de corte juvenil como The Princess and the Goblin (1871) –que influyó en la representación de los trasgos de la Tierra Media- y sus relatos fantásticos como The Golden Key (1867). Otro escocés, Andrew Lang (1844-1912), ha pasado a la historia principalmente por sus recopilaciones de cuentos de hadas versionados por sí mismo; sin embargo, en su faceta menos conocida es también el autor de fantasías para niños (The Gold of Fairnilee, 1888) y para adultos (That Very Mab, 1885). El británico William Morris (1834-1896) es otro de los autores que, a pesar de haber quedado relegado prácticamente al olvido para el gran público, supuso una influencia inmensa para la forma del género en su totalidad. Sus obras más conocidas, The Wood Beyond the World (1894) y, sobre todo, The Well at World’s End (1896) presentan la arquetípica búsqueda heroica a través de un mundo completamente imaginario pero a la vez realista y verosímil. Y por supuesto, no es posible formular una relación de pioneros de lo fantástico sin mencionar a Lord Dunsany (1878-1957), uno de los pocos autores que ha conservado una relativa popularidad gracias a obras como The Gods of Pegana (1905) o The King of Elfland’s Daughter (1924). Por supuesto, los escribas de lo fantástico no estaban confinados al viejo mundo, y al otro lado del Atlántico encontramos a autores como Abraham Merrit (1884-1943), un autor fraguado en las revistas pulp y todo un clásico de la fantasía en su vertiente más aventurera, como demuestra en títulos como The Moon Pool (1919) y The Ship of Ishtar (1926), o a James Branch Cabell (1879-1958), autor prolífico de ensayos, novelas y poesía cuyas obras dentro del género parten de aspiraciones más literarias. Entre ellas cabe destacar Domnei (1920), The Silver Stallion (1926) y Something About Eve (1927).

Goblin and the Princess

“The Goblin and the Princess”, de George MacDonald, inspiración directa de los trasgos de Tolkien.

Ilustración de Nick Harris. 

 

Evidentemente, son muchos los pioneros de lo fantástico que se quedan en el tintero. Si algo pretende demostrar este breve listado es que existía una corriente vibrante y activa, deudora de una larga tradición, mucho antes de que Tolkien llevara la fantasía hasta las más altas cotas de popularidad y prestigio. Los autores mencionados en este artículo, así como la larga lista que ha quedado por nombrar, no podrían en modo alguno definirse a sí mismos como “escritores de fantasía”, como si pueden los sucesores de Tolkien. No formaban un movimiento literario, ni una generación a la vieja usanza; se trataba más bien de un grupo ecléctico de individuos que lo único que tenían en común era su deseo de abandonar los confines más seguros de la literatura y explorar las sendas menos holladas. La grandeza de Tolkien, su genialidad, radica precisamente en su manera de hilvanar todos los elementos heredados de aquellos que le precedieron, desde las sagas de la antigüedad a los romances medievales a sus predecesores más directos, y tejer con ello un tapiz único e inigualable, dotando así a la fantasía de un alcance y una profundidad jamás lograda anteriormente, y que difícilmente volverá a repetirse.

[1] Una buena muestra de los antecedentes celtas del mito artúrico lo encontramos en el Mabinogion galés (colección de historias recopiladas en los s. XII y XIII), donde Arturo aparece en varias de las historias en calidad de rey o jefe guerrero.

[2] Como ejemplo, nótese que Tolkien extrajo los nombres de casi todos los enanos de la Tierra Media, así como el del propio Gandalf, directamente del Völuspá, el primer poema de la Edda Poética.

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La eternidad en un soneto de Shakespeare

Nadie que haya frecuentado la poesía inglesa podrá olvidar el pareado final del soneto XVIII de Shakespeare[1]. Tras buscar en vano paralelismos entre la belleza de la persona amada y un día de verano  (“Shall I compare thee to a summer´s day…?”), el poeta opta por afirmar su propio verso, su poesía misma, como único espacio en el que se podrá preservar eternamente la persona amada, más allá del mundo natural y, sobre todo, más allá de la sombra de la muerte (“…nor shall Death brag thou wander´st in his shade”). Se llega así a la memorable conclusión final.

“So long as men can breathe or eyes can see,

So long lives this, and this gives life to thee”.    Continue reading

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“Ni contigo ni sin ti”: la iconografía sexual en el románico.

Poco pensaba el cantero románico cuando talló su capitel que siglos después mentes que se consideraban más avanzadas iban a mutilar su obra. ¿Cómo era posible que un artista románico tallara figuras desnudas en un capitel destinado a decorar el interior de una iglesia?. Quizás uno de los ejemplos más conocidos es el de la iglesia de San Martín de Frómista que fue objeto de una drástica restauración, realizada entre los años 1895 y 1904 por Manuel Aníbal Álvarez, que la convirtió en un edificio nuevo. Es suficiente leer la referencia que hace Gómez Moreno en su obra “El arte románico español” (1934) para experimentar una sensación de “terror artístico”:

Se desmontó y rehizo desde sus cimientos a excepción de la fachada norte. Es nuevo el hastial de poniente, donde no parece seguro que hubiese puerta. Se renovaron hasta 86 modillones, muchos trozos de cornisa, 11 capiteles, 46 basas y 12 cimacios. En cambio, se suprimieron otros dos contrafuertes en las naves laterales, cuya existencia se acredita por fotografías antiguas y el plano”.[1]

Entre esos capiteles que sé “renovaron” se encontraba el de “La Orestiada”, no nos centraremos en su representación pero si en el hecho de que una de las figuras que aparecían desnudas fue destrozada premeditadamente por un individuo influido “por un medievo idealizado”[2] en un intento de “recristianización de la Edad Media”[3]. No se trata de un caso aislado, tanto las iglesias grandes como las pequeñas situadas en zonas rurales sufrieron la censura propia de una mentalidad diferente y resultado de un rechazo por aquello que no se comprendía.

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Capitel de la Orestiada de la iglesia de San Martín de Fromista. Actualmente en el Museo Arqueológico de Palencia.

Desde siempre las imágenes eróticas en el románico han llamado la atención de muchos curiosos, pero no ha sido hasta hace pocos años cuando los estudiosos han empezado a preguntarse que significado tenían esas representaciones en una iglesia. En la descripción que Serrano Fatigati hace en 1898 de estas escenas, se muestra horrorizado y dice que están compuestas de “detalles que no son para ser descritos”[4], una prueba del recelo que se tenía a la visión publica de estas imágenes. Por su parte, Lampérez expone que su función respondería a el deseo de poner a la vista de las rudas gentes medievales todos los horrores del pecado, no por modo simbólico, poco comprensible para los analfabetos, sino con la realidad a la vista. Para nosotros, cultas gentes del siglo XX, el procedimiento resulta un tanto fuerte; pero no debía de serlo para los hombres del XII[5]. Lejos queda la idea de que son obra de canteros inexpertos o picarones, como bien dicen Del Olmo y Varas “El arte románico es un escaparate, una exposición religiosa, en un mundo dirigido por la religión. Es en definitiva la forma de explicar teología a quienes no saben leer ni escribir, y todo en los templos tiene un valor simbólico[6].

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Canecillos eróticos en la iglesia de San Cornelio y San Cipriano de Revilla de Santullán (Palencia).

Conforme nos acercamos a estas escenas crecen sus interpretaciones: las imágenes eróticas son una representación del pecado, la iconografía sexual buscaba aumentar la población, la temática erótica fue propiciada por las clases altas, las escenas sexuales son un muestrario de lo cotidiano, los motivos eróticos son resultado de influencias paganas, e incluso que respondían a una campaña cristiana contra su enemigo más acérrimo, el musulmán.

Muchas de las interpretaciones anteriores fueron formuladas en una época en la que el sexo todavía era considerado un tabú, y siempre se creaban desde el punto de vista del pensamiento actual. Solo cuando hemos empezado a reflexionar sin los prejuicios de nuestra era y pensando en la época en la que se crearon estas representaciones, se han formulado interpretaciones más validas.

La cuna del erotismo la encontramos en la iglesia de Cervatos (Cantabria)  que rompe con las ideas establecidas, nos llenan de interrogantes y nos animan a seguir investigando un tema sobre el que todavía queda mucho por decir.

 

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Canecillos y relieves eróticos en la iglesia de Cervatos, Cantabria.

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[1] Nuño González, Jaime: “Hacia una visión de la iconografía sexual: escenas procaces y figuras obscenas” VV.AA, Poder y Seducción de la Imagen Románica. Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real, 2005; pp. 193-234.

[2] Nuño González, Jaime: «Hacia una visión de la iconografía sexual: escenas procaces y figuras obscenas» VV.AA, Poder y Seducción de la Imagen Románica. Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real, 2005; pp. 193-234.

[3] Olmo García, A. del y Varas Verano, B. Románico erótico en Cantabria. Palencia. 1988.

[4] VV.AA: “La Restauración de la Arquitectura Románica en Castilla y León a fines del siglo XIX: el caso de San Martín de Fromista (Palencia). Perfiles del Arte Románico. Fundación Santa María la Real, Aguilar de Campoo, 2002; 83-109.

[5] Prado Vilar, F: “Saevum Facinus: estilo, genealogía y sacrificio en el arte románico español”. Goya 324, (2008): pp. 173-199.

[6] Prado Vilar, F: “Saevum Facinus: estilo, genealogía y sacrificio en el arte románico español”. Goya 324, (2008): pp. 173-199.

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Alatriste: un viaje en el tiempo al Madrid de los Austrias

En su Apostilla a El Nombre de la Rosa, Umberto Eco explicaba que para él hay tres maneras de contar el pasado. La primera es lo que llama el romance, y en ella el pasado no sería más que un pretexto para dar riendas sueltas a la imaginación. Después estaría la novela de capa y espada, donde se toman personajes «registrados por la enciclopedia» para generar un pasado “real” y reconocible, pero donde se entremezclan actos reales y ficticios y entran en escena personajes de fantasía que, no obstante, «expresan sentimientos que podrían atribuirse también a personajes de otras épocas». Y finalmente está la novela histórica, donde no es necesario que haya personajes reconocibles «desde el punto de vista de la enciclopedia» pero cuyos actos sólo pueden encuadrarse en el momento histórico del que hablan, sirviendo «para comprender mejor la historia, lo que sucedió»[1].

Podríamos decir que la obra de Pérez-Reverte se corresponde con la llamada novela de capa y espada, porque además de mezclar personajes reales con ficticios y construir un entramado narrativo situado entre la realidad y la ficción, expresa sentimientos que pueden atribuirse a otras épocas. De hecho, el narrador de toda esta saga literaria, Íñigo Balboa, parece situarse en el tiempo del lector, reflexionando, además, sobre los propios acontecimientos históricos.

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Los tres mosqueteros Fuente: https://es.wikipedia.org

 

Estos pensamientos de Íñigo son fruto de la intencionalidad del propio autor, ya que Alatriste fue concebido casi como un libro didáctico. Como el propio autor apuntaba en una entrevista:

 Un día, viendo los libros de texto de mi hija, que entonces iba al colegio, me di cuenta de que dedicaban varias páginas a la transición, que está muy bien, pero sólo media y un cuadro al Siglo de Oro (…) Decidí así contarle a mi hija esa España del XVII que ha desaparecido de nuestros textos y para ello procuré buscar un lector atractivo, que tuviera batallas, pero sobre todo la amarga lucidez de ser español y consciente de su historia[2].

Estas opiniones y juicios de valor, no son sino las reflexiones que hace el propio Pérez-Reverte sobre aquella época y sus personajes, pero que también podrían ser asumibles por los contemporáneos. Así, en un pasaje en el que se está haciendo referencia a las relaciones con Inglaterra dice:

 Consideren vuestras mercedes que apenas habían transcurrido treinta años desde la Armada Invencible; ya saben, cañonazo va y ola viene y todo a tomar por saco, con aquel pulso fatal entre nuestro buen Rey Don Felipe Segundo y esa arpía pelirroja que se llamó Isabel de Inglaterra, amparo de protestantes, hideputas y piratas, más conocida por la Reina Virgen[3].

Alatriste es la historia de supervivencia de un soldado de las guerras de Flandes, que tras su regreso se ve obligado a aceptar trabajos como espadachín a sueldo. Nos encontramos ante la vuelta a la realidad de una persona que ha vivido toda su vida al servicio de la guerra y que sólo conoce el oficio de las armas.

Ilustración de Joan Mundet

El capitán Alatriste, ilustración de Joan Mundet. Fuente: http://www.perezreverte.com

 

Sin embargo, aunque el análisis de las Aventuras del Capitán Alatriste nos puede suscitar un enorme debate en torno a numerosos temas como la Inquisición o la guerra de Flandes, traigo a colación esta saga para adentrarme en una realidad cotidiana que subyace en todos los libros: la violencia.

En la Época Moderna las prácticas violentas llegaron a convertirse en una constante a la hora de afrontar un conflicto[4]. El concepto de honor imperante en la época hacía que la más mínima ofensa pudiera desencadenar una afrenta. «En aquel tiempo, un hombre podía perfectamente hacerse matar por su reputación, todo se disculpaba menos la cobardía y la deshonra»[5]. Un honor no exclusivo de los estamentos superiores y que llevó a que este tipo de delitos se convirtiera en uno de los principales motivos de querellas en aquellos tiempos. Pero también, la extendida costumbre de portar armas suponía que cualquier desencuentro pudiera terminar de forma violenta. Como en aquel episodio en el Corral de la Cruz en el que el tropiezo fortuito del Capitán con un desconocido terminó en lance porque «al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables»[6]

Y  es que al parecer, en esa España que fue la de Felipe IV los crímenes y excesos estaban a la orden del día. Así parece constatarlo Deleito y Piñuelas a través de los Avisos y Noticias de la época, entre los que habría que destacar los de Barrionuevo o Pellicer. En ellos pueden leerse noticias como el suceso acontecido el 8 de agosto de 1622 y que decía: «Después de media noche, en la calle que baja de la plazuela de la Cebada de San Pedro, mataron de una estocada a Don Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, sin darle lugar a meter mano a la espada»[7].

Quizás podamos definir al Capitán Alatriste como uno de esos “valientes” de los que el profesor Mantecón nos habla. Además de camarada «de fiar» contaba con otros atributos como el arrojo, la audacia y la inteligencia, y eso en la Castilla moderna «le dotaba de autoritas dentro de su entorno social de referencia»[8].

Pero además, un elemento fundamental en la obra de Pérez-Reverte es la calle. Aquí es donde el autor consigue introducirnos, gracias a su minuciosidad y detalle, en el Madrid del siglo XVII. Ese Madrid, mezcla de realidad y ficción en la obra y que el autor definió como lleno de «callejuelas estrechas y mal alumbradas, de mancebías y garitos, donde en la hora menguada los vecinos arrojaban las inmundicias a la calle, y donde la vida había que buscársela a menudo en lances y emboscadas»[9]. Y en esas callejuelas, oculto en sus sombras es fácil imaginarse esos lances de espada que la noche silenciaba.

Todo ello envuelto en el lenguaje de la germanía que cuidadosamente Pérez Reverte utiliza. Se trataba de un lenguaje que para su seguridad y forma de entenderse utilizaba la chusma del hampa[10]. Cuando en un episodio de Limpieza de Sangre alguien vociferó « ¡La gura!… ¡La gura!» se estaba refiriendo a que por allí estaban de ronda alguaciles y corchetes.

En definitiva, gracias a la minuciosidad del relato, la descripción y el estilo literario de Pérez Reverte, el autor logra retrotraernos a la España del Siglo XVII con una gran sencillez. Una manera amena, a la vez que didáctica, de comprender mejor la sociedad de entonces y su comportamiento.

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[1] ECO, Umberto, “Apostilla a El nombre de la Rosa“, Anàlisi, nº 9, 1984, pp. 30-31.

[2] http://www.elcultural.com/noticias/letras/Perez-Reverte-La-memoria-historica-es-mucho-mas-amplia-de-lo-que-creen-los-catetos-con-coche-oficial/504321

[3] PÉREZ-REVERTE, Arturo y PÉREZ-REVERTE, Carlota, El capitán Alatriste, Madrid, Alfaguara, 1996, p. 56.

[4] IGLESIAS RODRIGUEZ, J. J., “Pulsiones y conflictos. Rupturas y formas de lo cotidiano”, en PEÑA, Manuel. (Ed.), La vida cotidiana en el mundo hispánico (siglos XVI-XVIII), Madrid, Adaba editores, 2012, p. 218.

[5] PÉREZ-REVERTE, Arturo, Limpieza de sangre, Madrid, Alfaguara, 2000, p. 36.

[6] PÉREZ-REVERTE, Arturo, El caballero del jubón amarillo, Madrid, Alfaguara, 2003, p. 22.

[7] Citado en DELEITO y PIÑUELAS, José, La mala vida en la España de Felipe IV, Madrid, Alianza, 2005, p. 98.

[8] MANTECÓN MOVELLÁN, Tomás A., “«La ley de la calle» y la justicia en la Castilla Moderna”, Manuscrits, 26, 2008, p. 170.

[9] Citado en GUERRERO RUIZ, PEDRO, “Grandeza literaria y miseria moral en la España de Alatriste (un análisis interdisciplinar e intertextual)”, en LÓPEZ de ARABIA, José M. y LÓPEZ BERNASOCCHI, Augusta (Coord.), Territorio Reverte: ensayos sobre la obra de Arturo Pérez-Reverte, Madrid, Editorial Verbum, 2000, p. 135.

[10] DELEITO y PIÑUELAS, José, op. cit.,p. 122.

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Sala de Urgell. El olvidado obispo del año mil

La mayoría de personajes relevantes del imaginario catalán de hoy en día vivieron durante los siglos medievales o modernos. Guifré el Pilós, Jaume I, Serrallonga o Rafael de Casanova son un buen ejemplo de ello. En algunos casos, no en todos, la fama de estos personajes proviene de la importancia que les dieron los autores románticos del siglo XIX, una fama que puede no corresponderse con su verdadera trascendencia histórica. Serrallonga, por ejemplo, era un bandolero con una cuadrilla relativamente importante, pero sin duda menor a la de otros bandoleros como Joanot Cadell, señor de Arsèguel y cabecilla de una tropa que podía llegar a los cuatrocientos o quinientos hombres, protagonistas de las actuaciones más extraordinarias. La fama del primero, con todo, supera claramente la del segundo. En el imaginario pirenaico, la situación es similar. En la Seu d’Urgell son muy recordados y venerados los obispos Ermengol y Ot (ss. XI – XII), ambos considerados santos. El fervor que estos importantes obispos despertaron casi desde su muerte ha hecho olvidar a otros personajes que también han tenido su lugar en la historia, como el obispo Sala (980 – 1010), de quien hoy queremos hablar.

Signatura bisbe Sal·la

Los orígenes del obispo Sala

Sala era hijo de los vizcondes de Conflent Isarn y Ranlo. Tenía un hermano mayor, Bernat, cosa que le situaba en segundo lugar en la sucesión del cargo paterno. Esta situación, como sucedía a menudo en las élites de los condados de la época, hizo que Sala fuese dirigido por sus padres a la carrera eclesiástica. La familia de los vizcondes de la cual procedía era de la más importantes de la Catalunya Vella, sobre todo por el hecho de tener sus dominios en una zona de paso tan importante como era el Conflent, lugar por donde transcurría la vía que desde hacia siglos servía para unir la Península Ibérica y la Galia a través de los valles del Segre i del Tet. Además, el título de conde de Conflent hacía años que se había unido al de los soberanos de Cerdaña, hecho que convertía a la familia vizcondal en el primer poder territorial de la región.

La elección de Sala como obispo de la Seu

En el año 974 Sala aparece documentado como arcediano de Urgell, un cargo que le predisponía a suceder al obispo que gobernaba la Seu en aquellos años, Guisad II. Con todo, creemos que la vinculación con la Iglesia urgelitana habría empezado unos años antes, un período de tiempo que habría servido al joven Sala para formarse a todos los niveles. En el año 978 se documenta el último acto de Guisad y, tres años más tarde, el primero en que Sala actuó como obispo. En estos tres años, pues, se habría producido su elección como prelado. Hay que decir que a lo largo de esta centuria los condes de Urgell tenían un firme control sobre el cargo episcopal y normalmente eran ellos quienes elegían al obispo. Los criterios de elección eran muy sencillos: debían de ser fieles al conde y normalmente le pagaban una suma importante de dinero a cambio de ser elegidos para llevar la mitra urgelitana. La compra de cargos, conocida como simonía, estaba en el orden del día en la Iglesia catalana y europea de los primeros siglos medievales y no fue prohibida de manera contundente hasta la reforma gregoriana. Aunque no podamos probarlo documentalmente, lo más probable es que Sala hubiese sido elegido después de que la familia vizcondal de Conflent hubiese pagado una suma importante al conde Borrell de Barcelona y de Urgell. Sea como sea, hacía el año 980, Sala se convirtió en obispo de Urgell.

Los años del obispo Sala (980 – 1010)

La trayectoria de este personaje como obispo de Urgell fue dilatada y estuvo cargada de éxitos. Durante su mandato, como venía haciendo su predecesor, aplicó de manera universal la décima episcopal, un impuesto que representaba un 10% de la producción. Si bien este impuesto se había comenzado a aplicar en la Catalunya Vella desde hacía casi un siglo, su generalización y universalización no se produjo hasta mediados del siglo X. Guisad II, en este sentido, fue mucho más sistemático que sus predecesores y Sala dio otro giro de rosca. Aunque el establecimiento definitivo de esta fiscalidad no se produjo hasta bien entrado el siglo XII, cuando la red parroquial quedó plenamente definida, podemos considerar que en el caso de Urgell el papel de Sala fue importante de cara al futuro inmediato del obispado.

Imagen de la catedral de la Seu d’Urgell

 

También debe atribuirse a Sala el inicio de la construcción del patrimonio terrenal del obispado de Urgell. Es cierto que esta institución ya tenía posesiones importantes antes de su elección como obispo, pero también lo es el hecho que durante sus años de gobierno este patrimonio aumentó considerablemente. En primer lugar, por un aumento de las donaciones pro anima hechas por particulares. Los miedos del Año Mil, el creciente peso de la Iglesia en la sociedad y la voluntad de ganarse el Paraíso hicieron que hacia finales del siglo X la donación de propiedades a la Iglesia aumentase de manera destacada. Y, en segundo lugar, el creciente interés de los condes por la frontera, situada en aquellos años en la zona de Meià, Montmagastre, Ponts y el valle del Llobregós, hizo que poco a poco se comenzasen a desprender de sus posesiones al norte del condado. Esto benefició claramente a los dos principales poderes urgelitanos de esta región, los vizcondes de Urgell y el obispado. En este sentido, los vizcondes recibieron, en el 989, diferentes propiedades en el valle de Castell-lleó, hecho que llevó a esta familia a territorializarse en ese lugar, que a partir de ese momento recibiría el nombre de Castellbò, un topónimo que definiría la familia vizcondal durante toda su historia. Por otra parte, el obispo permutó con los condes diversas propiedades que tenía en los condados de Cerdaña y Berga por otros que el conde Borrell II de Barcelona – Urgell tenía al norte del condado, los valles de Andorra. Aunque los obispos no consiguieron la propiedad total de Andorra hasta el 1133, lo cierto es que Sala puso la primera piedra de un dominio que hoy en día, aunque de forma diferente, aún pervive.

Durante su episcopado, por otra parte, Sala tuvo que hacer frente a una grave situación que hacía peligrar los dominios de la Iglesia de Urgell en los condados de Cerdaña y Berga. Estos territorios, dependientes de los condes de Cerdaña, sufrían un agravio comparativo con otros condados catalanes, sobretodo en relación al bloque formado por Urgell – Barcelona – Osona – Girona. Mientas que estos últimos disponían de sedes episcopales propias, hecho que daba a sus soberanos una gran ascendencia sobre la Iglesia de la Catalunya Vella, los territorios dependientes de los condes de Cerdaña (Cerdanya, Berga, Conflent, Capcir y Besalú) no tenían ninguna sede episcopal. Así, a finales del siglo X, el ya citado conde Borrell II dominaba nada más y nada menos que cuatro sedes episcopales, mientras que su pariente Oliba Cabreta no controlaba ninguna. Esto obligaba a los señores territoriales de estos lugares a comprar cargos eclesiásticos a sus vecinos, algunos de los cuales dependían de condes como los de Barcelona con quien rivalizaban, pagando cantidades desorbitadas. Este hecho, sumado a la aplicación de una fiscalidad eclesiástica de la cual no extraían ningún beneficio, hizo que hacia el año 990 los soberanos de Cerdaña usurpasen las propiedades que el obispado de Urgell poseía en sus territorios. La respuesta de Sala fue contundente, excomulgando todos los habitantes de dichos condados a excepción, curiosamente, de sus soberanos, y prohibiendo la celebración de oficios religiosos, además de pedir el apoyo del resto de jerarcas eclesiásticos de las sedes episcopales vecinas. Esta contundencia, la imposibilidad de cambiar de manera fácil el status quo vigente y, suponemos, la mediación del conde Oliba de Berga –futuro abad de Cuixà y Ripoll y futuro obispo de Vic– habría solucionado definitivamente el conflicto. Sea como sea, Sala defendió con fuerza los intereses de la sede que dirigía, además de demostrar una gran erudición en la encíclica que envió a las sedes episcopales vecinas.

De Sala también cabe destacar la visita que hizo al Papa, acompañado de Ermengol I de Urgell en el año 1001. Des de mediados del siglo X, las élites de los condados catalanes protagonizaron un proceso de apertura hacia la sede apostólica, la nueva fuente de legitimidad que venía sustituyendo el poder de unos monarcas francos en plena desintegración en los condados catalanes. De Roma, condes y obispos volvían con bulas que confirmaban privilegios y propiedades, unos documentos fundamentales para defender el patrimonio de las diferentes instituciones que representaban. El conde Ermengol ya había viajado en el año 998 a Roma, donde se había entrevistado con el emperador Otón III y con el papa Gregorio V. Por diversos conflictos políticos en la ciudad de Roma, el papa Silvestre II se encontraba en el año 1001 en Ravena y fue allí donde recibió a Ermengol y a Sala, a quien aconsejó sobre diferentes cuestiones. Sala volvió a su diócesis con una bula papal que renovaba la que había recibido su predecesor Guisad II, en el 951, y que confirmaba las nuevas posesiones obtenidas por el obispado hasta aquel momento.

A partir del año mil, otro personaje clave para la historia urgelitana entró a formar parte de la Iglesia de Urgell, Ermengol, sobrino del obispo Sala. Ermengol era hijo de los vizcondes de Conflent Bernat y Guisla y, como en el caso de su tío, fue el segundo hijo del matrimonio, hecho que le situaba en segundo término en la sucesión del vizcondado. Por este motivo, sus padres lo pusieron bajo la tutela de Sala, con la intención de que lo relevase como obispo. Obviamente, el relevo se tenía que hacer con el consentimiento del conde de Urgell, cosa que consiguieron a cambio del pago de cien piezas de oro que el conde Ermengol I tenía que recibir cuando Sala traspasara y Ermengol se convirtiese en obispo. A partir de este pacto, Ermengol se convirtió en arcediano de Urgell y en la mano derecha de su tío, que le enseñó todo lo que sabía.

De los últimos años  de Sala como obispo de Urgell hay que destacar el proyecto de refundación de la canónica urgelitana. La intención de Sala era actualizar la regla aquisgranesa que regía la vida de los canónigos de la Seu de Urgell, además de adaptar la canónica a nuevos tiempos. De hecho, Sala había estado presente en el año 1009 en Barcelona, donde se había culminado un proyecto similar, hecho que debió acabar de animarle a hacer lo mismo en su sede. La muerte, pero, le sorprendió antes, de aquí que fuese su sobrino y sucesor en el cargo, el obispo Ermengol, quien presidiese el acto de refundación. Esto no quiere decir, pero, que el proyecto fuese suyo. Él simplemente lo culminó y lo desarrollo durante todo su episcopado que se alargó hasta el 1035.

El obispo Sala tuvo excelentes relaciones con el poder condal urgelitano, representado por Borrell II primero y por Ermengol I después. De la buena sintonía se benefició mucho el obispado ya que durante todo este periodo los condes dieron grandes predios a la institución eclesiástica. Sala se mostró fiel a los condes de Urgell y estos recompensaron generosamente su fidelidad. En este sentido, Sala se benefició de la política de frontera llevada a cabo por Ermengol I. La gran riqueza que aparece relacionada en el testamento de ambos personajes hace que hoy en día podamos considerar el conde y el obispo de Urgell del año mil como dos de los personajes más ricos de la Cristiandad latina.

La muerte de Sala

El obispo Sala emprendió su último viaje en el año 1010, cuando acompañó al conde Ermengol I y a otros soberanos y obispos catalanes en la famosa expedición catalana a Córdoba. Los guerreros de los condados habían sido llamados para formar parte del ejército de uno de los candidatos que pretendían el trono califal de Al-Ándalus. Aunque en ese aspecto no triunfaron, lo cierto es que volvieron a sus hogares bastante más ricos de cómo habían partido. Para Urgell, a pesar de todo, las pérdidas de aquella expedición fueron muy significativas. El conde Ermengol murió luchando en la batalla de Aqabat al-Baqar, cerca de la capital andalusí, y el obispo Sala en Gelida, al límite de los condados catalanes, seguramente herido o enfermo. A partir de ese momento, el protagonista de la historia urgelitana fue el obispo Ermengol, que supo aprovechar muy bien la minoría de edad del futuro conde, haciendo y deshaciendo como le plació.

Biblia de Rodes

Guerreros a caballo – Miniatura de la Biblia de Rodes, primer tercio del siglo XI.

 

El olvido de un obispo

El obispo Sala es, sin duda, uno de los protagonistas más importantes de la historia medieval de Urgell. Como hemos visto, fue un hombre que destacó en muchos aspectos y que protagonizó unos años de apogeo de la institución que representaba. Por desgracia, hoy es un personaje bastante desconocido y recordado, tan solo, porqué fue tío del obispo san Ermengol. Este olvido se debe, sobre todo, a la larga sombra de su sobrino. Hoy tenemos el Retaule de Sant Ermengol, la Fira de Sant Ermengol o el carrer Sant Ermengol en la Seu de Urgell, pero pocos saben quién fue su predecesor, una figura de primer orden del año mil que des de aquí queremos vindicar.

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¿La frontera entre cristianos y musulmanes en el año mil era solo un campo de batalla?

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La mayoría de lectores mínimamente versados en el campo de la historia seguramente ya saben que los siglos que reciben el nombre de “Edad Media” no fueron ni tan oscuros ni tan negativos como se creía hace unos años. Con todo, los mitos que circulan sobre estas centurias aún son muchos y están profundamente arraigados en el imaginario de gran cantidad de gente. Son muchas las personas que piensan, por ejemplo, que los hombres y las mujeres de la Edad Media eran unos bárbaros incivilizados que estaban continuamente matándose unos a otros y que vivían en un mundo de violencia permanente. Lo más curioso de todo es que nunca en la historia ha muerto tanta gente por culpa de la violencia como en el siglo XX –un siglo en que murieron unos cien millones de personas– y nadie considera que sus padres, abuelos o bisabuelos sean unos incivilizados. Con esto, tampoco queremos decir que el mundo medieval fuese perfecto, un paraíso terrenal, pero sí que creemos que debemos entender el contexto de cada momento, conocer realmente de qué realidad estamos hablando y huir de mitos que no hacen más que perjudicar nuestro conocimiento del pasado.

En este sentido, hoy queremos acercarnos a la realidad de la frontera entre cristianos y musulmanes del año mil en el territorio catalán y, en especial, al limes del condado de Urgell y del califato de Córdoba. A menudo, la frontera medieval se ha imaginado como una línea clara que separaba dos mundos –de espaldas uno de otro–, que solo entraban en contacto para guerrear. Lo cierto es, sin embargo, que el espacio de frontera era mucho más complejo de lo que puede parecer a primera vista. Lo primero que debemos hacer es quitarnos de la cabeza dos ideas sobre la frontera del año mil que son totalmente falsas. Aunque así nos la imaginemos, la frontera no era un espacio de guerra continua. Era, en todo caso, un espacio que, a veces, veía pasar ejércitos de sur a norte y de norte a sur para hacer incursiones en el territorio enemigo, pero no era un territorio de guerra de trinchera en que unos y otros defendían día sí día también cada uno de los palmos de su soberanía. A parte, la frontera no era un espacio bien delimitado, un corte limpio entre dos poderes, sino más bien un terreno difuso y relativamente ancho en que se podía encontrar desde guarniciones militares en fortificaciones hasta familias campesinas que trabajaban una tierra de nadie pasando por comerciantes y viajeros que iban de un territorio a otro por motivos de los más diversos.

Para las élites catalanas del año mil, disponer de una frontera representaba la posibilidad de enriquecerse a través de la conquista de nuevos espacios, de conseguir nuevas tierras de las cuales obtener rentas, de la toma de botín en las incursiones al territorio enemigo, de ser contratado como mercenario en los conflictos internos del mundo musulmán o, más adelante, de cobrar parias a cambio de no atacar posiciones enemigas. No es extraño, pues, que el conde Ermengol I y el obispo Sal·la de Urgell, señores de un territorio fronterizo, sean considerados dos de los gobernantes más ricos de los condados catalanes del año mil por la gran cantidad de bienes que figuraban en sus respectivos testamentos. Entre otros bienes, en el año 1007, el conde Ermengol estaba en posesión de una silla de plata, un freno de plata, una espada con oro, una vaina o funda de oro, unas espuelas de plata y un total de 395 onzas de oro.

Es cierto que a finales del siglo X el califato de Córdoba representa la riqueza, la opulencia y el lujo, pero también era un mundo que presentaba un elevado nivel cultural gracias a la posesión de obras científicas y literarias del mundo grecolatino que en el Occidente europeo habían desaparecido. La leyenda dice que el califa al-Hakam II tenía una biblioteca con más de medio millón de volúmenes. Aunque es difícil dar por buena esta cifra, lo cierto es que las bibliotecas de Córdoba estaban mucho mejor provistas que las de los condados catalanes y las del resto del continente. Con todo, gracias al papel de nexo que realizaba la frontera, al mundo catalán del año mil empezaron a llegar y a ser traducidas estas obras, cosa que repercutió muy positivamente en el nivel cultural del país. Cuando en Europa aún se desconocían o ya no se recordaba la existencia de estas obras, en Urgell ya se leía a Virgilio y en Ripoll ya había una biblioteca bien provista de libros científicos. Este hecho va a ser decisivo para que Gerberto de Aurillac, que acabaría convirtiéndose en papa con el nombre de Silvestre II, viniese a tierras catalanas con la intención de estudiar unas materias que solo podían ser estudiadas aquí.

Muestra de piezas del ajedrez de la Isla de Lewis (siglo XII), un ejemplo de la difusión del juego en el norte de Europa. Fuente

La frontera, por otra parte, también actuaba de puerta de entrada a la Europa occidental de muchos objetos de factura islámica, objetos que rápidamente se convirtieron en bienes de lujo deseados por las élites catalanas y, al cabo de poco tiempo, también por las del resto de Europa. A partir del año mil empezamos a encontrar objetos de lo más curiosos que serán atesorados y situados en un lugar destacado de los hogares de la incipiente nobleza de los condados catalanes. De entre todos estos objetos, uno de los más significativos que se pueden documentar es un ajedrez. Como advirtió Martí de Riquer en su momento, el conde Ermengol I de Urgell fue seguramente el primer cristiano que poseyó uno. De hecho, Urgell se convirtió en la entrada a Europa del juego del ajedrez ya que de las cinco referencias de este juego documentadas en tierras catalanas, cuatro son de este territorio. Años después, incluso, los condes de Urgell convirtieron el tablero de ajedrez en el símbolo heráldico que figuraba en su escudo de armas, hecho que podría responder al interés que este juego despertó en este condado.

Vistos estos ejemplos, ¿podemos definir la frontera entre cristianos y musulmanes del año mil simplemente diciendo que era un territorio hostil, un campo de batalla? ¿Podemos seguir imaginándonos el espacio que separaba las dos soberanías como una tierra donde solo servía la espada? La historia nos demuestra que no, que la frontera era una tierra de encuentro entre dos culturas: la cristiana y la musulmana. De encuentros militares a veces, ciertamente, pero también de encuentros que sirvieron a los cristianos para nutrir sus bibliotecas o para conocer realidades diferentes a través de objetos exóticos, de tejidos fabricados a centenares o miles de kilómetros y de juegos como el ajedrez, que hizo las delicias de la nobleza de los condados catalanes y de la Europa del año mil y de los siglos medievales.

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logoAulaeArtículo publicado originalmente en el portal digital de historia El Principat el 26.07.2014

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