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La Edad Media impertinente y los niños de París

(Entrada publicada originalmente el 29 de abril de 2015)

Una de las formas más primarias de definir la propia identidad es hacerlo por oposición. El gran relato de la Modernidad, del que seguimos siendo deudores, forjó su identidad a partir de dos enormes Otros. Sobre el espacio, consolidó el ya antiguo mito del Oriente, un lugar a la vez exótico y salvaje, opulento y temible, refinado y cruel. Un Oriente que iba creciendo conforme avanzaba la exploración europea del orbe, pues los tópicos y leyendas orientales, que en origen se referían sobre todo a Oriente Próximo y el mundo árabe, se iban aplicando a los nuevos territorios descubiertos (o redescubiertos): el África negra, América, la India, China, Japón, los Mares del Sur… Allí parecían hacerse realidad todas las fantasías occidentales, desde la nostalgia por la inocencia perdida (1) hasta el anhelo de una sexualidad desinhibida, desde las más perfectas utopías políticas hasta los despotismos más despiadados. Se diría que cualquier ensoñación, delirio o aberración tenía cabida en “Oriente”, a condición de que sirviese para manifestar la distancia que nos separaba de unas gentes que, mejores o peores, angélicas o demoníacas, desde luego no eran como nosotros.

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Saramago, un escritor para la posterioridad

Presentar a José Saramago de buenas a primeras por sus logros sería caer estrepitosamente en la aceptación superficial de su figura y no en la profundidad e inspiración de sus ideas y relatos. Relatos que concibió y escribió a caballo entre Lisboa y Tías (Lanzarote), reconociendo ya de mayor una extraña seducción inefable que lo arrastraba al paisaje desierto y volcánico de la isla canaria. En cierta ocasión, estando un servidor de vacaciones por la isla, no pude resistirme a visitar su casa y biblioteca, hogar-museo desde que falleció en 2010. El hogar de Saramago se convirtió desde el final de las dictaduras de Salazar en Portugal y Franco en España, en un lugar de peregrinación donde pasaban a tomarse un café portugués todo tipo de idealistas, intelectuales y gentes del socialismo. Aquella casa de Tías, juntamente con la propiedad del escritor en Lisboa, consciente o inconscientemente, se convirtió en un nexo donde el progreso político e intelectual buscaba el calor y la reflexión del escritor luso. Unos años nobles tras la censura imperante y la Revolución de los Claveles, en la que participó, en que el autor no publicó absolutamente nada porque “no tenía nada que decir”. Solo redactó poesía en la intimidad llegándose a publicar discretamente en 2005. Continue reading

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Cyrano de Bergerac: ¿El libertino romántico?

Probablemente haya muy pocos géneros literarios más difíciles que el biográfico. Esto se debe a la absoluta necesidad de documentación oral o escrita que tiene el autor para poder reflejar correctamente el entorno y la personalidad del sujeto a biografiar. Y esto puede generar dos problemas mayúsculos:

  • El exceso de documentación, lo cual alarga enormemente la fase previa a la escritura.
  • La falta de la misma, pues empuja al autor irremediablemente a la suposición o a la invención.

Evidentemente, la biografía puede volverse más difícil si el período es ajeno al autor, pues éste tendrá que investigar muchísimo no sólo para conocer el entorno histórico y político, sino también a entender el tipo de mentalidad imperante en la época. Además, la narración debería hacerse –en una situación ideal– libre de prejuicios morales o políticos. Continue reading

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¿Cuántas Odiseas contiene la Odisea?

Con esta pregunta lanzada al aire, casi con una provocación, comenzaba Italo Calvino su reflexión sobre la Odisea en Por qué leer los clásicos (Siruela, 2009). Podría parecernos un simple juego de palabras pero, como en tantas otras cosas con Calvino, nada es lo que parece en un principio.

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Alatriste: un viaje en el tiempo al Madrid de los Austrias

En su Apostilla a El Nombre de la Rosa, Umberto Eco explicaba que para él hay tres maneras de contar el pasado. La primera es lo que llama el romance, y en ella el pasado no sería más que un pretexto para dar riendas sueltas a la imaginación. Después estaría la novela de capa y espada, donde se toman personajes «registrados por la enciclopedia» para generar un pasado “real” y reconocible, pero donde se entremezclan actos reales y ficticios y entran en escena personajes de fantasía que, no obstante, «expresan sentimientos que podrían atribuirse también a personajes de otras épocas». Y finalmente está la novela histórica, donde no es necesario que haya personajes reconocibles «desde el punto de vista de la enciclopedia» pero cuyos actos sólo pueden encuadrarse en el momento histórico del que hablan, sirviendo «para comprender mejor la historia, lo que sucedió»[1].

Podríamos decir que la obra de Pérez-Reverte se corresponde con la llamada novela de capa y espada, porque además de mezclar personajes reales con ficticios y construir un entramado narrativo situado entre la realidad y la ficción, expresa sentimientos que pueden atribuirse a otras épocas. De hecho, el narrador de toda esta saga literaria, Íñigo Balboa, parece situarse en el tiempo del lector, reflexionando, además, sobre los propios acontecimientos históricos.

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Los tres mosqueteros Fuente: https://es.wikipedia.org

 

Estos pensamientos de Íñigo son fruto de la intencionalidad del propio autor, ya que Alatriste fue concebido casi como un libro didáctico. Como el propio autor apuntaba en una entrevista:

 Un día, viendo los libros de texto de mi hija, que entonces iba al colegio, me di cuenta de que dedicaban varias páginas a la transición, que está muy bien, pero sólo media y un cuadro al Siglo de Oro (…) Decidí así contarle a mi hija esa España del XVII que ha desaparecido de nuestros textos y para ello procuré buscar un lector atractivo, que tuviera batallas, pero sobre todo la amarga lucidez de ser español y consciente de su historia[2].

Estas opiniones y juicios de valor, no son sino las reflexiones que hace el propio Pérez-Reverte sobre aquella época y sus personajes, pero que también podrían ser asumibles por los contemporáneos. Así, en un pasaje en el que se está haciendo referencia a las relaciones con Inglaterra dice:

 Consideren vuestras mercedes que apenas habían transcurrido treinta años desde la Armada Invencible; ya saben, cañonazo va y ola viene y todo a tomar por saco, con aquel pulso fatal entre nuestro buen Rey Don Felipe Segundo y esa arpía pelirroja que se llamó Isabel de Inglaterra, amparo de protestantes, hideputas y piratas, más conocida por la Reina Virgen[3].

Alatriste es la historia de supervivencia de un soldado de las guerras de Flandes, que tras su regreso se ve obligado a aceptar trabajos como espadachín a sueldo. Nos encontramos ante la vuelta a la realidad de una persona que ha vivido toda su vida al servicio de la guerra y que sólo conoce el oficio de las armas.

Ilustración de Joan Mundet

El capitán Alatriste, ilustración de Joan Mundet. Fuente: http://www.perezreverte.com

 

Sin embargo, aunque el análisis de las Aventuras del Capitán Alatriste nos puede suscitar un enorme debate en torno a numerosos temas como la Inquisición o la guerra de Flandes, traigo a colación esta saga para adentrarme en una realidad cotidiana que subyace en todos los libros: la violencia.

En la Época Moderna las prácticas violentas llegaron a convertirse en una constante a la hora de afrontar un conflicto[4]. El concepto de honor imperante en la época hacía que la más mínima ofensa pudiera desencadenar una afrenta. «En aquel tiempo, un hombre podía perfectamente hacerse matar por su reputación, todo se disculpaba menos la cobardía y la deshonra»[5]. Un honor no exclusivo de los estamentos superiores y que llevó a que este tipo de delitos se convirtiera en uno de los principales motivos de querellas en aquellos tiempos. Pero también, la extendida costumbre de portar armas suponía que cualquier desencuentro pudiera terminar de forma violenta. Como en aquel episodio en el Corral de la Cruz en el que el tropiezo fortuito del Capitán con un desconocido terminó en lance porque «al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables»[6]

Y  es que al parecer, en esa España que fue la de Felipe IV los crímenes y excesos estaban a la orden del día. Así parece constatarlo Deleito y Piñuelas a través de los Avisos y Noticias de la época, entre los que habría que destacar los de Barrionuevo o Pellicer. En ellos pueden leerse noticias como el suceso acontecido el 8 de agosto de 1622 y que decía: «Después de media noche, en la calle que baja de la plazuela de la Cebada de San Pedro, mataron de una estocada a Don Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, sin darle lugar a meter mano a la espada»[7].

Quizás podamos definir al Capitán Alatriste como uno de esos “valientes” de los que el profesor Mantecón nos habla. Además de camarada «de fiar» contaba con otros atributos como el arrojo, la audacia y la inteligencia, y eso en la Castilla moderna «le dotaba de autoritas dentro de su entorno social de referencia»[8].

Pero además, un elemento fundamental en la obra de Pérez-Reverte es la calle. Aquí es donde el autor consigue introducirnos, gracias a su minuciosidad y detalle, en el Madrid del siglo XVII. Ese Madrid, mezcla de realidad y ficción en la obra y que el autor definió como lleno de «callejuelas estrechas y mal alumbradas, de mancebías y garitos, donde en la hora menguada los vecinos arrojaban las inmundicias a la calle, y donde la vida había que buscársela a menudo en lances y emboscadas»[9]. Y en esas callejuelas, oculto en sus sombras es fácil imaginarse esos lances de espada que la noche silenciaba.

Todo ello envuelto en el lenguaje de la germanía que cuidadosamente Pérez Reverte utiliza. Se trataba de un lenguaje que para su seguridad y forma de entenderse utilizaba la chusma del hampa[10]. Cuando en un episodio de Limpieza de Sangre alguien vociferó « ¡La gura!… ¡La gura!» se estaba refiriendo a que por allí estaban de ronda alguaciles y corchetes.

En definitiva, gracias a la minuciosidad del relato, la descripción y el estilo literario de Pérez Reverte, el autor logra retrotraernos a la España del Siglo XVII con una gran sencillez. Una manera amena, a la vez que didáctica, de comprender mejor la sociedad de entonces y su comportamiento.

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[1] ECO, Umberto, “Apostilla a El nombre de la Rosa“, Anàlisi, nº 9, 1984, pp. 30-31.

[2] http://www.elcultural.com/noticias/letras/Perez-Reverte-La-memoria-historica-es-mucho-mas-amplia-de-lo-que-creen-los-catetos-con-coche-oficial/504321

[3] PÉREZ-REVERTE, Arturo y PÉREZ-REVERTE, Carlota, El capitán Alatriste, Madrid, Alfaguara, 1996, p. 56.

[4] IGLESIAS RODRIGUEZ, J. J., “Pulsiones y conflictos. Rupturas y formas de lo cotidiano”, en PEÑA, Manuel. (Ed.), La vida cotidiana en el mundo hispánico (siglos XVI-XVIII), Madrid, Adaba editores, 2012, p. 218.

[5] PÉREZ-REVERTE, Arturo, Limpieza de sangre, Madrid, Alfaguara, 2000, p. 36.

[6] PÉREZ-REVERTE, Arturo, El caballero del jubón amarillo, Madrid, Alfaguara, 2003, p. 22.

[7] Citado en DELEITO y PIÑUELAS, José, La mala vida en la España de Felipe IV, Madrid, Alianza, 2005, p. 98.

[8] MANTECÓN MOVELLÁN, Tomás A., “«La ley de la calle» y la justicia en la Castilla Moderna”, Manuscrits, 26, 2008, p. 170.

[9] Citado en GUERRERO RUIZ, PEDRO, “Grandeza literaria y miseria moral en la España de Alatriste (un análisis interdisciplinar e intertextual)”, en LÓPEZ de ARABIA, José M. y LÓPEZ BERNASOCCHI, Augusta (Coord.), Territorio Reverte: ensayos sobre la obra de Arturo Pérez-Reverte, Madrid, Editorial Verbum, 2000, p. 135.

[10] DELEITO y PIÑUELAS, José, op. cit.,p. 122.

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La estructura del Infierno de Dante

VERSIÓ CATALANA.

Aprovechando la inminencia de la llegada del Día del Libro, os preguntamos en nuestra cuenta de Twitter cuál era vuestro libro favorito.

Rosa Cassi nos recomendó La Divina Comedia: “Siempre y por la eternidad”, que es mucho tiempo. Muchísimo tiempo. Me da vértigo, a mí, que se me hace largo cuando espero al autobús.   Conocéis de sobra el argumento de la obra: Dante se encuentra perdido en su travesía vital —en un oscuro bosque, metáfora de la crisis moral y espiritual por la que pasa— y se embarca en un viaje a través del mundo de ultratumba, que culmina con la redención y la contemplación de Dios. Es guiado por el poeta clásico Virgilio a través del infierno y el purgatorio y por su amada Beatriz (fallecida en 1290) por el cielo. Dicho todo así, muy sintéticamente, porque todos la hemos leído (si necesitas una versión con más detalles, la encontrarás aquí).   La Divina Comedia es un viaje, real y necesario, hacia la salvación del alma.

Ilustración de Gustave Doré para “La Divina Comedia”. Dante extraviado en el bosque.

Una de las cosas que más me sorprendieron la primera vez que leí La Divina Comedia fue la categorización de los pecados, el orden en el que Dante coloca los círculos del Infierno. Algunos me resultan más opinables que otros, pero no era capaz de comprender por qué razón Dante colocaría en una situación más ventajosa a los asesinos que a los hipócritas. Todo está medido y descrito al detalle; y, en el canto XI, Virgilio detalla y razona la estructura del Infierno. Aquí se encuentran las claves para distinguir las diferentes clases de pecados. La primera es la que lo divide en dos grandes zonas, Alto y Bajo Infierno, según las infracciones pertenezcan a las categorías de incontinencia o malicia.

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Canto V: Dante se compadece de una pareja que ha sido presa de la lujuria.

Los primeros cuatro círculos (lujuria, gula, avaricia e ira) corresponden a pecados nacidos de lo que Dante denomina incontinencia. Son renuncias de la razón ante el deseo, respuestas emocionales y faltas de autocontrol que acarrean la propia destrucción de las personas que incurren en ellas. Lo que las diferencia de los círculos siguientes es que con la malicia hay una intención deliberada de perjudicar a otros y, por tanto, estos pecados deben ser castigados con mucha más severidad. No sólo eso, sino que hemos de usar premeditadamente el intelecto para alcanzar este fin. La razón es un precioso don que Dios concede al hombre, el privilegio divino que nos hace humanos y nos separa de los animales, y bajo ningún concepto debería usarse en perjuicio de nuestros semejantes. Es por ello por lo que Dante considera que los crímenes que implican un esfuerzo intelectual son mucho más graves que los que suponen el uso de la violencia.

Dante habla con los traidores, que se encuentran presos en el hielo.

Dante habla con los traidores, que se encuentran presos en el hielo.

En los dos últimos círculos, más allá del asesinato y la tiranía, se encuentran el fraude y la traición. El fraude se ejerce contra los desconocidos o contra las personas que no son merecedoras de confianza, pero conlleva igualmente el uso deliberado de la inteligencia para obtener un beneficio o realizar algún tipo de mal. Atenta, además, contra el que Dante considera que es lazo de amor fraternal que nos une como seres humanos. La traición, por otro lado, el pecado más terrible, se ejerce en perjuicio de personas con las que se tiene una relación especial de confianza. Aquí encontraréis a los que han traicionado a su familia, su patria, sus huéspedes y sus benefactores. No sólo han roto el vínculo natural de amor existente entre todo el género humano que ya comentábamos hace un momento, sino que van un paso más allá, al romper también el lazo especial de confianza que les une a las personas más cercanas. Y no se limita a ellos, sino que, para Dante, el mal uso del intelecto es una traición a Dios mismo.

"El sueño de Dante ante la muerte de su amada" (Dante Gabriel Rossetti, 1871).

“El sueño de Dante ante la muerte de su amada” (Dante Gabriel Rossetti, 1871).

Como veis, nada queda al azar en el Infierno de Dante y todo está en su sitio. De hecho, si os fijáis un poquito más, veréis que Dante tampoco ha inventado nada y que todo estaba ya en los clásicos: Aristóteles y Cicerón, especialmente, que parecen ser los modelos que sigue para determinar la estructura del Infierno.

Pero todo esto yo no lo sabía todavía la primera vez que leí La Divina Comedia.

 

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Com que heu demanat una versió en català de la web i sóc dels pocs no catalans de l’equip (si no m’equivoco), doncs em trobo en una situació curiosa: he pensat que seria bonic escriure la meva entrada pel bloc també en catalá i no només en castellà —que seria el més còmode i fàcil per a mi—, per què no. Solament us demanaria que fóssiu una mica indulgents amb mi i em perdonéssiu els errors que pogués cometre, ja que el poc que sé ho he après llegint i escoltant música. Som-hi…

Aprofitant que s’apropava Sant Jordi, us vam preguntar quin era el vostre llibre preferit:

La Rosa Cassi ens va recomanar La Divina Comèdia. “Sempre i per l’eternitat”, que és molt de temps. Moltíssim. Em dóna vertigen fins i tot a mi, que se’m fa llarga l’espera al bus.

Coneixeu bé l’argument de l’obra: Dante es troba perdut a la seva travessia vital —a un bosc fosc, metàfora de la crisi moral i espiritual per la qual està passant— i s’embarca en un viatge a través del món d’ultratomba, que culmina amb la redempció i la contemplació de Déu. És guiat pel poeta clàssic Virgili a través de l’infern i del purgatori, i per la seva estimada Beatriu (morta el 1290) pel cel. Dit així, molt sintèticament, perquè tots l’hem llegida (si necessites una versió amb més detalls, la trobaràs aquí).

La Divina Comèdia és un viatge, real i necessari, cap a la salvació de l’ànima.

Una de les coses que més em va a sorprendre la primera vegada que vaig llegir La Divina Comèdia, va ser la categorització dels pecats, l’ordre en què Dante col·loca els cercles de l’Infern. Alguns em van resultar més opinables que d’altres, però no era capaç de comprendre per què Dante col·locaria en una situació més avantatjosa els assassins que els hipòcrites. Tot està mesurat i descrit al detall; i, al Cant XI, Virgili detalla i raona l’estructura de l’Infern. Aquí es troben les claus per distingir els diferents tipus de pecats. La primera el divideix en dues grans zones, Alt i Baix Infern, segons les infraccions pertanyin a les categories d’incontinència o de malícia.

Els primers quatre cercles (luxúria, gola, avarícia i ira) corresponen a pecats nascuts del que Dante denomina incontinència. Són renúncies de la raó davant del desig, respostes emocionals i faltes d’autocontrol que impliquen la pròpia destrucció de les persones que incorren en elles. El que les diferència dels cercles següents és que amb la malícia hi ha una intenció deliberada de perjudicar els altres, i, per tant, aquests pecats han de ser castigats amb molta més severitat. No només això, sinó que cal fer ús premeditadament de l’intel·lecte per aconseguir aquesta fi. La raó és un preciós do que Déu concedeix a l’home, el privilegi diví que ens fa humans i ens separa dels animals, i de cap manera s’hauria d’utilitzar en perjudici dels nostres semblants. És per aquesta raó que Dante considera que els crims que impliquen un esforç intel·lectual són molt més greus que els que suposen l’ús de la violència.

En els dos últims cercles, més enllà de l’assassinat i de la tirania, es troben el frau i la traïció. El frau s’exerceix contra els desconeguts o contra les persones que no són mereixedores de confiança, però comporta igualment l’ús deliberat de la intel·ligència per obtenir un benefici o causar algun tipus de mal. Atempta, a més, contra allò que Dante considera que és el llaç d’amor fraternal que ens uneix com a éssers humans. La traïció, d’altra banda, el pecat més terrible, s’exerceix en perjudici de persones amb les quals es té una relació especial de confiança. Aquí trobareu els que han traït a la seva família, la seva pàtria, els seus hostes i els seus benefactors. No només han trencat el vincle natural d’amor existent entre tot el gènere humà, aquell que ja us esmentava fa un moment, sinó que van un pas més enllà, en trencar també el llaç especial de confiança que els uneix a les persones més properes. I no es limita a ells, sinó que, per a Dante, el mal ús de l’intel·lecte és una traïció a Déu mateix.

Com veieu, res queda a l’atzar en l’Infern de Dante, i tot és al seu lloc.

De fet, si us fixeu una miqueta més, veureu que Dante tampoc ha inventat res, i que tot era ja als clàssics: Aristòtil i Ciceró, especialment, que semblen ser els models que segueix per determinar l’estructura de l’Infern.

Però tot això, jo no ho sabia encara la primera vegada que vaig llegir La Divina Comèdia.

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