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Raúl

Oviedo, 1985. Escombrador de ruinas.

El oficio de historiador (elegía para una mónada)

(Entrada publicada originalmente el 2 de diciembre de 2015)

¿Qué es un historiador? Para algunos, ha de ser un científico dotado de herramientas de análisis rigurosas y objetivas. Para otros, una suerte de literato capaz de devolver a la vida con la fuerza de su pluma algunas escenas del pasado. Yo, en cambio, cada vez más me lo imagino como un niño que se entretiene con viejos juguetes rotos, tratando de usar la imaginación para dar sentido a unos fragmentos cuyo origen le resulta tan misterioso como fascinante.

Si quisiera resumirlo en una palabra diría que el historiador es, sobre todo, un lector. Y no vayamos a pensar que es éste un oficio cómodo: aunque algunos lo creerían una adquisición de los teóricos de la segunda mitad del siglo XX, ya los autores medievales sabían perfectamente que la obra literaria es un artefacto incompleto y abierto, que para cobrar un sentido pleno requiere de la interpretación cómplice del lector. Lo confiesa por ejemplo una narradora del siglo XII, María de Francia, en el prólogo a una deliciosa colección de cuentos que beben de la tradición oral de los bardos bretones y que ella supo convertir en historias caracterizadas por una delicada mezcla de ensueño, fragilidad y melancolía: los Lais. Continue reading

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La Edad Media impertinente y los niños de París

(Entrada publicada originalmente el 29 de abril de 2015)

Una de las formas más primarias de definir la propia identidad es hacerlo por oposición. El gran relato de la Modernidad, del que seguimos siendo deudores, forjó su identidad a partir de dos enormes Otros. Sobre el espacio, consolidó el ya antiguo mito del Oriente, un lugar a la vez exótico y salvaje, opulento y temible, refinado y cruel. Un Oriente que iba creciendo conforme avanzaba la exploración europea del orbe, pues los tópicos y leyendas orientales, que en origen se referían sobre todo a Oriente Próximo y el mundo árabe, se iban aplicando a los nuevos territorios descubiertos (o redescubiertos): el África negra, América, la India, China, Japón, los Mares del Sur… Allí parecían hacerse realidad todas las fantasías occidentales, desde la nostalgia por la inocencia perdida (1) hasta el anhelo de una sexualidad desinhibida, desde las más perfectas utopías políticas hasta los despotismos más despiadados. Se diría que cualquier ensoñación, delirio o aberración tenía cabida en “Oriente”, a condición de que sirviese para manifestar la distancia que nos separaba de unas gentes que, mejores o peores, angélicas o demoníacas, desde luego no eran como nosotros.

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