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La Edad Media impertinente y los niños de París

(Entrada publicada originalmente el 29 de abril de 2015)

Una de las formas más primarias de definir la propia identidad es hacerlo por oposición. El gran relato de la Modernidad, del que seguimos siendo deudores, forjó su identidad a partir de dos enormes Otros. Sobre el espacio, consolidó el ya antiguo mito del Oriente, un lugar a la vez exótico y salvaje, opulento y temible, refinado y cruel. Un Oriente que iba creciendo conforme avanzaba la exploración europea del orbe, pues los tópicos y leyendas orientales, que en origen se referían sobre todo a Oriente Próximo y el mundo árabe, se iban aplicando a los nuevos territorios descubiertos (o redescubiertos): el África negra, América, la India, China, Japón, los Mares del Sur… Allí parecían hacerse realidad todas las fantasías occidentales, desde la nostalgia por la inocencia perdida (1) hasta el anhelo de una sexualidad desinhibida, desde las más perfectas utopías políticas hasta los despotismos más despiadados. Se diría que cualquier ensoñación, delirio o aberración tenía cabida en “Oriente”, a condición de que sirviese para manifestar la distancia que nos separaba de unas gentes que, mejores o peores, angélicas o demoníacas, desde luego no eran como nosotros.

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Ficción y conocimiento históricos

   Para mucha gente, el ensayo escrito o el documental elaborado por especialistas está descartado como recurso para profundizar en el pasado. Antes de aplicarlo a la imagen que se ha creado de él, preferirá un filtro más ameno y comprensible que un texto académico de lectura más bien difícil. En muchos casos, seleccionará directamente un producto de entretenimiento que tome forma de ficción histórica: una novela, una película, una serie, un videojuego…

Imagen de cabecera de la serie "Hispania, la leyenda" (2010) [Wikimedia Commons, dominio público].

Imagen de cabecera de la serie “Hispania, la leyenda” (2010) [Wikimedia Commons, dominio público].

   Ciertamente, el potencial didáctico de la ficción histórica es enorme, y, de hecho, para la mayoría del público el material audiovisual (sea o no interactivo) y la novela constituyen vías más rápidas y agradables de acceder al pasado. Y, aunque la idea de partida no sea precisamente la de aplicar el filtro de la ficción a la imagen de ese pasado, esto es lo que termina sucediendo, hasta el punto de que ya hay historiadores que han dado la voz de alarma ante un escenario actual en el que, para una mayoría, los productos de entretenimiento se están convirtiendo en la principal fuente de conocimiento histórico. (1)

   Alguien podría muy bien pensar que los historiadores temen la competencia. En realidad, lo que hay que temer es el daño que la ficción, aplicada como filtro a nuestra imagen de la historia, puede hacer a la misma. Porque, a diferencia del ensayo y de determinado documental, el producto de ficción suele ser mucho más accesible y presentarse en un lenguaje sin duda más comprensible. Es, para qué nos vamos a engañar, un consumible de digestión mucho más fácil y ligera. Pero para llegar a eso, sus responsables anteponen (legítimamente, por otra parte) la creatividad al rigor.

   Ahí está el riesgo, ya que por más empeño que hayan puesto autor o autores en documentarse o asesorarse, ¿qué forma tiene el público de verificar que aquel producto se acerca a la realidad histórica? Luego está la incógnita de saber qué proporción de ese público, y en qué medida, va a querer ir más allá y ahondar en los estudios especializados una vez consumido el producto en cuestión. Y, por supuesto, si en el intento va a poder dar o no con investigadores interesados en comunicar y que, además, estén capacitados en más de un sentido para algo tan rematadamente difícil.


   (1) Marie Panter, Pascale Mounier, Monica Martinat y Matthieu Devigne (dirs.), Imagination et histoire: enjeux contemporaines. Presses universitaires de Renns, Rennes 2014, p. 8.

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Los tópicos históricos en el lenguaje

Lo que pensamos acerca de un período concreto de la Historia (la imagen o idea que tenemos de este, en definitiva) se refleja en el uso que damos a las palabras que hacen referencia al mismo, o bien que sitúan algo como característico de dicha época. Por ejemplo, no es nada raro que el adjetivo “cavernícola” sirva para calificar o aludir a ciertas actitudes propias de mentalidades consideradas primitivas, retrógradas, brutales. Sin embargo, ello no hace la más mínima justicia al perfil real, histórico, de los homínidos cazadores-recolectores del Paleolítico, a los que, en el siglo XIX, se bautizó precisamente con el nombre de “hombres de las cavernas”. (1) Algo muy similar a lo que sucede cuando alguien recurre a los términos “Edad Media”, “Medievo” o “medieval”.

Según la Real Academia Española de la Lengua, el significado del adjetivo “medieval” es el siguiente:

(Fuente: Real Academia Española)

A diferencia del de “cavernícola”, cuya segunda acepción recoge el hecho de que equivale coloquialmente a “retrógrado”, “medieval” no tiene en apariencia ningún valor despectivo. Simplemente alude a la etapa histórica que conocemos con el nombre de Edad Media, la definición de la cual, por cierto, no contiene ningún atisbo de desprecio. Pero en sus orígenes el término sí era peyorativo, puesto que se creó para dar nombre al período que iba entre la Antigüedad y el momento de su supuesto redescubrimiento. (2) Y la visión que se tiene de este período hoy en día no es tan aséptica, ni mucho menos, como la reflejada en el diccionario. Así, de un modo similar a lo que sucede con “cavernícola”, el adjetivo “medieval” suele usarse para evocar actos particularmente brutales o sanguinarios. Esto último se ve con mucha claridad en la cobertura que los medios están haciendo de las atrocidades cometidas en nombre del Estado Islámico. En agosto de 2014, por ejemplo, el diario The Daily Beast encabezaba la noticia sobre la decapitación de un periodista norteamericano con un titular que empezaba así: “Crueldad medieval en tiempos modernos”. (3) Meses más tarde, en enero de 2015, la popular publicación satírica El Jueves respondía al asalto al semanario francés Charlie Hebdo mediante el siguiente titular: “Armas del siglo XXI, cerebros medievales, ¡socorro!”. (4)

Desde luego, no puede decirse que la decapitación fuera una práctica exclusivamente medieval. En la Antigüedad, por ejemplo, era bastante común. Por otra parte, la expresión “cerebros medievales” presupone una mentalidad y un proceder brutales que, de entrada, no encajan con los de individuos como Alberto Magno, Tomás de Aquino o Ramon Llull (y ello por citar solo a algunos). De propina, permite también sostener la idea de atraso tecnológico, suficiente para justificar frases tales como “una tormenta solar y de vuelta al medievo”. (5) La afirmación es injusta, tanto si el redactor elige el término “Medievo” como si opta por sustituirlo por “Edad de Piedra”.

Crueldad “medieval”… en la Antigüedad. Perseo decapita a la Medusa, representada con forma de centauro. “Pithos” procedente de las Cícladas (Grecia), hacia 660 a.C., conservado en el Musée du Louvre (Autora: Marie-Lan Nguyen, 2007; Fuente: Wikimedia Commons, uso público).

La intención en la mayoría de casos aquí citados es muy clara, necesaria y, por supuesto, más que loable: denunciar actitudes y acciones repugnantes, y dejar bien claro que estas no tienen cabida en el modelo de sociedad occidental. No obstante, este uso de las palabras referentes a un período determinado de la Historia, más concretamente la Edad Media, trae a la luz otro problema, que no es otro que el de la concepción de una etapa del pasado basada, sobre todo, en tópicos. Esta idea o percepción del Medievo se sostiene sobre un conocimiento de la realidad histórica poco o nada sólido, y, lo que es peor, contribuye a perpetuar, a dar continuidad, a los clichés en los que se basa. Cambiarla es posible. Pero como con cualquier cambio, para acometerlo hace falta voluntad suficiente. Y, en demasiadas ocasiones, el ser humano da señales de no querer cambiar aquella imagen del pasado con la que ya se siente, a la vez, cómodo y satisfecho.


(1) Mónica Eguíluz Alonso et alii, «El hombre de las cavernas? Desmantelando un tópico». Estrat Crític: Revista d’Arqueologia, núm. 5:3 (2011), pp. 10-17. URL: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5010184

(2) Esta aclaración, absolutamente necesaria, ha sido introducida minutos después de la publicación de esta entrada.

(3) He aquí el titular completo: «Medieval Cruelty in Modern Times: ISIS Thugs Behead American Journalist». La información se publicó el 19 de agosto de 2014.

(4) Noticia publicada en el diario digital El Plural, el 13 de enero de 2015.

(5) Titular, de hecho, de una entrada del blog Inforadictos publicada el 28 de agosto de 2013.

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