Author Archives: Alejandro Martínez Giralt

Alejandro Martínez Giralt

Barcelona, 1981. Doctor en Historia Medieval por la Universitat de Girona, a la que saltó después de haberse licenciado en Historia en la Universitat Autònoma de Barcelona. Especializado en nobleza de la Baja Edad Media, no renuncia al sueño de crear algún día una serie sobre los vizcondes a los que ha dedicado su tesis doctoral... Pero, por el momento, coordina el área de Historia en Aulae.es.

Wagadu, un reino medieval del África Occidental (III)

A unos pocos meses del estallido de la Primera Guerra mundial (en marzo de 1914, para quien tenga dudas), el explorador francés Albert Bonnel de Mézières dio con las ruinas de la ciudad de Koumbi Saleh. Por su ubicación en el Sureste de la actual Mauritania, sus considerables dimensiones y densidad de edificación, los vestigios de sólida presencia musulmana (incluyendo una mezquita) y su particular complejo funerario formado por tumbas columnadas, pronto pareció que Bonnel de Mézières había encontrado la capital del desaparecido reino de Wagadu. (1) Un Estado del África Occidental cuyos dirigentes habrían prosperado en buena medida gracias al control del comercio del oro salido de las minas de Bambouk, y cuyo derrumbe se habría precipitado en la segunda mitad del siglo XI debido a la expansión almorávide. O al menos esto último es lo que se ha venido creyendo durante mucho tiempo. Continue reading

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Wagadu, un reino medieval del África Occidental (II)

Hace dos semanas empecé a escribir una serie de entradas sobre una de las potencias del África Negra medieval. En concreto, sobre un reino que en árabe recibía el nombre de «Ǵāna», pero al que los expertos llaman «antigua Ghana» para evitar confusiones con la Ghana actual. Hay quien dice que la elección del nombre de esa Ghana actual, anteriormente denominada «Costa de Oro Británica» y primer Estado subsahariano en surgir del proceso de descolonización del continente (lo hizo en 1957), tuvo mucho que ver con un deseo de reivindicar un pasado dorado. Un tiempo en el que los antiguos ghaneses habían gozado de la hegemonía sobre los demás Estados del África Occidental. Solo que los antiguos ghaneses, encabezados por el grupo étnico de los soninké o sarakolé, no habían construido su reino en los territorios que hoy pertenecen a la república ghanesa, sino más al Noroeste, en el interior de las fronteras actuales de Mauritania y de Mali. Y, por si esto fuera poco, a su reino ni siquiera lo conocían por los nombres de Ǵāna o antigua Ghana. Cualquiera que fuera la variante de la lengua mande que hablaran, ellos le daban el de «Wagadu».

Príncipe sarakolé y esclava hacia 1890, según el dibujante francés Pierre-Georges Jeanniot (“Ilustrations de Côte occcidentale d’Afrique”; fuente: Gallica, Bibliothèque Nationale de France).

 

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Wagadu, un reino medieval del África Occidental (I)

Sidjilmasa es hoy en día una ciudad en ruinas del Sur de Marruecos. Pero cuando el viajero y geógrafo musulmán Ibn Ḥawqal la visitó en 951, era a la vez punto de partida y de llegada de las caravanas que atravesaban el desierto del Sáhara. Éstas garantizaban la afluencia hacia el Magreb del oro que salía del Bilād al-sūdān o “tierra de los pueblos negros”. En su obra Configuración del mundo, escrita muchos años más tarde, Ibn Ḥawqal llegaría a afirmar que el país de procedencia de ese oro se encontraba bajo la autoridad del soberano más rico de toda África. Un país que en el mundo islámico recibía el nombre de «Ǵāna». (1)

Sidjilmasa miraba hacia el desierto en el que se adentraban las caravanas. Aunque esté a bastante distancia de sus ruinas y viva del cine y del turismo, Ouarzazate mira en la misma dirección (Foto: Alejandro Martínez Giralt, agosto de 2008).

 

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Reyes, nobles e intereses: una cuestión de perspectiva

(Pido perdón por adelantado a milord Oliver Vergés. Él sabe por qué)

Allá por el mes de junio, a propósito de la batalla de Poitiers, el Jefe (que probablemente me mate por llegar tarde, mal, y encima llamarlo así) nos advertía sobre uno de los grandes peligros de la Historia: el de reconstruirla desde el presente. Y efectivamente, con esa ventaja que dan disfrutar de una visión panorámica y tener disponibles todos los datos conocidos (porque siempre hay rincones a los que no acaba de llegar la luz; y no, la Edad Media no es uno de ellos), uno puede hacerse una idea más o menos clara de cómo han ido sucediendo las cosas y visualizar así procesos históricos de duración y coherencia variables. Pero, claro está, quienes vivieron en el pasado no tenían esa ventaja. Ni consultando los astros. Como cualquiera de nosotros, no podían conocer toda su historia ni las consecuencias reales de sus actos. Podían, eso sí, especular lo que quisieran acerca de lo que estaba por venir, pero, sobre todo, podían juzgar su presente y su pasado según su perspectiva de las cosas. Lo que supone otro gran peligro para quien se fija en ellos: el de dejarse llevar por esa misma perspectiva.

Esto vale para la Edad Media, sobre todo para sus siglos centrales (del XI al XIII) y en los casos en los que hay nobles (otro día hablaremos sobre lo peligrosa que es también esa palabra, “noble”) que por una razón u otra se enfrentan con un poder central o que aspira a serlo. Vale, por ejemplo, para los condados catalanes de aquel período. Los condes de Barcelona se presentan como los defensores de la paz, como herederos de un antiguo poder público garante de estabilidad. Pero incluso cuando avanzado el siglo XII la dinastía barcelonesa se hace un sitio en el trono de Aragón, la suya es solo una opción hegemónica en un territorio todavía en construcción como es el catalán. Hasta su extinción en la década de 1110, las familias condales de Cerdanya y de Besalú, cuyos dominios irían a parar a manos de sus homólogos barceloneses, actuaban con más o menos independencia, como lo habían hecho en el pasado. Aunque quizá el ejemplo más claro sea el de los condes de Empúries y Peralada, quienes llegarían a declararse fieles a la dinastía de Barcelona sin por ello reconocerse sometidos a la misma (1). Continue reading

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¿Señores feudales por el bien común?

A primera vista el título de esta entrada puede parecer un disparate, porque solemos situar a señores feudales y bien común en polos opuestos. En nuestro esquema general de las cosas del Medievo el señor feudal es sobre todo un noble que ejerce el poder de forma abusiva y violenta; el rey y el conjunto heterogéneo de instituciones religiosas que forman la Iglesia no se incluyen en la misma categoría, aunque deberían. En cambio, por bien común (ese al que tanto alude en sus discursos quien a día de ayer se postulaba a su investidura como Presidente del Gobierno en el Congreso de los Diputados) uno entiende el interés o bienestar general, que al menos en teoría debe prevalecer frente a los intereses privados.

Campesinos entregan el tributo a su señor (Austria, siglo XV). Fuente: Bildarchiv der Österreichischen Nationalbibliothek, Viena, vía Wikimedia Commons.

Campesinos entregan el tributo a su señor (Austria, siglo XV). Fuente: Bildarchiv der Österreichischen Nationalbibliothek, Viena, vía Wikimedia Commons.

De nuevo en nuestro esquema mental, el señor feudal es la personificación más depredadora del interés privado. ¿Pero qué sucede entonces cuando el interés general resulta estar en boca de un señor feudal de alto rango? En 1398 el señor de la villa costera catalana de Blanes, Bernat IV de Cabrera, conde de Modica en Sicilia, rechazó una determinada petición comunitaria porque, en último término, decía, podía constituir un “perjuicio para la cosa pública”. Continue reading

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Ficción y conocimiento históricos

   Para mucha gente, el ensayo escrito o el documental elaborado por especialistas está descartado como recurso para profundizar en el pasado. Antes de aplicarlo a la imagen que se ha creado de él, preferirá un filtro más ameno y comprensible que un texto académico de lectura más bien difícil. En muchos casos, seleccionará directamente un producto de entretenimiento que tome forma de ficción histórica: una novela, una película, una serie, un videojuego…

Imagen de cabecera de la serie "Hispania, la leyenda" (2010) [Wikimedia Commons, dominio público].

Imagen de cabecera de la serie “Hispania, la leyenda” (2010) [Wikimedia Commons, dominio público].

   Ciertamente, el potencial didáctico de la ficción histórica es enorme, y, de hecho, para la mayoría del público el material audiovisual (sea o no interactivo) y la novela constituyen vías más rápidas y agradables de acceder al pasado. Y, aunque la idea de partida no sea precisamente la de aplicar el filtro de la ficción a la imagen de ese pasado, esto es lo que termina sucediendo, hasta el punto de que ya hay historiadores que han dado la voz de alarma ante un escenario actual en el que, para una mayoría, los productos de entretenimiento se están convirtiendo en la principal fuente de conocimiento histórico. (1)

   Alguien podría muy bien pensar que los historiadores temen la competencia. En realidad, lo que hay que temer es el daño que la ficción, aplicada como filtro a nuestra imagen de la historia, puede hacer a la misma. Porque, a diferencia del ensayo y de determinado documental, el producto de ficción suele ser mucho más accesible y presentarse en un lenguaje sin duda más comprensible. Es, para qué nos vamos a engañar, un consumible de digestión mucho más fácil y ligera. Pero para llegar a eso, sus responsables anteponen (legítimamente, por otra parte) la creatividad al rigor.

   Ahí está el riesgo, ya que por más empeño que hayan puesto autor o autores en documentarse o asesorarse, ¿qué forma tiene el público de verificar que aquel producto se acerca a la realidad histórica? Luego está la incógnita de saber qué proporción de ese público, y en qué medida, va a querer ir más allá y ahondar en los estudios especializados una vez consumido el producto en cuestión. Y, por supuesto, si en el intento va a poder dar o no con investigadores interesados en comunicar y que, además, estén capacitados en más de un sentido para algo tan rematadamente difícil.


   (1) Marie Panter, Pascale Mounier, Monica Martinat y Matthieu Devigne (dirs.), Imagination et histoire: enjeux contemporaines. Presses universitaires de Renns, Rennes 2014, p. 8.

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Los tópicos históricos en el lenguaje

Lo que pensamos acerca de un período concreto de la Historia (la imagen o idea que tenemos de este, en definitiva) se refleja en el uso que damos a las palabras que hacen referencia al mismo, o bien que sitúan algo como característico de dicha época. Por ejemplo, no es nada raro que el adjetivo “cavernícola” sirva para calificar o aludir a ciertas actitudes propias de mentalidades consideradas primitivas, retrógradas, brutales. Sin embargo, ello no hace la más mínima justicia al perfil real, histórico, de los homínidos cazadores-recolectores del Paleolítico, a los que, en el siglo XIX, se bautizó precisamente con el nombre de “hombres de las cavernas”. (1) Algo muy similar a lo que sucede cuando alguien recurre a los términos “Edad Media”, “Medievo” o “medieval”.

Según la Real Academia Española de la Lengua, el significado del adjetivo “medieval” es el siguiente:

(Fuente: Real Academia Española)

A diferencia del de “cavernícola”, cuya segunda acepción recoge el hecho de que equivale coloquialmente a “retrógrado”, “medieval” no tiene en apariencia ningún valor despectivo. Simplemente alude a la etapa histórica que conocemos con el nombre de Edad Media, la definición de la cual, por cierto, no contiene ningún atisbo de desprecio. Pero en sus orígenes el término sí era peyorativo, puesto que se creó para dar nombre al período que iba entre la Antigüedad y el momento de su supuesto redescubrimiento. (2) Y la visión que se tiene de este período hoy en día no es tan aséptica, ni mucho menos, como la reflejada en el diccionario. Así, de un modo similar a lo que sucede con “cavernícola”, el adjetivo “medieval” suele usarse para evocar actos particularmente brutales o sanguinarios. Esto último se ve con mucha claridad en la cobertura que los medios están haciendo de las atrocidades cometidas en nombre del Estado Islámico. En agosto de 2014, por ejemplo, el diario The Daily Beast encabezaba la noticia sobre la decapitación de un periodista norteamericano con un titular que empezaba así: “Crueldad medieval en tiempos modernos”. (3) Meses más tarde, en enero de 2015, la popular publicación satírica El Jueves respondía al asalto al semanario francés Charlie Hebdo mediante el siguiente titular: “Armas del siglo XXI, cerebros medievales, ¡socorro!”. (4)

Desde luego, no puede decirse que la decapitación fuera una práctica exclusivamente medieval. En la Antigüedad, por ejemplo, era bastante común. Por otra parte, la expresión “cerebros medievales” presupone una mentalidad y un proceder brutales que, de entrada, no encajan con los de individuos como Alberto Magno, Tomás de Aquino o Ramon Llull (y ello por citar solo a algunos). De propina, permite también sostener la idea de atraso tecnológico, suficiente para justificar frases tales como “una tormenta solar y de vuelta al medievo”. (5) La afirmación es injusta, tanto si el redactor elige el término “Medievo” como si opta por sustituirlo por “Edad de Piedra”.

Crueldad “medieval”… en la Antigüedad. Perseo decapita a la Medusa, representada con forma de centauro. “Pithos” procedente de las Cícladas (Grecia), hacia 660 a.C., conservado en el Musée du Louvre (Autora: Marie-Lan Nguyen, 2007; Fuente: Wikimedia Commons, uso público).

La intención en la mayoría de casos aquí citados es muy clara, necesaria y, por supuesto, más que loable: denunciar actitudes y acciones repugnantes, y dejar bien claro que estas no tienen cabida en el modelo de sociedad occidental. No obstante, este uso de las palabras referentes a un período determinado de la Historia, más concretamente la Edad Media, trae a la luz otro problema, que no es otro que el de la concepción de una etapa del pasado basada, sobre todo, en tópicos. Esta idea o percepción del Medievo se sostiene sobre un conocimiento de la realidad histórica poco o nada sólido, y, lo que es peor, contribuye a perpetuar, a dar continuidad, a los clichés en los que se basa. Cambiarla es posible. Pero como con cualquier cambio, para acometerlo hace falta voluntad suficiente. Y, en demasiadas ocasiones, el ser humano da señales de no querer cambiar aquella imagen del pasado con la que ya se siente, a la vez, cómodo y satisfecho.


(1) Mónica Eguíluz Alonso et alii, «El hombre de las cavernas? Desmantelando un tópico». Estrat Crític: Revista d’Arqueologia, núm. 5:3 (2011), pp. 10-17. URL: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5010184

(2) Esta aclaración, absolutamente necesaria, ha sido introducida minutos después de la publicación de esta entrada.

(3) He aquí el titular completo: «Medieval Cruelty in Modern Times: ISIS Thugs Behead American Journalist». La información se publicó el 19 de agosto de 2014.

(4) Noticia publicada en el diario digital El Plural, el 13 de enero de 2015.

(5) Titular, de hecho, de una entrada del blog Inforadictos publicada el 28 de agosto de 2013.

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