Reyes, nobles e intereses: una cuestión de perspectiva

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Alejandro Martínez Giralt

Barcelona, 1981. Doctor en Historia Medieval por la Universitat de Girona, a la que saltó después de haberse licenciado en Historia en la Universitat Autònoma de Barcelona. Especializado en nobleza de la Baja Edad Media, no renuncia al sueño de crear algún día una serie sobre los vizcondes a los que ha dedicado su tesis doctoral... Pero, por el momento, coordina el área de Historia en Aulae.es.

(Pido perdón por adelantado a milord Oliver Vergés. Él sabe por qué)

Allá por el mes de junio, a propósito de la batalla de Poitiers, el Jefe (que probablemente me mate por llegar tarde, mal, y encima llamarlo así) nos advertía sobre uno de los grandes peligros de la Historia: el de reconstruirla desde el presente. Y efectivamente, con esa ventaja que dan disfrutar de una visión panorámica y tener disponibles todos los datos conocidos (porque siempre hay rincones a los que no acaba de llegar la luz; y no, la Edad Media no es uno de ellos), uno puede hacerse una idea más o menos clara de cómo han ido sucediendo las cosas y visualizar así procesos históricos de duración y coherencia variables. Pero, claro está, quienes vivieron en el pasado no tenían esa ventaja. Ni consultando los astros. Como cualquiera de nosotros, no podían conocer toda su historia ni las consecuencias reales de sus actos. Podían, eso sí, especular lo que quisieran acerca de lo que estaba por venir, pero, sobre todo, podían juzgar su presente y su pasado según su perspectiva de las cosas. Lo que supone otro gran peligro para quien se fija en ellos: el de dejarse llevar por esa misma perspectiva.

Esto vale para la Edad Media, sobre todo para sus siglos centrales (del XI al XIII) y en los casos en los que hay nobles (otro día hablaremos sobre lo peligrosa que es también esa palabra, “noble”) que por una razón u otra se enfrentan con un poder central o que aspira a serlo. Vale, por ejemplo, para los condados catalanes de aquel período. Los condes de Barcelona se presentan como los defensores de la paz, como herederos de un antiguo poder público garante de estabilidad. Pero incluso cuando avanzado el siglo XII la dinastía barcelonesa se hace un sitio en el trono de Aragón, la suya es solo una opción hegemónica en un territorio todavía en construcción como es el catalán. Hasta su extinción en la década de 1110, las familias condales de Cerdanya y de Besalú, cuyos dominios irían a parar a manos de sus homólogos barceloneses, actuaban con más o menos independencia, como lo habían hecho en el pasado. Aunque quizá el ejemplo más claro sea el de los condes de Empúries y Peralada, quienes llegarían a declararse fieles a la dinastía de Barcelona sin por ello reconocerse sometidos a la misma (1).

Cada dinastía condal defendía sus intereses. Claro que descendían de un mismo linaje (o al menos eso se cree), el del conde Belón de Carcassona (muerto en 812), pero ya se sabe que entre parientes no tiene por qué haber siempre acuerdo. Y cuando los condes de Barcelona querían hacer valer los suyos, no solían reparar en los de los demás. Que es lo que suele pasar cuando tienes el palo más grande. O, en general, mucha más capacidad de maniobra y de resistencia que tus vecinos.

El rey Pedro el Católico tenía apego a esa tradición familiar. Se ve bien en el caso del condado de Urgell, que había quedado medio huérfano al morir el conde Ermengol VIII en 1208. Ermengol pasaba a mejor vida dejando atrás una viuda, Elvira (probablemente de origen castellano; hay quien dice que es una Lara), y una única hija y heredera llamada Aurembiaix (no me digáis que el nombre no es espectacular). A falta de un improbable heredero masculino de última hora, Urgell quedaría como herencia de Aurembiaix. Si esta moría sin herederos legítimos, el condado pasaría a manos de las hermanas de Ermengol y de su descendencia. Lo que colocaba a Marquesa, hermana de Ermengol, en línea de su sucesión. Seguida de su hijo Guerau, cuarto vizconde de Cabrera en llevar ese nombre.

Escena de nobles a caballo con mazas de mando. Pintura mural conservada en el castillo de Alcañiz (siglos XIII-XIV). En el centro y hacia la derecha, la heráldica de los Cabrera. Foto: GFreihalter. Fuente: Wikimedia Commons.

Escena de nobles a caballo con mazas de mando. Pintura mural conservada en el castillo de Alcañiz (siglos XIII-XIV). En el centro y hacia la derecha, la heráldica de los Cabrera. Foto: GFreihalter. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Con estos indicios ya podéis suponer qué es lo que sucedió entre Pedro y Guerau. Exacto: acabaron haciéndose la guerra, como de hecho habían hecho sus padres Alfonso el Casto y Ponç III de Cabrera. Resumiendo un poco el asunto, Alfonso había intentado aprovecharse de la bisoñez y de la juventud de un por entonces jovenzuelo Ermengol VIII para servir en bandeja el condado a sus sucesores, pero no contaba con la determinación política del conde, que intentaría fortalecer su poder dentro de los límites de su condado. En el camino, ambos se llevaron por delante la figura de Ponç III, quien luchó largo tiempo contra un aumento del poder condal que perjudicaba sus intereses. Guerau crecería luego a la sombra de los reyes de Aragón, como si eso pudiera garantizar que no seguiría los pasos de su padre. Pero al morir Ermengol, el rey Pedro prometió a su hijo Jaime, que no tenía ni un año de vida, con Aurembiaix. A causa de esto, y a la ruptura por tanto de su compromiso de 1206 a ayudar al noble castellano Pedro Fernández (casualmente suegro de Guerau) a hacerse con el condado, Guerau se salió del camino marcado por la monarquía.

Derrotado y capturado junto a su esposa Elo y sus hijos en 1211, Guerau fue rescatado por el vizconde de Cardona aprovechando la muerte de Pedro en Muret y la minoría de edad del rey Jaime. Por el arbitraje de Monzón de 1217, ratificado luego en 1222 cerca de Tàrrega, se logró reconciliar las dos partes, hasta el punto de que se acabó reconociendo públicamente a Guerau como conde de Urgell, y se estableció que los derechos de Aurembiaix, a la que se había buscado esposo (también) en tierras castellanas, se extinguirían a partir de 1219 si esta no los reclamaba. En 1226, Guerau tomó los hábitos de templario con la serenidad que debía darle el haber asegurado Urgell para Ponç, su hijo mayor. Pero el último día de julio de 1228 Aurembiaix reapareció. Exigió su herencia y solicitó la protección real. A Jaime I, por supuesto, le faltó tiempo para aprovecharse de ello.

Jaime es, en este caso concreto, la muestra definitiva del peligro de perder la perspectiva, o, mejor dicho, del de fiarlo todo a una sola perspectiva. Aparentemente, la causa de Aurembiaix es justa. De hecho, lo era. ¿Lo era menos la de Guerau y su hijo mayor? No. Ni más ni menos justa. Simple y llanamente, Aurembiaix proporcionaba a Jaime la excusa perfecta para recuperar el viejo proyecto de hegemonía barcelonesa sobre el resto de condados catalanes, además de una ocasión para ajustar cuentas con quienes se habían aprovechado de su minoría de edad para condicionarlo y aumentar así su poder. El argumento de su consejero Guillem de Cervera (quien había jurado proteger los intereses de Elvira y de Aurembiaix) según el cual era “oficio de rey” velar por quienes no tenían más recurso que su justicia y defenderlos, era lo único que Jaime necesitaba para, en su mentalidad de monarca caballeresco del siglo XIII, autoconvencerse de lo recto de sus actos. Y para, tras firmar un contrato de concubinato con Aurembiaix en 1228 por el que se aseguraba tarde o temprano que Urgell quedaba en manos de la Corona, reprender en Llibre dels Feits a Guerau por no tener “el seny [traduzcámoslo por “el buen juicio”] de Salomón”.

Como se viene señalando desde hace tiempo, las memorias de Jaime no son precisamente inocentes ni imparciales (2). Partiendo de la base de que la memoria personal es un proceso selectivo marcado por toda una serie de experiencias y aspiraciones vitales, la actitud del rey hacia Guerau aparece como absolutamente natural y justificada. Y Guerau queda como un usurpador del poder condal en Urgell, que es básicamente la visión que todavía se tiene de él. “Hombre muy bullicioso y de altos pensamientos”, decía de él el archivero Diego Monfar en su Historia de los Condes de Urgel (escrita entre 1641 i 1652). Pero con derechos al condado al fin y al cabo. Al final, estos prevalecieron. Su hijo Ponç libró otra larga guerra contra Jaime y sus aliados, hasta que en 1236, más preocupado por la conquista de Valencia que por el asunto urgellés, el monarca reconoció los derechos de Ponç a suceder a Guerau en el condado. Al fin y al cabo, Aurembiaix había muerto sin hijos hacía cinco años, y, en cualquier caso, su pacto con Jaime había quedado ya sin efecto al casar este con Violante de Hungría.

Los condes urgelleses de la dinastía Cabrera se sucedieron hasta la muerte del último de ellos en 1314. No fue hasta entonces que el condado de Urgell pudo incorporarse a la Corona, aunque bien es verdad que Jaime intentaría en 1268 aprovechar una minoría de edad para acabar el trabajo. Tal vez no fuera ya en términos de venganza. Tal vez, por mucho que lo hubiera experimentado en carne propia, solo fuera porque intentar sacar tajada de un momento como aquel, tan delicado para la estabilidad de un Estado o de un dominio nobiliario, era de hacía tiempo una costumbre muy arraigada, y, en ocasiones, ciertamente beneficiosa. La perspectiva de la por entonces familia condal de Urgell y de sus aliados, naturalmente, diferiría bastante de la del rey, más aún teniendo en cuenta el acuerdo de 1236. ¿Cómo esperar que sus miembros no reaccionaran airadamente, incluso violentamente?

¿Cómo esperar, por lo tanto, que Guerau se resistiera a dar guerra por sus legítimos derechos? ¿Cómo llamarlo usurpador, sabiendo que los tenía? ¿Y cómo ver en el Conquistador solo al piadoso y desinteresado protector de Aurembiaix? Hay que tener en cuenta todos los elementos. Y cuidar la perspectiva.

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(1) Un buen reflejo de la independencia de estos condes pese a las pretensiones hegemónicas de sus homólogos de Barcelona es la emisión de moneda. Sobre esto vale la pena leer: Stephen P. Bensch, “Lordship and coinage in Empuries, ca. 1080-ca. 1140”. En Robert F. Berkhofer III, Alan Cooper y Adam Kosto, The Experience of Power in Medieval Europe, 950-1350 Ashgate, Aldershot 2005, pp. 73-92.

(2) Véase por ejemplo Damian J. Smith, “James I and God: Legitimacy, Protection and Consolation in the Llibre dels fets“. Imago Temporis. Medium Aevum, n. 1 (2007), pp. 105-119.

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Alejandro Martínez Giralt

Barcelona, 1981. Doctor en Historia Medieval por la Universitat de Girona, a la que saltó después de haberse licenciado en Historia en la Universitat Autònoma de Barcelona. Especializado en nobleza de la Baja Edad Media, no renuncia al sueño de crear algún día una serie sobre los vizcondes a los que ha dedicado su tesis doctoral... Pero, por el momento, coordina el área de Historia en Aulae.es.
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