Monthly Archives: enero 2018

Biblias de piedra: lo real y lo ficticio en el románico.

Es por todos conocido que el saber en la Alta Edad Media era custodiado por unos pocos, bastante tenían los pobres campesinos con trabajar para cumplir con los impuestos marcados por el señor. La iglesia era la encargada de mostrarles lo que estaba permitido hacer y aquello que tendría el mayor de los castigos, y como esos pobres hombres y mujeres no sabían ni leer ni escribir qué mejor manera que enseñarles a través de las imágenes, porque ya sabemos lo que dicen: “una imagen vale más que mil palabras”. Así que aprovechando el espacio que brindaban las portadas de los templos románicos se desplegó todo un catálogo de figuras que estipulaban los pecados, los oficios, los pasajes de la Biblia, etc., y aquí es donde se empiezan a mezclar para nosotros la ficción y la realidad.

Está claro que la idea que preside la iconografía románica es la de separar el bien y el mal; pero al hombre no le basta con eso, y como somos seres curiosos por naturaleza no nos podemos quedar en lo simple y buscamos un significado más profundo. Con las escenas bíblicas el asunto es sencillo, una forma de explicar los pasajes más importantes de la Biblia a los hombres del siglo XII, pero la cosa se complica cuando empiezan a aparecer animales que jamás nos habíamos imaginado o figuras que se escapan a nuestro entendimiento. Debemos tener claro que de esos hombres del siglo XII nos separan más de ocho siglos, nuestra mentalidad es muy diferente, nuestra forma de concebir el mundo ha cambiado; nosotros somos una generación de palabras y hemos perdido ciertos códigos visuales, por lo que sólo podremos acercarnos superficialmente al significado de estas representaciones. Continue reading

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El oficio de historiador (elegía para una mónada)

(Entrada publicada originalmente el 2 de diciembre de 2015)

¿Qué es un historiador? Para algunos, ha de ser un científico dotado de herramientas de análisis rigurosas y objetivas. Para otros, una suerte de literato capaz de devolver a la vida con la fuerza de su pluma algunas escenas del pasado. Yo, en cambio, cada vez más me lo imagino como un niño que se entretiene con viejos juguetes rotos, tratando de usar la imaginación para dar sentido a unos fragmentos cuyo origen le resulta tan misterioso como fascinante.

Si quisiera resumirlo en una palabra diría que el historiador es, sobre todo, un lector. Y no vayamos a pensar que es éste un oficio cómodo: aunque algunos lo creerían una adquisición de los teóricos de la segunda mitad del siglo XX, ya los autores medievales sabían perfectamente que la obra literaria es un artefacto incompleto y abierto, que para cobrar un sentido pleno requiere de la interpretación cómplice del lector. Lo confiesa por ejemplo una narradora del siglo XII, María de Francia, en el prólogo a una deliciosa colección de cuentos que beben de la tradición oral de los bardos bretones y que ella supo convertir en historias caracterizadas por una delicada mezcla de ensueño, fragilidad y melancolía: los Lais. Continue reading

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