Tag Archives: literatura fantástica

Clark Ashton Smith, el Mago de lo Bizarro

“Mi propio ideal consciente ha sido engañar al lector para que acepte una imposibilidad, o una serie de imposibilidades, por medio de una suerte de magia negra verbal, para el logro de la cual hago uso del ritmo de la prosa, la metáfora, el símil, el color y el tono, el contrapunto y otros recursos estilísticos, como una suerte de conjuro.”

–Clark Ashton Smith

Dentro de la ficción pulp existe una “Santa Trinidad” de autores, pertenecientes a un mismo círculo literario y forjados en el crisol de la revista Weird Tales. Este triunvirato lo forman H.P. Lovecraft, Robert E. Howard y el autor que nos ocupa hoy, el Bardo de Auburn: Clark Ashton Smith. No es demasiado aventurado afirmar que sin estos “tres mosqueteros de la Weird Tales”, la ciencia ficción y la fantasía no se parecerían demasiado a lo que conocemos en la actualidad. Continue reading

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Talbot Mundy: Aventura, Misticismo y Fantasía Oriental

Contra todo temor; contra el peso de aquello
que, a falta de nombre peor, los hombres mal llaman ley;
Contra la tiranía del Credo, contra el ardiente
e inmundo credo del párroco, y las fauces de la Superstición.
Contra todos los grilletes creados por el hombre;
y el Infierno creado por el hombre…
Sólo, al fin, sin ayuda, ¡YO ME REBELO!

Talbot Mundy, 1914

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Hoy en día, desde nuestro punto de vista “milenial”, es fácil echar la vista atrás y ver en el tumultuoso nacimiento del siglo XX una época marcada por la aventura. El cine y la literatura pulp nos han legado una imagen arquetípica del período y de los conflictos armados que culminaron en el estallido de la Primera Guerra Mundial. El mundo era aún susceptible a ser explorado, y un hombre decidido podía hacerse a sí mismo si no temía desafiar el orden establecido. Ése es el perfil de muchos de los héroes sobre los que podemos leer en la literatura popular del momento, pero raro es el caso en el que este perfil se aplica también a su autor. William Lancaster Gribbon (1879-1940), más conocido por su seudónimo literario Talbot Mundy, pertenece a ese grupo. Entre todos los escritores que publicaron su obra en las revistas pulp, Mundy es, sin duda, uno de los autores cuya propia vida supera a la ficción. Continue reading

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El Epicuro de lo Terrible: El Horror Cósmico de H.P. Lovecraft

A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.

La Llamada de Cthulhu, H.P. Lovecraft

A principios del siglo XX, el terror aún no estaba definido como género literario. Los escritores  que practicaban dicha modalidad, como Edgar Allan Poe, eran incluidos dentro de la weird fiction, la ficción extraña, cajón de sastre en el que se incluían todas aquellas historias que se salían de lo corriente. Las fronteras entre fantasía, terror y ciencia ficción eran difusas y permeables, aún no fosilizadas por intereses editoriales y comerciales. Este clima literario propició la irrupción de una serie de autores que llevaron la weird fiction a nuevos territorios. Algunos de ellos fueron enormemente influyentes para las generaciones venideras de autores de género, pero pocas plumas  tuvieron el impacto y la trascendencia que alcanzara, mucho después de su muerte, la de un erudito, reservado y excéntrico caballero de Providence, Rhode Island. Estamos hablando, por supuesto, del padre del terror cósmico, Howard Phillips Lovecraft. Continue reading

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Excepcionalmente humanas, humanas excepcionales: Las mujeres en la literatura de Tolkien y Martin

George Stroumboulopoulos: “There’s one thing that’s interesting about your books. I noticed that you write women really well and really different. Where does that come from?
George R.R. Martin: “You know, I’ve always considered women to be people”

Con esta cita, impregnada del humor ácido e ingenioso del autor de Canción de Hielo y Fuego, podemos entrever una de las cuestiones que han marcado su éxito mundial, el desarrollo del universo femenino en la saga. Hasta la fecha, la mayoría de las mujeres en el mundo de la fantasía solían ser definidas o construidas a través de arquetipos establecidos en el ideario colectivo. Las mujeres en la fantasía tradicional son hermosas o guerreras o víctimas a las que salvar; pero casi ninguna se caracteriza por particularismos que las diferencien de otras mujeres de este género literario. Casi ninguna parecía un verdadero ser humano, con luces y sombras. Sin embargo, en el caso de Martin y estas mujeres “humanas”, todas ellas crecen, luchan en este Poniente, bailando entre el bien y el mal, en la zona gris, siendo ni perfectas ni diabólicas (ni siquiera la grandiosa Cersei Lannister es, del todo, diabólica), exactamente igual que los personajes masculinos. Esto ha sido visto por muchos como una novedad, una gran capacidad por parte del autor de llegar más allá en el encaje de la mujer en la ciencia ficción.

Si intentamos hacer una comparación entre Tolkien y Martin, ambos crean mundos que podríamos catalogar de fantasía épica medieval, en los que las limitaciones para la mujer son de sobra conocidas por el lector antes de empezar la novela. En el caso de Tolkien, no considero que sus personajes femeninos sean malos personajes ni que sean poco importantes, pero no tienen la profundidad y diversidad de los personajes que nos presenta Martin. Las mujeres en la Tierra Media tienen gran protagonismo, solo recordar la poderosísima Galadriel (y su victoria en Dol Gundur) o Éowyn (la mujer guerrera que se enamora dos veces en la saga), pero son pocas y excepcionales. Esa es la clave, su excepcionalidad. Las pocas que aparecen tienen importancia porque realizan grandisimas hazañas a la altura de cualquier personaje masculino, pero no hay más personajes femeninos. No existen los modelos de “piezas” que diría Petyr Baelish, solo las grandes jugadoras en un tablero no predispuesto para ellas. Estas mujeres excepcionales son anheladas, admiradas y deseadas pero nuestro conocimiento de sus perfectos seres no va más allá del arquetipo. El primer ejemplo es la reina, aunque no usa el título, hermosísima, de cabellos con luz y poderosa Galadriel; la dama blanca tiene la fortaleza moral máxima hasta el punto de rechazar el anillo (en el mundo de Martin me imagino a Galadriel con el anillo, aniquilando el mundo). Su belleza es una parte más de su descripción que cierra el paquete de su enorme poder. Con Éowyn ocurre exactamente lo mismo, ella es la mujer que quiere romper con el rol que le ha sido asignado “Shall I always be left behind when the Riders depart, to mind the house while they win renown, and find food and beds when they return?“. La mujer guerrera que se sobrepone a una sociedad y acaba haciendo algo tan heroico como matar al gran rey brujo, pero ella es la excepción que confirma la regla que el resto no puede hacer, que el resto de mujeres y sus papeles no cuentan en la épica de Tolkien. De hecho, Tolkien no quiere romper del todo con su rol femenino tradicional y en ambos casos las protagonistas acaban casadas.

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Esto es bastante diferente en el mundo de Martin, las mujeres de su Poniente son de todo tipo, de toda clase, excepcionales, corrientes, nobles o campesinas y todas ellas tienen una historia que contar, una personalidad bien articulada que fomenta la verosimilitud de un mundo en el que existen los dragones. Las muchas mujeres que nos encontramos en el mundo de Hielo y Fuego son, sin ninguna duda, muy diferentes entre sí. Quizás de las que más conocemos son de aquellas que figuran en lo que en las novelas se conoce como el juego de tronos, este juego de intrigas políticas en el que tus enemigos pueden hacerte perder la vida. Las mujeres pintan un gran papel en estas intrigas, llegando a tener verdadero protagonismo político dentro de la saga. De hecho la guerra se inicia por dos mujeres, Catelyn Stark y Cersei Baratheon, aunque ella nunca deja de llamarse Lannister. Catelyn Stark es una gran señora, hija de un gran señor, casada con un gran señor y que ha tenido cinco hijos, parece que esto pueda significar poco, pero la dota de una condición inherente de autoridad. Catelyn es una mujer que entiende muy bien las normas del juego de Tronos y las limitaciones de su posición. Pero nadie es perfecto en el mundo de Martin, por tanto Catelyn también tiene su lado menos bueno. Este lado se manifiesta con su odio visceral hacia Jon (al que le llega a desear que ojalá se hubiera caído él de la torre y no Bran cuando éste se esta despidiendo de su hermano en coma). Pero está claro que Catelyn Tully Stark sabe muy bien que puede ser protagonista del juego política y que su posición como gran señora de la Casa Tully y de la Casa Stark le otorgan cierta autoridad. Lo vemos cuando apresa a Tyrion Lannister e inicia la guerra entre el león y el lobo.

Cersei es el otro gran personaje que inicia la guerra en Poniente. Cersei es a nuestros ojos el modelo de mujer malvada, pérfida e incestuosa. Su historia lo corrobora, Cersei, después de la rebelión de Robert, se convierte en la reina de los Siete Reinos, pero este matrimonio de conveniencia lleva a ambos hacia el desprecio mutuo y del que acaban naciendo tres herederos bastardos. Pero Cersei sabe que también puede tener importancia en política y la utiliza, aunque solo porque es ella, “una leona de la roca” y no por el hecho de ser mujer. De hecho, Cersei es uno de los personajes más afectados por la constricción femenina en el mundo de Poniente (esa noche loca con Taena Merrywater en Festín de Cuervos lo demuestra) y eso la hace desear ser un hombre, por la libertad que acarrea. Pero no lucha contra este rol, ella desprecia su género y continúa transmitiendo los mismos valores por los que la mujer debe ser un objeto paciente, como hace con Sansa Stark. Aunque esta reina, vengativa, incestuosa, lujuriosa y con cierto alcoholismo, también se mueve en el ámbito gris, sintiendo verdadero amor por sus hijos, especialmente por Joffrey. Para que negarlo, Cersei es uno de los mejores personajes de la saga de fuera a dentro es la viva imagen de la corrupción y cuanto más avanza mejor personaje es, especialmente viendo a Tyrion detrás de cada pared, de cada asesinato, de cada enemigo. Espero que la leona de la Roca nos depare muchos momentos de grandeza más y con fuego valyrio de por medio, a poder ser.

Como en Cersei, la educación inculcada en Sansa era el de una perfecta gran dama de Poniente. Ella misma lo dice, una gran dama debe saber comportarse en cualquier escenario, por lo que debía estar preparada para todo lo que requiere ser esposa y madre, incluso reina. Todo basado en la imagen de la mujer noble perfecta, como las princesas que salen en las canciones, en el que las mujeres son rescatadas de horribles monstruos por príncipes hermosos y honorables. Y Sansa aprende a ver el mundo siguiendo esos parámetros, pero como le advierte Petyr Baelish, el hombre que lo sabe todo -o casi todo- en esta saga, “La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso“. De hecho Sansa emprende su viaje en el “juego” cuando Joffrey pide a ser Ilyn la cabeza de su padre y no antes. Ese es el despertar doloroso de Sansa, ella es la damisela en apuros, pero no hay nadie que suba a su torre, así que debe empezar a mentir, a leer entre líneas, a conocer a otras figuras cortesanas peligrosas e inteligentes (como la siempre acertada Olenna, de la casa Tyrell) porque su vida depende de ello. Sansa es una pieza del juego durante mucho tiempo, un personaje secundario que lucha, modestamente, por sobrevivir en un ambiente en el que una mala palabra le cuesta una paliza. Aprende la importancia de mantener las apariencias, de sonreír, de mentir porque solo eso la protege en la corte. La cortesía se convierte por lo tanto en la armadura de una dama de manera literal. Este es el tipo de personaje, que probablemente no aparecerían en otras novelas de fantasía, porque es una pieza, por lo menos hasta la fecha, pero Martin le da a Sansa un observatorio privilegiado del juego de tronos y unos maestros dignos de la mejor universidad, desarrollando poco a poco una tendencia hacia la manipulación de los demás que, lo más seguro nos darán tramas cortesanas muy interesante en los dos próximos libros.

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Muy diferente al caso anterior serían Arya Stark, y Brienne de Tarth. Ambas comparten muchas características en la construcción de estereotipo de Martin, mujeres poco o nada hermosas, completamente desvinculadas del mundo pensado para las mujeres y más interesadas en las espadas y la batalla, ellas no necesitan la cortesía para salvarse, tienen espadas y valor. Pero ambas, especialmente Arya se desvinculan de lo habitual sobre la mujer guerrera, por las sombras que rodean al personaje. Cuando conocemos a Arya es muy fácil empatizar con ella, tiene buen corazón, no tiene prejuicios, no sigue las normas pero después de la muerte de su padre, Arya empieza a desarrollar una parte menos “blanca” de su personalidad. Por la noche le reza al Dios sin Rostro, a la muerte, y le pide que le deje matar a una serie de personas. El rencor y el odio hacen cada vez más mella en una niña como Arya, acrecentado ese aspecto oscuro de la protagonista hasta el punto que decide encaminarse hacia dejar de ser quien es y ser una asesina si rostro. Arya, aunque muy querida, es uno de los personajes con punto de vista con más sombras de la saga.

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Como estas mujeres hay muchas, muchas más, en los relatos de Martin. Podríamos hablar de Danny, madre de dragones y liberadora de esclavos, un héroe femenina que comete muchos errores en Meereen y que tiene muchas sombras (los dragones no plantan árboles, ellos lo saben, ¿lo sabes tú?), de Arianne Martell, la ambiciosa heredera del único reino en el que pueden heredar las mujeres, Dorne. Pero sean como sean, madre, reina, inocente dama, guerrera, estos proyectos de estereotipo se quedan en eso, en proyectos. No son mujeres típicas de la literatura fantástica, ni excepcionales ni únicas, son simplemente humanas y cada una de ellas con sus aciertos y errores, con sus amores y odios, que llevan a crear un mundo fantástico en el que la mujer importa en la narración, puesto que son capaces de influir, heredar, gobernar igual que los personajes masculinos. Y también sufrir. Muchas de estas mujeres sufren abusos o son utilizadas por sus derechos, recordemos a la pobre Lady Hornwood encerrada en una torre después de su matrimonio con el malvado Ramsay Nieve, o la segunda esposa de éste, Jeyne Poole. Pero también hay hombres que sufren violencia física y sexual, solo recordar lo que le hacen a un pobre muchacho en el barco que capitanea Victarion Greyjoy. El sufrimiento es un elemento común en un mundo bañado desde el principio de la narración por la violencia y las luchas de poder. En el caso de las mujeres las que mejor conocemos son mujeres nobles, educadas para su futura posición, no para luchar en el campo de batalla sino en el “ring”. Y aunque estas mujeres se parecen a los estereotipos por todos conocidos, la reina malvada, la madre luchadora, la mujer guerrera, su personalidad y su historia son mucho más humanas que en otras novelas de ficción, por ejemplo las de Tolkien en las que más que humanas son demasiado excepcionales.

 


Esta entrada forma parte de nuestra serie de entradas sobre J.R.R. Tolkien y G.R.R. Martin en el primer aniversario de nuestro blog. Aquí podéis encontrar los enlaces al resto de entradas:

. Alberto Reche: El Señor de Poniente en el Trono de Mordor

. Jordi Morera: Tolkien y Martin: Construcción y Deconstrucción de un Género

. Marcel Vilarós: El relojero y el programador: Personajes de la Tierra Media y de Poniente

. Lledó Ruiz: Excepcionalmente humanas, humanas excepcionales: Las mujeres en la literatura de Tolkien y Martin

. Raúl González: ¿Hay vida más allá de Tolkien y Martin?

. Óscar Álvarez: Huargos creados, dragones adaptados

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El relojero y el programador: Personajes de la Tierra Media y de Poniente

Hay infinitas maneras de escribir una novela. Quizá sea por este motivo que aún queden infinitas novelas por escribir, y el oficio de escritor sea inagotable.

 

Una buena novela (y también una mala, por supuesto) puede nacer de un suceso real, de una idea original, de un plagio, de un personaje… Cualquier semilla es buena, si el autor es lo bastante audaz como para seguir el rastro de esa primera semilla. Pero todas las novelas, una vez han nacido, se articulan a través de personajes, y de la relación que tienen éstos entre sí. Ninguna historia puede tener lugar en un páramo vacío o dentro de un desierto inhabitable. El novelista, a diferencia del poeta, no tiene como materia prima a las palabras sino a sus personajes. Toda ficción se articula a través de personas, o bien con animales o fuerzas de la naturaleza que adquieren rasgos humanizados.

En el caso que nos ocupa, tanto Tolkien como Martin eran muy conscientes de ello. Ambos han ideado ficciones pobladas con muchos individuos, muy variados entre ellos, e integrados a su vez en diversos grupos raciales o sociales muy identificables. Y ambos autores se esforzaron mucho en crear estos rasgos característicos, sabiendo que gran parte del éxito de su obra radicaba en esta vividez y coherencia de los pobladores de sus mundos. Aún así, un siglo separa a un autor de otro, y esta distancia es muy evidente en las fuentes utilizadas para crear un personaje o sociedad, así como en los objetivos que tienen al crearlos. Continue reading

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Tolkien y Martin: La Construcción y Deconstrucción de un Género

Las comparaciones son odiosas. Sin duda, eso debe pensar George R. R. Martin, el autor de la popular saga Canción de Hielo y Fuego, cada vez que un titular le presenta como “el nuevo Tolkien”, o el “Tolkien americano”. Desde luego, ser comparado con J.R.R. Tolkien debería ser todo un halago para cualquier escritor dedicado a la literatura fantástica. La obra del profesor de Oxford lleva décadas dando la vuelta al mundo y se ha convertido en el máximo exponente de todo el género, el modelo a imitar, la vara de medir. Tolkien rompió barreras y levantó una gran casa señorial donde antes sólo había habido pequeñas parcelas aisladas, una casa a la sombra de la cual han proliferado imitaciones y derivaciones como si de aquellos hongos que tanto gustaban a sus hobbits se trataran. Tolkien es el máximo responsable de calcificar la fantasía en su estado actual. O mejor dicho, lo son aquellos autores que le siguieron y fueron incapaces de apartarse de su sombra. Ha hecho falta una generación completamente nueva de escritores para romper con los patrones heredados y dejar de intentar lo imposible: superar al maestro en su propio juego. Entre estos autores que se han aproximado a lo fantástico desde otros ángulos encontramos a Brandon Sanderson, Joe Abercrombie, y por supuesto, a George R. R. Martin.

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El Señor de Poniente en el trono de Mordor

Esta semana hemos cumplido nuestro primer año de vida. ¡Cuánto ha llovido ya desde aquella primera entrada de bienvenida, eh! En estos doce meses hemos tenido un poco de todo: románico, cine de romanos, animales, espadachines y, sobre todo, mucha historia y mucha literatura. Tanta, que para este primer aniversario no se nos ha ocurrido otra cosa que reunirnos para escribir sobre uno de los temas del momento, Juego de Tronos (o Canción de Hielo y Fuego, para los que, como yo, paséis de la serie de televisión tres kilos y medio…). Medio mundo estaba esperando ansioso el estreno de la sexta temporada de la serie el pasado domingo. El otro medio, quizá, piense que no es para tanto.

Sauron sentado en el Trono de Hierro Continue reading

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Dinosaurios, Simios y Marcianos: los Mundos de Aventura de Edgar Rice Burroughs

Al releer las obras pulp que se escribieron durante el albor del género que hoy conocemos como ficción especulativa, uno tiene la sensación de que tuvieron que ser días embriagadores para los autores, momentos de exploración en los que aún se estaban descubriendo las posibilidades y los límites de un nuevo territorio literario. Quizá sea por ello que muchos de estos pioneros escribieron sobre mundos remotos y perdidos tras las fronteras de lo conocido, tan alejados de la realidad cotidiana como pueden serlo las junglas de la África profunda, la superficie de Marte o el mismo centro hueco de la Tierra. Ese es sin duda el caso del autor que nos ocupa hoy: Edgar Rice Burroughs, recordado entre el gran público sobre todo por su creación más inmortal, Tarzán de los Monos, uno de los personajes ficticios más famosos de todos los tiempos y un verdadero icono de la cultura popular del siglo XX, cuyas aventuras han sido reproducidas o reinventadas en absolutamente todos los medios.

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Brujas, Bardos y Batallas: La Épica Finlandesa del Kalevala

El viejo, el impasible Vainamoinen, resolvió ir a las heladas regiones de la sombría Pohjola…

Desde tiempos remotos, el brumoso y frío norte de Europa ha sido un entorno duro en el que labrarse una existencia. Ese carácter agreste y hostil se ha visto reflejado, como no podía ser de otra manera, en el carácter de las culturas que allí han florecido, y también en la visión mítica que esos pueblos tenían del mundo. El atractivo misterioso de la mitología nórdica -con sus dioses, dragones, gigantes, elfos, enanos y valkirias- es de sobra conocido entre los aficionados al género fantástico. Sin embargo, los mitos de la vecina Finlandia son quizá menos populares, pero eso no los hace menos apasionantes, como demuestra el rico tapiz de historias y leyendas recopilados en la epopeya nacional finlandesa: el Kalevala. Continue reading

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Antes de Tolkien: Las Raíces de la Fantasía Moderna

Para un gran número de lectores, la narrativa fantástica moderna tiene sus principios en la obra de J.R.R. Tolkien (1892-1973). El mundialmente reconocido creador de la Tierra Media, cuya historia queda brillantemente relatada en El Hobbit (1937), El Señor de los Anillos (1954-55) y El Silmarillion (1977), no sólo situó en el mapa literario el género fantástico sino que al hacerlo dejó una huella imborrable, una línea divisoria en los anales de la fantasía moderna. Sin duda alguna existe un antes y un después de Tolkien, pero si bien sus sucesores (desde los de mayor mérito literario y artístico hasta los centenares de imitaciones comerciales y derivativas) se han labrado un lugar en los estantes de librerías de todo tipo, sus antecesores más directos han quedado en gran medida eclipsados por la larga sombra del genio de Oxford.

Huelga decir que la literatura fantástica no empezó con Tolkien, sino que sus raíces se remontan a los mismos orígenes de la escritura. Tolkien, en su condición de especialista en literatura medieval, sabía perfectamente que el ser humano ha ejercido sus dotes imaginativas desde su más tierna infancia, llenando con su inventiva los oscuros recovecos que la razón no podía alcanzar. Gran parte de las narraciones que nos han llegado desde el mundo antiguo –desde la Odisea de Homero a la Epopeya de Gilgamesh– son fábulas sobre héroes, dioses y monstruos, que enfrentan al hombre con fuerzas desatadas y sobrenaturales que aparentemente le sobrepasan. Otro tanto puede decirse del poema anglosajón Beowulf, del que Tolkien fue uno de los mayores expertos: el héroe debe enfrentarse a varios monstruos, entre los que se encuentra un terrible dragón.

Esta tradición heroica tendría su continuidad en el rico caldo de cultivo de la literatura medieval. Los romances caballerescos, que rápidamente desplazaron en popularidad a formas épicas anteriores como los cantares de gesta, muestran una enorme fascinación por la magia y lo fantástico, y se alejan de narrar grandes guerras que deciden el destino de naciones para centrarse en las búsquedas heroicas e individuales de sus nobles y honorables protagonistas. Los romances más populares giraban en torno a la Materia de Bretaña, que comprende las leyendas artúricas heredadas del acervo cultural celta y reformuladas según la óptica medieval[1]. Entre ellos se encuentra Sir Gawain y el Caballero Verde, poema narrativo cuya primera edición moderna y posterior traducción corrieron a cargo del mismísimo Tolkien. No es de extrañar que el profesor, sintiéndose heredero y deudor de esta tradición, afirmara en más de una ocasión que El Señor de los Anillos queda mejor definido como un romance heroico que como una novela.

Otra muestra de esta corriente fantástica medieval que también sirvió de fuente de inspiración para Tolkien la encontramos entre las brumas de la Europa septentrional. Los ciclos islandeses como la Völsunga Saga o las Eddas ­–tanto la Poética como la Edda en Prosa de Snorri Sturluson– giran alrededor de elementos míticos y heroicos, y la Edda de Snorri en particular se erige como un verdadero compendio de mitología nórdica, un legado del antiguo paganismo norte-europeo recopilado más de doscientos años después de que Islandia fuera cristianizada. Tolkien recurrió sin reservas a las sagas nórdicas para dotar a su creación de una potente resonancia mítica, y su influencia se puede vislumbrar a lo largo de toda su obra, desde las razas legendarias de los elfos y los enanos[2] hasta la figura odínica del peregrino errante que encontramos en el mago Gandalf.

 

Prose Edda

Cubierta de una versión de la “Edda en Prosa”, manuscrita en el s. XVIII,

mostrando figuras mitológicas como Odín, Heimdall y Sleipnir

De la misma manera, el folklore popular y los cuentos de hadas forman parte también de la prolongada relación del ser humano con los mundos de la fantasía, y su influencia dentro de la historia del género fantástico no es menor por tratarse de una tradición fundamentalmente oral. Ese rico patrimonio oral empezó a ser recopilado y preservado sobre el papel por los grandes folkloristas de los siglos XVIII i XIX, encontrándose los célebres Hermanos Grimm entre los más destacados. Ese volcado a la página escrita, unido al clima cultural del romanticismo imperante en la época, hizo posible que el cuento de hadas viviera su transición de relato de comadres a forma de arte, como demuestra el Kunstmärchen, el cuento de hadas literario que surgió durante el romanticismo alemán y fue practicado por autores como Ludwig Tieck. Dicha transición supuso la aparición de cuentos de nueva hechura, no surgidos de la imaginación popular y anónima sino del puño y letra de autores concretos, con unos valores estéticos determinados y una clara vocación literaria. Nos hallamos, ahora sí, ante las verdaderas raíces de la fantasía moderna.

Entre los primeros autores que practicaron formas literarias como el Kunstmärchen, como el mencionado Tieck, y la irrupción en escena de J.R.R. Tolkien, existe una generación ­–no me atrevo a calificarla de perdida– de escritores que contribuyeron enormemente a la génesis de la fantasía como género literario para adultos. Algunos de ellos constituyeron fuentes de inspiración para Tolkien, mientras que otros probablemente pasaron inadvertidos para el profesor, pero en cualquier caso el legado de dichos autores demuestra que un género fantástico variado y heterogéneo existía y gozaba de buena salud antes de la llegada de nuestros queridos hobbits.

El escocés George MacDonald (1824-1905) se encuentra entre los pioneros de la fantasía tanto para adultos como en su vertiente infantil. Sus novelas Phantastes (1858) y Lilith (1895) contienen elementos alegóricos y religiosos, pero sin duda es mucho más conocido por sus novelas de corte juvenil como The Princess and the Goblin (1871) –que influyó en la representación de los trasgos de la Tierra Media- y sus relatos fantásticos como The Golden Key (1867). Otro escocés, Andrew Lang (1844-1912), ha pasado a la historia principalmente por sus recopilaciones de cuentos de hadas versionados por sí mismo; sin embargo, en su faceta menos conocida es también el autor de fantasías para niños (The Gold of Fairnilee, 1888) y para adultos (That Very Mab, 1885). El británico William Morris (1834-1896) es otro de los autores que, a pesar de haber quedado relegado prácticamente al olvido para el gran público, supuso una influencia inmensa para la forma del género en su totalidad. Sus obras más conocidas, The Wood Beyond the World (1894) y, sobre todo, The Well at World’s End (1896) presentan la arquetípica búsqueda heroica a través de un mundo completamente imaginario pero a la vez realista y verosímil. Y por supuesto, no es posible formular una relación de pioneros de lo fantástico sin mencionar a Lord Dunsany (1878-1957), uno de los pocos autores que ha conservado una relativa popularidad gracias a obras como The Gods of Pegana (1905) o The King of Elfland’s Daughter (1924). Por supuesto, los escribas de lo fantástico no estaban confinados al viejo mundo, y al otro lado del Atlántico encontramos a autores como Abraham Merrit (1884-1943), un autor fraguado en las revistas pulp y todo un clásico de la fantasía en su vertiente más aventurera, como demuestra en títulos como The Moon Pool (1919) y The Ship of Ishtar (1926), o a James Branch Cabell (1879-1958), autor prolífico de ensayos, novelas y poesía cuyas obras dentro del género parten de aspiraciones más literarias. Entre ellas cabe destacar Domnei (1920), The Silver Stallion (1926) y Something About Eve (1927).

Goblin and the Princess

“The Goblin and the Princess”, de George MacDonald, inspiración directa de los trasgos de Tolkien.

Ilustración de Nick Harris. 

 

Evidentemente, son muchos los pioneros de lo fantástico que se quedan en el tintero. Si algo pretende demostrar este breve listado es que existía una corriente vibrante y activa, deudora de una larga tradición, mucho antes de que Tolkien llevara la fantasía hasta las más altas cotas de popularidad y prestigio. Los autores mencionados en este artículo, así como la larga lista que ha quedado por nombrar, no podrían en modo alguno definirse a sí mismos como “escritores de fantasía”, como si pueden los sucesores de Tolkien. No formaban un movimiento literario, ni una generación a la vieja usanza; se trataba más bien de un grupo ecléctico de individuos que lo único que tenían en común era su deseo de abandonar los confines más seguros de la literatura y explorar las sendas menos holladas. La grandeza de Tolkien, su genialidad, radica precisamente en su manera de hilvanar todos los elementos heredados de aquellos que le precedieron, desde las sagas de la antigüedad a los romances medievales a sus predecesores más directos, y tejer con ello un tapiz único e inigualable, dotando así a la fantasía de un alcance y una profundidad jamás lograda anteriormente, y que difícilmente volverá a repetirse.

[1] Una buena muestra de los antecedentes celtas del mito artúrico lo encontramos en el Mabinogion galés (colección de historias recopiladas en los s. XII y XIII), donde Arturo aparece en varias de las historias en calidad de rey o jefe guerrero.

[2] Como ejemplo, nótese que Tolkien extrajo los nombres de casi todos los enanos de la Tierra Media, así como el del propio Gandalf, directamente del Völuspá, el primer poema de la Edda Poética.

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