El Epicuro de lo Terrible: El Horror Cósmico de H.P. Lovecraft

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Jordi Morera

Granollers, 1974. Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Barcelona y Máster en Estudios Ingleses Avanzados por la misma universidad. Mis estudios actualmente se centran en la épica renacentista y mis intereses giran alrededor del maridaje entre la novela histórica, la mitología y el género fantástico.

A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.

La Llamada de Cthulhu, H.P. Lovecraft

A principios del siglo XX, el terror aún no estaba definido como género literario. Los escritores  que practicaban dicha modalidad, como Edgar Allan Poe, eran incluidos dentro de la weird fiction, la ficción extraña, cajón de sastre en el que se incluían todas aquellas historias que se salían de lo corriente. Las fronteras entre fantasía, terror y ciencia ficción eran difusas y permeables, aún no fosilizadas por intereses editoriales y comerciales. Este clima literario propició la irrupción de una serie de autores que llevaron la weird fiction a nuevos territorios. Algunos de ellos fueron enormemente influyentes para las generaciones venideras de autores de género, pero pocas plumas  tuvieron el impacto y la trascendencia que alcanzara, mucho después de su muerte, la de un erudito, reservado y excéntrico caballero de Providence, Rhode Island. Estamos hablando, por supuesto, del padre del terror cósmico, Howard Phillips Lovecraft.

H._P._Lovecraft,_June_1934

Howard Phillips Lovecraft

Lovecraft encarna como pocos el arquetipo del autor que no logra alcanzar el reconocimiento y la fama en vida, pero cuya obra se convierte en un clásico de culto tras su muerte. A día de hoy, los relatos de H.P. Lovecraft son leídos y disfrutados por millones de personas en todo el mundo, y la más famosa de sus creaciones, la entidad primigenia Cthulhu, se ha convertido prácticamente en un símbolo de la cultura popular. A pesar de su portentosa imaginación, sin duda al propio Lovecraft le habría resultado muy difícil de concebir tamaña popularidad. En su día, el particular talante del autor de Nueva Inglaterra, sus fobias y neurosis, y una fría recepción por parte de un sector crítico poco preparado para su estilo y sus temas de fondo, se conjugaron para relegarle a una relativa oscuridad.

Nacido en Providence en 1890, en el seno de una familia por aquel entonces acomodada, Lovecraft descendía de un linaje que se remontaba a la vieja Inglaterra y a los colonos del Mayflower, algo que le producía un claro orgullo. Huérfano de padre desde muy tierna edad, el pequeño Howard Phillips se crió con su madre, su abuelo y sus dos tías. La muerte en 1904 de su abuelo, principal figura paterna, y la pérdida de su hogar señorial al quedar la fortuna familiar dilapidada, fueron dos eventos que marcaron profundamente al joven Lovecraft. De salud siempre frágil, propensión a las pesadillas recurrentes desde la infancia y víctima de repetidas crisis nerviosas, sus frecuentes ausencias escolares y sus tendencias reclusivas le privaron de obtener una titulación académica formal, pero logró por sí solo una erudición casi enciclopédica devorando vorazmente mientras pudo los contenidos de la biblioteca familiar. Un niño absolutamente precoz, se mostró interesado de manera muy prematura por la ciencia y lo fantástico, por todo aquello que se remontara atrás en el tiempo. Fascinado por los clásicos (a los siete años escribió versiones resumidas de la Odisea y la Ilíada) y por los cuentos de los hermanos Grimm y de las Mil y Una Noches, descubrió a Poe y halló en él la fuente de inspiración que le llevaría a tomar él mismo la pluma. El hallazgo y disfrute de revistas pulp de la época como The Argosy o The All-Story acabarían de fijar su rumbo profesional, y tras un período de creación prolífica y de rechazos constantes, Lovecraft logró empezar a publicar, primero en el circuito amateur y luego como parte del círculo de autores pulp.

En 1921, un par de años después de descubrir a otro de sus grandes ídolos, el bardo de lo fantástico Lord Dunsany, la madre de Lovecraft fallece en un sanatorio, tras una operación quirúrgica mal efectuada. Ese hecho conmociona terriblemente al escritor, y le lleva al borde del suicidio. Unos meses más tarde, conoce a Sonia Greene, una inmigrante judía de origen ucraniano y clase humilde con quien acabaría casándose unos años más tarde. Una serie de factores –los reveses económicos, la incapacidad de Lovecraft de encontrar trabajo en Nueva York, su creciente repulsa hacia esa ciudad, sus exacerbadas obsesiones racistas y clasistas, y la mala salud de Sonia– hicieron que ese matrimonio estuviera abocado al fracaso, y Lovecraft acabaría regresando a su Providence natal, profundamente cambiado por su fallido periplo neoyorkino. Allí permaneció la mayor parte de su vida, en una pobreza creciente, hasta que un cáncer de colon le provocó la muerte en 1937, a la edad de 47 años. Su lápida en el cementerio de la ciudad reza: “Yo soy Providence”.

Se puede afirmar sin temor a equivocarse que H.P. Lovecraft creó su propio género literario, lo que hoy en día a menudo se denomina “terror cósmico”. En la variedad de relatos, historias y novelas cortas firmadas por Lovecraft es sencillo encontrar un compendio de las fobias y paranoias propias del autor, pero no es menos cierto que también son un producto de sus tres grandes amores: el anticuarismo, la ciencia y lo fantástico. Lovecraft era un escéptico radical, que mostraba una clara y abierta hostilidad hacia las religiones, llegando a afirmar abiertamente en una de sus cartas que “¡la mitología judeocristiana NO ES CIERTA!”. No creía en un universo moral y humanocéntrico; para Lovecraft, la vida carecía por completo de sentido, y las inenarrables y vacías vastedades del cosmos hacían que cualquier logro humano fuera ínfimo y fugaz. Ese miedo cósmico, ese terror por los vacíos insondables del espacio, se hallan en el corazón de los Mitos de Cthulhu, el ciclo de historias relacionadas que conforman la mayor parte de la obra de Lovecraft, considerado por autores y académicos como uno de los mitos quintaesenciales del siglo XX y perfectamente descrito por Juan Antonio Molina Foix como “la antimitología de un ateo”.

Cthulhu-rlyeh

El gran Chtulhu surgiendo de la ciudad sumergida de R’lyeh

Lovecraft parte de una tradición gótica, tomando numerosos elementos de la misma y sometiéndolos a reinterpretación bajo una óptica científica, o cuanto menos, ciencia-ficcional. Lo estrictamente sobrenatural no existe en la ficción lovecraftiana; aquí no encontramos dioses, demonios o espíritus, sino una hueste de entidades extraterrestres, provenientes de los golfos interestelares o de dimensiones ajenas a la nuestra, tan extrañas, incomprensibles e inabarcables para la mente humana que inevitablemente inducen a la locura a quien se topa con algún indicio de su existencia. Ese es el caso de uno de sus relatos más conocidos, “La Llamada de Cthulhu”, en el que el narrador descubre la pista de un culto demencial que adora como a un dios a un ser primigenio, una entidad que espera en su morada submarina el momento en que las estrellas se alineen y pueda resurgir de nuevo. Como la mayoría de los seres que pueblan los relatos de Lovecraft, Cthulhu no es una fuerza demoníaca, es una fuerza cósmica de una magnitud abrumadora para los pobres mortales, y se encuentra más allá del bien y el mal, que no dejan de ser construcciones éticas ficticias que el ser humano ha erigido para sentirse más seguro en un universo desapasionadamente cruel. Así, el ciclo mitológico de Lovecraft nos dibuja una historia del universo que pone en relieve el pequeño papel del hombre en el cosmos. Para Lovecraft, pues, la ignorancia es la mayor de las bendiciones: hay verdades que es mejor no conocer. La realidad en la que creemos es una frágil burbuja flotando sobre un abismo espantoso, y cualquier intento por asomarse al exterior y clavar la mirada en lo que nos aguarda allí puede destruir nuestro mundo y dejarnos caer al horror más absoluto.

Lovecraft sitúa buena parte de la acción de sus relatos en su propia Nueva Inglaterra natal, o una versión de la misma que sus seguidores han pasado a conocer como Lovecraft Country, salpicada de pintorescos pueblos y ciudades ficticias como Arkham, Dunwich, Innsmouth o Kingsport. La Nueva Inglaterra lovecraftiana es un lugar misterioso y vetusto, lastrado por un pasado puritano y colonial que arrastra secretos provenientes del viejo mundo, una región que nunca ha llegado a liberarse de la sombra de Salem, cuyas quemas de brujas sólo fueron la punta visible de un iceberg de maldad y perversión que se extiende por la misma tierra. En ese ambiente, Lovecraft nos presenta varios relatos centrados en comunidades aisladas unidas por prácticas obscenas, o en franca decadencia por culpa de influencias externas o por taras debidas a la endogamia y el enquistamiento cultural. Uno de los grandes temores de Lovecraft, sin duda, era la decadencia física y moral a la que estaba condenada la raza humana, sobre todo por culpa de algo que le producía un pánico cerval: el mestizaje racial. Así, en “La Sombra sobre Innsmouth” encontramos a un pueblo pesquero cuyos habitantes han ido corrompiendo su humanidad, convirtiéndose en híbridos tras aparearse con los Profundos, una raza de horribles seres submarinos; y en “El Horror de Dunwich”, vemos como el horror cósmico puede engendrar descendencia en una apartada y atrasada población rural.

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Weird Tales, Mayo 1942, primera aparición de “La Sombra sobre Innsmouth”

Una tercera vertiente de la producción de Lovecraft puede considerarse más cercana a la fantasía onírica, deudora principalmente de la obra de Lord Dunsany. El “Ciclo de los Sueños” de Lovecraft, basado en los sueños y pesadillas del propio autor, tiene como elemento principal las Tierras de los Sueños, una mundo paralelo al que se puede acceder al soñar. Su principal protagonista, Randolph Carter, es una suerte de trasunto del propio Lovecraft, un soñador meditabundo, sensible y melancólico, que deja lo mundano atrás para explorar los mundos exóticos del plano onírico. Las principales historias de este ciclo –“La Declaración de Randolph Carter” (1919), “El Innombrable” (1923), “La Llave de Plata” (1926), “La Búsqueda Onírica de la Desconocida Kadath” (1926-27) y “A Través de las Puertas de la Llave de Plata” (1933)– tienen a Carter como protagonista, convirtiéndose así en el único protagonista recurrente en la obra de Lovecraft.

Estilísticamente, Lovecraft ha sido comparado a menudo con Poe, pues éste fue su principal modelo e influencia, según él mismo confesaba, pero también tomó como referentes a autores como Dunsany, el galés Arthur Machen o relativamente desconocido en la actualidad William Hope Hodgson. Es conocido por lo que los anglosajones llaman “prosa púrpura”: una prosa deliberadamente arcaica y recargada, de tintes barrocos, preñada de cultismos y grandilocuencia. Ese particular modo de escribir se debe tanto a la pasión de Lovecraft por los términos y modismos del pasado como a la intención de crear en el lector una profunda y persistente sensación de desasosiego, transmitida tanto por la sonoridad de las palabras elegidas como por la visualidad de lo narrado. Y es preciso decir narrado, más que descrito, pues Lovecraft, muy sabiamente, deja a sus peores horrores fuera de cámara. Su ficción está repleta de criaturas descritas vagamente, como si las meras palabras no pudieran contener todo su horror informe. El detalle es el enemigo del miedo, y Lovecraft deja que la imaginación del lector se infecte del terror que se adueña de sus narradores. Con escasos diálogos y una caracterización mínima de sus personajes, Lovecraft dominaba como nadie el arte del aumento gradual de la tensión dramática, convirtiendo el inevitable momento de terrible revelación en una experiencia casi personal para el lector. La creación efectiva de atmósferas inquietantes es, sin duda, el punto fuerte de un autor que, al contrario de lo que reza el viejo adagio, prefería contar a mostrar.

A pesar de la fama de recluso voluntario que acarrea, el caballero de Providence se relacionaba socialmente y por carta con un grupo de escritores afines que con el paso del tiempo fueron conocidos como “el círculo de Lovecraft”, y su influencia mutua se puede ver sin dificultad en las obras de todos ellos. Era amigo personal de Robert E. Howard, el autor de Conan el Bárbaro, y de Clark Ashton-Smith, otro polifacético autor de fantasía bizarra que merece ser recuperado. Los tres forman un verdadero triunvirato del pulp, una estrecha fraternidad originada en su papel compartido como colaboradores de la revista Weird Tales, y además de intercambiar impresiones y reflexiones, participaban en juegos literarios compartidos, e incluso escribían relatos ambientados en los universos particulares de los demás. De esta manera, tenemos la presencia de los seres de los Mitos en la Era Hibória de Howard, y en contrapartida, éste escribió algunos relatos de terror relacionados con la creación lovecraftiana. El propio Ashton-Smith aparece referenciado en “El Que Susurra en la Oscuridad” (1930) como el sumo sacerdote atlante Klarkash-Ton. El volumen de correspondencia que dejó Lovecraft es ingente, muy superior a toda su narrativa junta, y constituye un verdadero tesoro para sus estudiosos que demuestra lo activo que realmente fue este aparente misántropo alienado.

El círculo de Lovecraft se hizo también extensivo a algunos de sus admiradores y discípulos, y muchos de ellos dieron continuidad a las historias de los Mitos tras su muerte. Es en buena medida a estos seguidores a quien debemos la popularidad actual de Lovecraft, y muy especialmente a August Derleth, fundador de la editorial Arkham House, dedicada a publicar la obra del maestro y, por extensión, a publicar y difundir el género de la ficción sobrenatural. Como muchos otros, Derleth no solo escribió sus propias contribuciones al corpus lovecraftiano, sino que es el responsable directo de la codificación y sistematización de su mitología. Derleth acuñó el término Mitos de Cthulhu, en sustitución del término más impreciso e informal que usaba Lovecraft, Yog-Sothotherías. Al hacerlo, también añadió conceptos y premisas que no habían estado presentes en la visión original, como una pátina de maniqueísmo más acorde al cristianismo de Derleth que al pesimismo nihilista y ateo de Lovecraft, o un intento de vincular a varias de las “deidades” como Cthulhu, Dagon, Nyarlathotep o Shub-Niggurath con distintas fuerzas elementales como el fuego o el agua, conexión textualmente infundada a todos los niveles y rechazada por los críticos de Lovecraft como S.T. Joshi, autor de su más reciente biografía y máxima autoridad en todo lo relativo al escritor de Providence. Otros continuadores más recientes de los mitos lovecraftianos incluyen a Robert Bloch (el autor de Psicosis), Ramsey Campbell y Brian Lumley. El cine también ha adaptado en varias ocasionas algunos de los relatos de Lovecraft, normalmente con poco acierto.

Al hablar de Lovecraft es inevitable, y sería deshonesto no hacerlo, tocar también el gran tema que le convierte en un autor extremadamente controvertido en nuestros tiempos: sus profundas convicciones racistas. Para Lovecraft, las personas de color eran biológicamente y evolutivamente inferiores a los caucásicos. Tomaba esto como una verdad científica, y le producía un verdadero pavor la idea de que la raza “nórdica” de la que provenía se “disolviera y manchara” por la mezcla de sangres. Como anglófilo consumado, su rechazo al resto de “razas” no era tanto biológico como cultural; si bien no las consideraba inferiores, sí temía enormemente que el mestizaje conllevaría una inevitable degradación de la cultura propia. Por supuesto, estas actitudes y otras similares eran muy comunes en sus tiempos, extendidas a otros nombres célebres de la época, como Poe, Frank Baum, Jack London, T.S. Eliot, Roald Dahl o Edith Wharton, entre muchos otros. Que a principios del siglo XX, un hombre de talante conservador y obsesionado por eras pasadas albergara sentimientos racistas no es especialmente sorprendente, y aunque Lovecraft era muy vocal en la expresión de su xenofobia (para una muestra de ello, léase su relato de 1925 “El Horror de Red Hook”, en el que vuelca toda la repulsión que le provoca la ciudad de Nueva York y su mezcolanza de gentes), a menudo se le caricaturiza y se le señala en particular por ello. S.T. Joshi, basándose en la extensa correspondencia de Lovecraft, apunta a la posibilidad de que sus fobias raciales tuvieran su raíz y fueran una extensión más de su temor pesimista al progreso, y de sus deseos de preservar el estado de la cultura que tanto admiraba y que el tumultuoso siglo XX parecía condenar a la disipación. Por supuesto, sus puntos de vista son totalmente reprobables e injustificables, pero desde un punto de vista crítico, no es del todo justo ni sensato juzgar las creencias de un autor desde la óptica y la sensibilidad del siglo XXI. De hacerlo, pocos nombres ilustres se salvarían de la quema. Si algo podemos achacarle a Lovecraft, afirma Joshi, es que se mostrara inalterable en sus posturas raciales hasta el fin de sus días. En todo lo demás, los puntos de vista de Lovecraft fueron evolucionando y adaptándose a una idea más abierta del mundo. Tan sólo en sus fobias racistas permaneció rígidamente anclado.

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Terrores de la Mente

Al margen de sus creencias personales, el tiempo convirtió a Lovecraft en una figura extremadamente influyente para los autores de las generaciones que le sucedieron. No hay apenas un escritor de terror actual, desde Clive Barker hasta Stephen King, que no reconozca su deuda con el excéntrico gentilhombre. Gracias a académicos como Joshi y otros, su figura ha quedado también reivindicada literariamente hablando tras décadas de rechazo elitista y ostracismo prejuicioso por parte de la crítica. Su estatus como clásico americano quedó confirmado más allá de toda duda en 2005, con la publicación de sus relatos en la Library of America. Con todas sus luces y sombras, con sus elevados ideales estéticos y sus retrógradas convicciones racistas, a día de hoy Howard Phillips Lovecraft es innegablemente uno de los grandes nombres de la literatura del siglo XX. Su pluma nos ha dejado grandes iconos del terror en su vertiente más cósmica y existencialista, como pueden serlo el propio Cthulhu, los repulsivos y anfibios Profundos, o el famoso Necronomicón, libro de magia negra por antonomasia inventado por Lovecraft como marco y elemento de trasfondo para sus historias, pero cuya popularidad ha hecho que cientos de personas continúen creyendo en su existencia real a día de hoy. Tal como sabía infundir un desasosiego nervioso en el corazón de sus lectores, Lovecraft cultivó también su imagen de hombre fuera de su tiempo, de soñador excéntrico, de recluso voluntario aislado por su incapacidad de conectar con un mundo hostil a sus creencias más profundas. Usando el título acuñado por S.T. Joshi, Lovecraft se erigió en todo un Epicuro de lo terrible que logró forjar su propia leyenda y proyectarla hacia el futuro para convertirse, con el paso de extraños evos, en el maestro absoluto del terror literario. Leer su obra por primera vez permite constatar la verdad que se oculta en las palabras del hijo de Providence, cuando afirmó que “la más antigua y poderosa emoción del ser humano es el miedo, y el miedo más antiguo y poderoso es el miedo a lo desconocido.”

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Jordi Morera

Granollers, 1974. Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Autónoma de Barcelona y Máster en Estudios Ingleses Avanzados por la misma universidad. Mis estudios actualmente se centran en la épica renacentista y mis intereses giran alrededor del maridaje entre la novela histórica, la mitología y el género fantástico.
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