¿Cuántas Odiseas contiene la Odisea?

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Ripollet, 1983. Doctor en Historia Medieval por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente centrado en las relaciones ciudad - Corte, las élites urbanas bajomedievales de Barcelona y las expediciones navales en el Mediterráneo. Y ya en la vida real, dedicado a la divulgación.

Con esta pregunta lanzada al aire, casi con una provocación, comenzaba Italo Calvino su reflexión sobre la Odisea en Por qué leer los clásicos (Siruela, 2009). Podría parecernos un simple juego de palabras pero, como en tantas otras cosas con Calvino, nada es lo que parece en un principio.

 

Hay en la Odisea – dice – muchas Odiseas, que es tanto como decir que hay muchos relatos dentro de ese relato que, junto a la Iliada, ha forjado la senda que la literatura occidental aún no sabe si ha abandonado o se limita a transitar en círculos. Odiseas dentro de la Odisea, relatos dentro de los relatos, círculos dentro de los círculos. La potencialidad infinita de lo fantástico como motor de la trama, sólo denigrada a partir de las miserias cotidianas del realismo decimonónico, esa amalgama de suciedades, sudores y barro que se hizo canon vaya usted a saber por qué.

La Odisea arranca, de hecho, con la Telemaquia, que no es otra cosa que el relato de la búsqueda de un relato que no será el relato que se nos narre en la Odisea (¡ay, los falsos espejos!). Telémaco, ansioso por resituar en el ámbito de lo real el destino de su padre, el único de los héroes aqueos que aún no ha regresado, parte de Ítaca en busca de noticias. La Telemaquia acogerá en su interior los relatos de retorno (los nostoi) de algunos de los viejos conocidos de la Iliada e incluso, de la boca de Proteo, hará que se nos cuenten parte de las peripecias de Odiseo.

La de Proteo no será si no una de las múltiples Odiseas narradas dentro de la Odisea. Como por ejemplo la avanzada por Tiresias cuando, desde el Hades, cuente a nuestro perdido protagonista una de las Odiseas posibles, quién sabe sí únicamente real en el momento de verbalizarse en voz alta. El mismo Odiseo ejercerá en varias ocasiones de actor, en otras de narrador, como cuando ficcione sus aventuras ante la corte de los feacios o narre, de incógnito de nuevo bajo la forma de un anciano viajero, el destino de un falso él mucho más verosímil (una peregrinación a Creta, un naufragio y el ataque de unos piratas) que el que se nos ha contado sobre el verdadero Odiseo. En el relato que no es un relato sino una multiplicidad de posibles verdades, todo se confunde. Un final que no es sino la restitución del principio, un viaje que no es sino un regreso. Un protagonista que es, a veces, contador de su propio cuento. Una lucha entre memoria y olvido.

Odiseo y Tiresias en el Hades

Odiseo y Tiresias en el Hades

 

No deja de ser significativo que el elemento fantástico en la Odisea (quitando la intervención de los Dioses, que son fantásticos para nosotros pero en absoluto lo eran para los oyentes originales) se limite a una pequeña isla central (del Canto IX al Canto XII, para un total de XXIV Cantos) rodeada de un mar de elementos que, en su estructura, difícilmente podríamos calificar de fantásticos. También significativo es que, para Odiseo, todo encuentro con lo fantástico resulte una tensión entre memoria y olvido. Así, en el país de los Lotófagos quienes ingieren el loto pierden todo deseo de regresar, en la cueva del Cíclope Odiseo debe ser Nadie para escapar y en las estancias del palacio de Circe todo son pociones y embrujos que arrebatan la humanidad y la memoria a los marineros. ¿Y qué decir de las sirenas y su canto, que vuelve locos a los hombres? ¿Qué Odiseas no cantarían éstas, sutiles versiones de la trama, para seducir a Odiseo, fecundo en ardides?

¿Con qué Odiseas posibles seducirán las sirenas al incauto?

¿Con qué Odiseas posibles seducirán las sirenas al incauto?

 

Y es que el olvido es el gran peligro que se esconde en el viaje. Olvidar el camino, el regreso, el nostos, es la amenaza oculta. La fascinación que deben afrontar quienes viajan en los tiempos heroicos, quienes transitan más allá de la seguridad del terruño por esas rutas del Bronce que son el semen de todas las historias heroicas posteriores. También para el aedo y el rapsoda, que hacen suya su propia Odisea de entre todas las Odiseas posibles, el olvido es el peor de los males. “Olvidar el regreso” – decía Calvino – “quiere decir olvidar los poemas”. ¡He ahí el drama!

Si la desmemoria es un peligro, la verdad es una ausencia que planea sobre todas las Odiseas. ¿Cómo podría ser de otra forma, si estamos ante el relato de un mentiroso? ¿Por qué creer a ese fabulador interesado que es Odiseo? ¿Por qué creer que el relato que hace ante Alcínoo es más verdad que el relato que el mismo orador hace ante Antínoo?

Quizá la clave sea entender la verdad más radical de la Odisea: que nos encontramos, de hecho, ante dos mundos separados que se unen, quizá, por vez primera. Antes de su nostos, Odiseo es un héroe épico más. Al regresar a Ítaca lo hace como un héroe arcaico, imbuido de un folklore remoto ya en tiempos de Homero. Frente a las puertas de Troya, Odiseo es un Menelao más, un Ájax, un Agamenón o un Aquiles venido a menos. Un personaje épico que transita por el campo de batalla y ejerce el oficio de las armas. En los confines del mar, en el más allá del armario que es la Narnia mediterránea a la que Homero hace llegar al personaje, en un otro mundo fuera del mundo en el que se suspende hasta el tiempo, el canon épico no funciona. Simplemente no es de ese mundo. Si lo son, en cambio, los cuentos arcaicos, más cercanos en espíritu a las aventuras de Jasón y los Argonautas que a las cruentas luchas de los Siete contra Tebas o la Guerra de Troya.

Por eso en el paréntesis de suspensión de la realidad que son los Cantos IX a XII de la Odisea desfilan sirenas, lestrigones, cíclopes y hechiceras. Fuerzas irreductibles de una etapa mítica anterior, la de la cultura del Bronce, donde el viajero especialista (mitad herrero, mitad comerciante, en todo embaucador de indígenas) circulaba por un mundo lejano, bien distinto del pequeño mundo de la Grecia de tiempos de Homero, que sólo acierta a atisbar, desde su ceguera, las sombras de un mundo tan perdido para él como para nosotros.

Como dijo Calvino, un clásico es aquel libro paradójico cuya relectura siempre tiene el sabor de la sorpresa de una primera lectura y cuya primera lectura es, en realidad, nada más que una relectura. Como vemos, la Odisea cumple a la perfección esta premisa; la de ser un libro que no ha terminado de decir todo aquello que tiene aún por decirnos.

Círculos dentro de círculos.

Relatos dentro de relatos.

Odiseas dentro de la Odisea.

 

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Alberto Reche Ontillera

Ripollet, 1983. Doctor en Historia Medieval por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente centrado en las relaciones ciudad - Corte, las élites urbanas bajomedievales de Barcelona y las expediciones navales en el Mediterráneo. Y ya en la vida real, dedicado a la divulgación.
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