Saramago, un escritor para la posterioridad

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Daniel González Palma

Sabadell, 1987. Historiador por la Universidad Autónoma de Barcelona. Atrapado entre el s. XI y el s. XII, mis estudios y lecturas se centran en las Cruzadas y las Órdenes Militares.

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Presentar a José Saramago de buenas a primeras por sus logros sería caer estrepitosamente en la aceptación superficial de su figura y no en la profundidad e inspiración de sus ideas y relatos. Relatos que concibió y escribió a caballo entre Lisboa y Tías (Lanzarote), reconociendo ya de mayor una extraña seducción inefable que lo arrastraba al paisaje desierto y volcánico de la isla canaria. En cierta ocasión, estando un servidor de vacaciones por la isla, no pude resistirme a visitar su casa y biblioteca, hogar-museo desde que falleció en 2010. El hogar de Saramago se convirtió desde el final de las dictaduras de Salazar en Portugal y Franco en España, en un lugar de peregrinación donde pasaban a tomarse un café portugués todo tipo de idealistas, intelectuales y gentes del socialismo. Aquella casa de Tías, juntamente con la propiedad del escritor en Lisboa, consciente o inconscientemente, se convirtió en un nexo donde el progreso político e intelectual buscaba el calor y la reflexión del escritor luso. Unos años nobles tras la censura imperante y la Revolución de los Claveles, en la que participó, en que el autor no publicó absolutamente nada porque “no tenía nada que decir”. Solo redactó poesía en la intimidad llegándose a publicar discretamente en 2005.

Lo verdaderamente fascinante de José Saramago no es de por sí su legado literario, sino los componentes ideológicos de cariz humanista que inundan sus grandes obras poniendo en el paredón la compleja, y a veces incomprensible, condición de los seres humanos. Ensayo sobre la Ceguera, ganadora del Nobel y llevada al cine por Fernando Meirelles con el nombre A ciegas (2008), plasmó con un realismo exacerbado la descomposición del tejido humano sin que el autor estuviese influenciado por ningún film post-apocalíptico. Narró el caos, la incidencia del horror y la confusión del momento diluyendo las esperanzas de los protagonistas en un recipiente sin fondo, y simplificó el amor como único clavo ardiendo al que aferrarse. Seres humanos atrapados entre lo mejor y lo peor. La idea de la obra tampoco era inconexa con la forma del escritor de ver la realidad: un mundo cegado por las banalidades, las egolatrías y sin consistencia espiritual. La fe solo aparece en tiempos de miseria como única vía de autocomplacencia. Para ciertas obviedades de la condición humana, era imprescindible desarrollar el primitivismo de los individuos en un entorno desolado por un inexplicable mal en forma de epidemia de ceguera. Una oscuridad que agudiza la ceguera moral cuando se padece una ceguera material. En ello, Saramago buscaba la redención del individuo mediante las actitudes sociales de la naturaleza humana. Buscaba las solidaridades y el contacto de los sentidos situando en la trama de la obra la figura arrasada de un sujeto-sentido o un sujeto en contacto con sus sentimientos. Elementos de gran importancia porque no impera la habilidad del más apto para sobrevivir, sino las acciones solidarias provocadas por el afecto del prójimo.

Saramago también tuvo un particular compromiso con la Historia, especialmente con los fundamentos teológicos de la religión cristiana. La consolidación literaria del escritor y su clara oposición al dogma cristiano, no se explica sin sus afamados Caín y El Evangelio según Jesucristo. Siempre mostró un reconocimiento alternativo a los fijados por la tradición histórica, buscando romper los imaginarios colectivos. El dogmatismo fue su gran enemigo intelectual. Para gran escándalo del Vaticano y del gobierno portugués, El Evangelio de Saramago (1991), humanizó a un Jesucristo distante con su familia, confundido por mensajes mesiánicos, y dolido por la muerte de José de Arimatea a manos de las guarniciones romanas de Judea. Justificó a Caín ante las incomprensibles preferencias de Dios hacia Abel. “¿Qué diablo de Dios es este, que para enaltecer a Abel, desprecia a Caín?” se preguntaba Saramago. Ejemplos que ponen de manifiesto las tiranteces de un binomio antagónico estipulándose en la lucha entre dogma y el no sometido y la imposición de la ignorancia e intolerancia por la idea construida de Dios. Este tipo de alegatorias en la narración de Saramago siempre aguarda en su incisiva oposición al dogma la cuestión del laicismo. Un debate de por sí agotador, malinterpretado para algunos interesados denominándolo “laicismo agresivo”, para generar empatías que quiten hierro al asunto y evitar hablar del verdadero fenómeno que se esconde tras el debate, el ateísmo, o mejor dicho, creer o no creer. Lamentablemente, ya no hay milagros que eclipsen la espiritualidad de las gentes como en el mundo clásico y medieval, hoy en día, se buscan milagros en el campo económico para seguir llenando vacíos con ficciones de papel. Mal les pese a algunos, la búsqueda de milagros en el siglo XXI y la creencia en Dios es difícil de explicar.

Saramago era un tipo sencillo, así se describía él y así lo recuerdan sus vecinos de Tías. Sin embargo, en su narrativa no deja de observarse una contundente crítica hacia la sociedad con la intención de confrontarla, o al menos, de sacarle los colores recurriendo al pasado con una patente decepción respecto a las creencias humanas. Eso explica sus largas temporadas aislado en su despacho entre sus montañas de libros y sus solitarios paseos por el Timanfaya; al menos, eso me comentaron los responsables de su biblioteca.

“He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer a alguien es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”.

José Saramago

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Daniel González Palma

Sabadell, 1987. Historiador por la Universidad Autónoma de Barcelona. Atrapado entre el s. XI y el s. XII, mis estudios y lecturas se centran en las Cruzadas y las Órdenes Militares.
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