La Maldad en la filosofía de San Agustín de Hipona y de Santo Tomás de Aquino

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Daniel González Palma

Sabadell, 1987. Historiador por la Universidad Autónoma de Barcelona. Atrapado entre el s. XI y el s. XII, mis estudios y lecturas se centran en las Cruzadas y las Órdenes Militares.

Pensar en los fundamentos filosóficos de la maldad y sus implicaciones morales entre los individuos es dar de bruces con uno de los temas estrellas cuando un ingenuo o ingenua intenta analizar aspectos de la condición humana. Un tema de por sí complejo y enrevesado que ha dejado más bien un legado de hipótesis y variantes a lo largo de los siglos que uno de sentencias firmes, en lo que podríamos referir cómo un drama cotidiano, recurrente, histórico, y por qué no, universal si miramos retrospectivamente cualquier noticiario.

Un mal que la tradición filosófica ha recogido en diferentes corrientes pero que podemos resumir en tendencias tales como los usos y límites de la libertad, los vicios, el desenfreno o las pasiones desbocadas. Platón habló de desajustes en los fundamentos de lo justo e injusto; Aristóteles, alumno suyo y ya entrando en planteamientos de la virtus, habló de vicio y desenfreno; Spinoza sentenció que la ausencia de la razón había permitido el exceso de los afectos; Schopenhauer centró su estudio en el concepto de la voluntad y habló directamente de egoísmo; von Hildebrand del orgullo; para después Nietzsche revolucionar la perspectiva psicológica hablando de instinto de conservación y huida del dolor. Y si todas estas corrientes han tenido un encaje acorde a su época ¿Qué pensaban los más ilustres personajes de la Edad Media referente a la maldad? ¿Qué sentido le daban a aquello que nos sigue preocupando, confundiendo y dejando huellas, en ocasiones, irreparables?

San Agustín de Hipona vivió años muy convulsos, especialmente los de las embestidas bárbaras de Alarico a la ciudad de Roma en el año 410, al mismo tiempo que llevaba a cabo una vida ascética e íntimamente reflexiva respecto a planteamientos teológicos. Refería que la mala voluntad de los hombres era la causa de un acto malo, y si era cierto que la maldad disponía de voluntad, ésta tendría un doble punto de partida o de debate: la existencia o no de una voluntad del mal. Alegaba que si la voluntad que rige la maldad fuese de origen bueno, el planteamiento llevaría a una contradicción de la forma o al menos, a plantear que la conducción de una voluntad buena se convierte en mala como resultado de un acto malo.

Por ello, según San Agustín, si la maldad contiene en su forma una voluntad originaria, ésta debería ser claramente de origen malo e inherente, pero… ¿y si la afectación de esa mala voluntad tiene distintos grados de afectación incidiendo a unos terribles daños y a otros nada de nada? Podría ser una cuestión de azar pero despierta en el horizonte la idea de que la mala voluntad que rige un elemento determinado no tuviera en esencia una condición integral mala y haya en su forma destellos de una forma inmanente. Sin embargo, más allá de los distintos grados de afectación que disponga la propia maldad y que el lector pueda interpretar, el único argumento sólido que afirma Agustín de Hipona es que pensar la maldad no dispone de voluntad y que ella misma se rige por una realidad privada que evoca a un planteamiento inferior a la realidad de nuestros ojos y percepciones. Esta realidad inferior, que efectivamente equivale a la fisura del primer pecar según la lógica de San Agustín, contiene en sí misma una naturaleza y una esencia que en su origen nacen de una breve voluntad después de alcanzar o decaer a una realidad inferior dejando de ser una buena voluntad, volviéndose finita y hostil tanto a la moral como a los ojos de los individuos. ¿Y si en un proceso dialéctico cotidiano sin una buena voluntad evidenciada uno de los dos sujetos emplea un mal acto? He aquí la respuesta nietzschiana de San Agustín: “la mala voluntad no ha surgido de la naturaleza en cuanto tal, sino del hecho de que la naturaleza ha sido hecha de la nada” . Razón por la cual todo individuo que actúa alejado de la buena voluntad es débil a la realidad inferior. Un desencaje del individuo que lo aleja del sumo Ser convirtiéndose en un ser moralmente inferior.

Aproximadamente 800 años más tarde y a inicios del siglo XIII, Santo Tomás de Aquino abordó y desarrolló desde un posicionamiento maniqueo, las tesis que previamente había trabajado el teólogo y filósofo de Hipona. Estableció la complejidad del bien y el mal estableciendo la primacía de lo moral pero introduciendo como máximas a la voluntad tanto del Fin como ejecución y del propio bien. El mal que en su forma es la privacidad del bien desestima el orden de la razón que es el bien que rodea al hombre, por ende, “el mal es género y diferencia, no en cuanto que es privación de un bien de razón, que es lo que llamamos mal, sino por la naturaleza de la acción o del hábito a un fin que es opuesto al debido fin de la acción” . En consecuencia, el mal es causa directa del bien. Toda acción proviene o promueve algún tipo de entidad, y si esta no ostentara la condición de identidad “síguese que no puede ser causa de nada”. El mal es causa del bien porque el mal no obra en virtud del bien y por tanto el mismo bien es causa primera del mal. Según el teólogo el mal no tendría existencia en sí mismo dado que es un derivado de una voluntad que en ese estado no tiene esencia. El uso del mal vendría a explicar un paso accidentado de un efecto en origen del bien, ya que lo que es accidentado es un derivado de lo sustancial, y por efecto, los hombres son sustancia. A todos nos gusta un film o una lectura apocalíptica o post-apocalíptica pero pesa el razonamiento del teólogo romano al desestimar la posibilidad de una situación post-civilizada como estamos acostumbrados en series y televisión: el mal tiene sus propios contrapesos y todo el mal tampoco podrá vencer a todo el bien, porque si existe un mal que sea total coincide con la existencia de un sujeto de representación del bien que tiende a equilibrar las desviaciones privadas de la moral humana.

A modo de resumen y aclaración podríamos referir que las visiones del mal de estos grandes exponentes de la Edad Media expresan un análisis en base a un logos racional en busca de la procedencia y composición de la maldad. San Agustín evocaba la degradación de una buena voluntad hacia una realidad inferior con componentes que podían acudir “de la nada” alejando al Ser de su mejor versión reflejando una moral débil. En cambio San Agustín, todo y aludiendo a ese espacio de privación inferior, afirma claramente que el mal es un efecto del bien y que en esencia el mal no puede darse como un principio de todos los males, ya que el propio mal es un derivado accidental de la voluntad de alcanzar un determinado bien.

Y como le dijo Agatha Christie a un periodista cuando este le preguntó por los componentes negros de sus obras, ella le contestó: “la maldad no es algo sobrehumano, es algo menos que humano”.

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Daniel González Palma

Sabadell, 1987. Historiador por la Universidad Autónoma de Barcelona. Atrapado entre el s. XI y el s. XII, mis estudios y lecturas se centran en las Cruzadas y las Órdenes Militares.
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