Las Mujeres y las Cruzadas

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Daniel González Palma

Sabadell, 1987. Historiador por la Universidad Autónoma de Barcelona. Atrapado entre el s. XI y el s. XII, mis estudios y lecturas se centran en las Cruzadas y las Órdenes Militares.

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Cuando pensamos en las Cruzadas nos vienen a la cabeza nombres como Bohemundo, Raimundo de Tolosa, Tancredo, Balduino, Godofredo de Bouillon entre muchos otros. Concebimos el fenómeno cruzado como una empresa absolutamente varonil caracterizada por las grandes figuras, los mitos, las hazañas valerosas y las grandes batallas. El mito de que las mujeres medievales no tenían capacidad de acción, decisión, influencia o presencia social es, precisamente, un mito y debemos empezar a tratarlo como tal.

Lady Godiva, uno de los mitos románticos sobre la mujer medieval (John Collier, c. 1897)

 

Hasta el siglo XIII todo varón que iba a las cruzadas necesitaba el acuerdo de su mujer. Una prueba de ello son los propios escritos de los predicadores de la cruzada donde integraban párrafos y consignas misóginas dirigidas a las mujeres para que éstas dejaran partir a sus esposos libremente. Este tipo de mensajes tiene un gran significado interno que no podemos obviar. Que la mujer fuese el último escollo para que un esposo abrazase la cruz, nos refiere la importancia que ejerció la mujer en el ambiente doméstico como piedra angular de la familia y de la economía doméstica. El recelo de una mujer a que su esposo partiese a Tierra Santa pudo tener connotaciones afectivas, es evidente, nadie quiere ver marchar a su cónyuge a una guerra, pero el motivo iba un poco más allá. Cuando el hombre abandonaba el núcleo familiar, la mujer se quedaba en la propiedad como regente de los bienes y para ella comenzaba una cruzada en su propio hogar enfrentada a diversas adversidades. Como gestoras de propiedades, en este caso de hombres que abrazaban la cruz, ellas se enfrentaban a dificultades jurídicas, viejas rencillas testamentares, compromisos económicos, materiales o simplemente podían recibir amenazas morales y físicas de personas o instituciones interesadas en una determinada propiedad.

A pesar de las reticencias por parte de eclesiásticos y predicadores la mujer también acudió a Tierra Santa, ya fuese trabajando en la organización, la logística, el combate o simplemente para acompañar al marido. En la Primera Cruzada (1096-1099) vemos como las esposas de los grandes príncipes europeos acompañaron a sus maridos, y en la II Cruzada (1147-1149), las condesas de Flandes y Tolosa abrazaron la cruz junto a Leonor de Aquitania, por entonces reina de Francia. Como crucesignatae tampoco se les impidió participar en el combate. Sabemos que en 1101, Ida, viuda del margrave de Austria, comandó su propio ejército y participó en diversas campañas, o conocemos el caso de la la hija del duque Eudes I de Borgoña, Florina, que luchó junto a Suenon, hijo del rey de Dinamarca. Durante la cruzada de Ricardo Corazón de León, encontramos el caso de Ambroise, una chica que fue ensartada por una flecha sarracena cuando colocaba piedras en el foso para asaltar las murallas. En plena remodelación de la idea de cruzada, el Papa Inocencio III  reconoció abiertamente en 1216 que las mujeres podían participar en las cruzadas y ya, reconocidas por la autoridad papal, fueron reclutadas pudiendo comandar sus propios contingentes.

El emperador Alejo Comneno, protagonista de la Alexíada, escrita por su hija Anna Comneno

 

Quién nos ha aportado una visión más cercana a la presencia de mujeres en las cruzadas, o al menos en la primera, fue la historiadora bizantina Anna Conmeno. La hija del emperador pudo ver con sus propios ojos como grandes columnas de personas venidas del lejano occidente entraban en Constantinopla para cruzar el Bósforo e ir a luchar por los lugares sagrados. Nos dice, por ejemplo, que los ejércitos de personas que trataban de ir a Tierra Santa en 1096 tenían un número muy notable de mujeres donde muchas de ellas acompañaban a sus maridos a los campamentos. ¿Y las otras? ¿Habían abrazado la cruz e iban a luchar? No podemos dar una cifra exacta ni tampoco un marco orientativo pero sabemos que las predicas para la cruzada estaban abiertas a todos los fieles, por tanto, no debería sorprendernos observar mujeres en los combates. Las grandes crónicas de las Cruzadas como la Gesta Francorum o las Guerras de Ultramar de Guillermo de Tiro, nos explican por ejemplo como las mujeres tuvieron un papel muy destacado en la Batalla de Dorilea (1097) en la provisión de recursos, el ánimo a las tropas y en la organización de la defensa. Cuando las tropas selyúcida fueron derrotadas, las mujeres nobles asistieron a sus maridos y las participantes “saquearon” todos los suministros de los turcos. Como hemos referido antes, el papel de la mujer se encontraba presente en todos los elementos clave para llevar a cabo la cruzada: fueron enfermeras, guerreras, auxiliares en combates, lavanderas, despiojadoras, prostitutas, organizadoras de los espacios comerciales, molineras de grano y proveedoras de suministros.

Lamentablemente, no encontramos grandes relatos como sobradamente observamos en el caso masculino, pero sí varios casos para hacernos una idea del talante de la mujer en combate. Las mujeres que encontramos en el fragor de la guerra procedían de sectores no nobles y también de la nobleza, como es el caso de Juana Crest, quién abrazó la cruz en 1224 y murió junto a su marido en campaña. El caso más emblemático es sin duda el de Margarita de Provenza, esposa de Luis IX de Francia. En avanzado estado de gestación luchó por mantener la cohesión de la guarnición y comandaba la defensa de Damieta en 1270 cuando los musulmanes asediaban la ciudad y su esposo yacía moribundo en la cama.

Ya lo dice la canción de los 80s, las chicas son guerreras.

 

 

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Daniel González Palma

Sabadell, 1987. Historiador por la Universidad Autónoma de Barcelona. Atrapado entre el s. XI y el s. XII, mis estudios y lecturas se centran en las Cruzadas y las Órdenes Militares.
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