La tinta, heroína y villana

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Ripollet, 1983. Doctor en Historia Medieval por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente centrado en las relaciones ciudad - Corte, las élites urbanas bajomedievales de Barcelona y las expediciones navales en el Mediterráneo. Y ya en la vida real, dedicado a la divulgación.

Si durante siglos la cultura ha sido en buena parte escritura, también podemos afirmar sin ruborizarnos que la escritura ha sido durante siglos, en buena parte, un asunto de tintas. Y justo de eso me apetece escribiros hoy, de la tinta. De ese elemento desapercibido sin el cual no hubieran sido posibles las reflexiones de Séneca, los ricos códices medievales, la multitud de documentos notariales que pueblan nuestros archivos, la casi mágica explosión de la imprenta o los retratos a tinta de Rembrandt ¡Ahí es nada!

De tintas ha habido muchas variantes a lo largo de la historia, según el momento y los materiales que se tuvieran a mano. ¡Qué fácil nos parece ahora la estandarización de ingredientes y materiales y qué complicado era el tema antes de la globalización extrema de los últimos tiempos!

El honor de las primeras remesas de tinta parece ser que lo disputan egipcios y chinos. En China se han hallado evidencias del uso de tinta ya alrededor del 2.500 aC, aunque lo cierto es que las demás referencias son bastante posteriores. La tinta china se obtenía a partir de una mezcla de elementos como el carbón vegetal, huesos de algunas frutas y resinas vegetales o de origen animal, que se almacenaba de forma sólida y se diluía en agua cuando se necesitaba escribir. En Egipto, por su parte, se mezclaba el hollín con aceite y soluciones gomosas, una mezcla parecida a la mencionada en la Biblia, donde se habla del dejo, que era una mezcla de hollín y resina.

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Una barra de tinta china, junto en el resto de materiales necesarios para su uso. Fuente

 

En Roma, en un primer momento, se experimentó con la tinta de algunos cefalópodos, como la sepia, aunque pronto se adoptó el modelo egipcio. Plinio nos habla, incluso, de algunas variantes de esta tinta, como la que cambiaba el agua por vinagre, para hacerla más resistente. En el mundo bizantino también se incorporaron novedades importantes, como el uso del murex, un tipo de molusco, que aportaba un color púrpura a la tinta. Un descubrimiento estupendo, si tenemos en cuenta que el púrpura era el color asociado a los emperadores, cargado de un poderoso simbolismo. También de Bizancio nos llegan las primeras referencias al uso de componentes metálicos en la tinta, aunque lo cierto es que su uso generalizado no llegará hasta entrada la Edad Media.

La inclusión de elementos metálicos en su elaboración será la marca de identidad de las tintas europeas medievales y uno de los factores que explican la forma y coloración características de los manuscritos y documentos medievales y, también, parte de sus problemas de conservación.

Para la tinta medieval, conservamos distintas recetas que nos hablan de los ingredientes más frecuentes, así como sus proporciones y las instrucciones de elaboración. En la Edad Media la tinta era un producto que, aunque a veces era comercializado por monasterios y especieros, tenía un gran índice de autoelaboración, de ahí que existan distintas recetas con ingredientes y proporciones propias. Casi cada notario o escribano tenía su mezcla preferida, que se ajustaba a sus preferencias de color, textura y densidad hasta el punto que se podría decir que cada tinta era un mundo.

La tinta encontró su hogar en los talleres monásticos

La tinta encontró su hogar en los talleres monásticos

 

Como acabamos de decir, la principal novedad de las tintas medievales nace de la inclusión de elementos metálicos a la mezcla. El metal podía conseguirse de distintas maneras, ya fuera a través de elementos vegetales, como el leño de espino, minerales como el vitriolo, nombre con el que se conocía a distintos sulfatos cuyos cristales tenían cierto parecido visual con el vidrio o, muy frecuentemente, a través de nueces de agalla o productos similares.

La nuez de agalla es una de esas maravillas naturales que parecen hechas a posta para ser utilizadas. Las agallas consisten, no en una nuez u otro fruto de alguna clase, como su nombre parecería indicar, sino en una defensa del árbol ante el ataque de algún insecto o bacteria, por ejemplo ante la puesta de huevos bajo su corteza. Frente a estos ataques crece la agalla, envolviéndolos, una masa tumoral que aísla la amenaza y crea la nuez de agalla. De estas falsas nueces destaca su alto contenido en ácido tánico (entre un 60-70%), del cual se puede obtener ácido gálico mediante hidrólisis.

Este ácido será fundamental para la elaboración de las tintas medievales, como nos lo demuestran las recetas que nos han llegado. Goma arábiga, vitriolo, agallas (de diferentes árboles) y agua (o agua de lluvia, vinagre, o cerveza) en distintas proporciones conforman buena parte de los ingredientes de las distintas recetas que han llegado hasta nosotros. Las proporciones variaban, como en aquella rima de Pietro Canepario en su De atramentis cuiuscumque generis (De todos los tipos de tinta) editado en 1619, en la que decía: “Una, due, tre e trenta a far la bona tenta” (Una, dos, tres y treinta para hacer la buena tinta),  que no era otra cosa que las proporciones de goma arábiga, vitriolo, agallas y agua para hacer – según él – una buena tinta.

Lo cierto es que las tintas medievales y modernas no estaban todo lo bien equilibradas que sus contemporáneos creían. Y de ese hecho nacen la mayor parte de los problemas que ha ocasionado el uso de las tintas ferrogálicas. Un exceso de sulfato de hierro en la mezcla es el responsable del estado actual de buena parte de la documentación medieval y moderna en papel (más la segunda que la primera, todo sea dicho), al atacar la celulosa y presentar efectos como éste:

Ejemplo de los efectos de una tinta metálica sobre el papel. Fuente

 

He aquí la tinta. Por un lado el vehículo preferente en la transmisión de la cultura europea y, a la vez, uno de los responsables de la deficiente conservación de la documentación.

Una paradoja que, de nuevo, es netamente europea.

 

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Alberto Reche Ontillera

Ripollet, 1983. Doctor en Historia Medieval por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente centrado en las relaciones ciudad - Corte, las élites urbanas bajomedievales de Barcelona y las expediciones navales en el Mediterráneo. Y ya en la vida real, dedicado a la divulgación.
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