Garibaldi, el Crack del 29 y el Black Power: la violencia gladiatoria y su recepción cinematográfica en el siglo XX

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Oskar Aguado

Bilbao, 1991. Soy licenciado en Historia por la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibersitatea, donde también he cursado el Máster en Mundo Clásico. Actualmente me encuentro realizando una tesis doctoral sobre la recepción de la guerra en la antigua Roma a través del cine y la televisión.

Muerte al perdedor y gloria al vencedor, es una fórmula antiquísima mis queridos amigos, y la repondremos en el lugar donde tuvo mayor éxito, con los gladiadores en la antigua Roma. Una lucha hasta la última sangre, con terror, muerte y destrucción”.

Así se expresa un alto directivo de una cadena de televisión en una película italiana de ambientación futurista, en la que la violencia es el mayor reclamo que tienen las televisiones para lograr audiencia. Me estoy refiriendo a I guerrieri dell’anno 2072 (Fulci, 1984). Cuando pensamos en la antigua Roma, probablemente, una de las primeras imágenes que nos viene a la mente es la de una lucha de gladiadores. Por supuesto una lucha a muerte, ya que no concebimos un munus gladiatorium sin derramamiento de sangre en la arena. Esta visión, no demasiado histórica pero totalmente enraizada en la cultura popular, se ha conformado a través de la imagen mostrada, en buena medida, por las películas y series de romanos que han inundado nuestras pantallas desde finales del siglo XIX. La cita del encabezamiento, a pesar de no pertenecer a una película del género cinematográfico ambientado en la Antigüedad, resume a la perfección ese imaginario colectivo sobre lo violentos, sangrientos y mortales que eran los enfrentamientos entre los gladiadores.

La extrema violencia con la que el cine ha mostrado esa actividad propiamente romana es sumamente matizable, pero aquí quiero centrarme en otro aspecto de esa representación, como es su relación con el contexto político, económico o social en el que fue producida cada película.

Spartaco, il Gladiatore della Tracia fue una película dirigida por Giovanni Enrico Vidali y estrenada en Italia en el año 1913. El film tuvo bastante éxito en su momento debido a la acción y a la espectacularidad de numerosas escenas, entre las que destacan las del circo, donde se escenifican luchas de gladiadores multitudinarias y bastante violentas, ya que dejan un reguero de cadáveres (podemos ver incluso cómo dos mujeres se lamentan al ver caer a algún gladiador allegado a ellas). Espartaco sale victorioso después de vencer a todos los oponentes y es aclamado por el pueblo de Roma. La causa de la revuelta será la negativa de Espartaco a seguir luchando como gladiador, aunque en un primer momento se muestre dócil y predispuesto a ello. La película fue rodada en un contexto en el que interesaba exaltar los valores de la unificación italiana, afianzando vínculos culturales y fortaleciendo la identidad nacional. Para esa época la asociación entre el gladiador tracio con el nacionalismo italiano se había vuelto casi inevitable, gracias, sobre todo, al impacto de la novela Spartaco (1874) de Raffaello Giovagnoli, en la que se compara al esclavo tracio con el mismísimo Garibaldi.  Igualmente, en el caso de la película, la figura de Espartaco como bravo gladiador y militar victorioso es equiparable a la del líder de la unificación italiana. El actor protagonista, Mario Guaita, fue un atlético artista circense que fue conocido con el epíteto de “el primer gladiador del siglo XX”.

 

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Los últimos días de Pompeya (Schoedsack, 1935) es una producción estadounidense con un argumento bastante alejado de la novela homónima de Edward Bulwer-Lytton, con la que comparte poco más que el título. Aunque la película no gozó de un gran éxito, al igual que ninguna otra del ciclo pompeyano, cuenta con algunas escenas relacionadas con los combates de gladiadores que nos parecen interesantes por sus analogías contemporáneas. Por un lado, es digna de mención la importancia que se le da a la riqueza, bien reflejada en la frase que expresa Marco (Preston Foster), el protagonista, al morir su mujer al principio del film: “solo la riqueza importa, pues bien, está en mis manos, es fácil obtenerla, solo tengo que matar”. Tras esto se enrolará como gladiador (auctoratus) con la única intención de llenar su bolsillo de dinero. En una imagen concreta, sumamente representativa, vemos cómo cae la sangre derramada de su espada y se va convirtiendo en monedas de oro. Aunque está históricamente registrado que muchos hombres libres arruinados por las deudas decidían enrolarse como gladiadores y con ello podían lograr grandes sumas, quizá entendamos mejor esas referencias si atendemos al contexto en el que se estrenó la película, solo seis años después del crack del 29 (aun en la época de la Gran Depresión). En el film, los combates son simplificados a una sencilla ecuación: sangre igual a monedas de oro. Por otro lado, la organización de los combates se plantea como una competición en el boxeo moderno, mediante una especie de ranking en el que Marco va ascendiendo hasta lograr el título de campeón. Aunque no es un rasgo presente en otras películas de gladiadores, esta comparación con el boxeo parece lógica si pensamos que en esa época lo más parecido a un combate de gladiadores que podía presenciar un espectador estadounidense era precisamente eso, una competición en el ring.

The last days of Pompeii

Queremos centrarnos, en último lugar, en una obra maestra del cine, como es Espartaco de Stanley Kubrick (1960). La película dedica toda una primera parte a escenificar la vida en el ludus de Quinto Lentulo Batiato (Peter Ustinov), y aunque solo presenciamos un combate[1], aún a día de hoy es la escena más paradigmática de un enfrentamiento entre gladiadores. Tal y como la define el propio Fast, autor de la novela homónima de clara ideología izquierdista en la que se basó el guión: “es la escena que crea la película y la define”. La magnífica escena destaca el horror de la situación como no lo había logrado ninguna otra hasta el momento. En ella se enfrentan Espartaco (Kirk Douglas) y el negro Draba (Woody Strode) en un combate sine missione  apasionante y realmente violento. Merece la pena recordar las palabras usadas por Dalton Trumbo, el guionista del film, para describirla:

 “La muerte de Draba, estéticamente, es un triunfo de la dirección […] es sensacional en el mejor sentido. Es probablemente la primera escena filmada en la que un hombre es asesinado como un toro. Fue exquisitamente concebida, dirigida y fotografiada. […] Es extraordinario que tanta emoción pueda ser concentrada en tan breve espacio de tiempo y de acción. […] Todos esos factores se combinan para producir lo que probablemente sea la mejor escena jamás rodada de un asesinato”.

Cabe apuntar que la escena final del combate en la que Craso (Laurence Olivier) le clava un puñal a Draba en la nuca y la sangre le salpica en la cara fue censurada antes del estreno de la película, pero que a día de hoy  puede ser visualizada en la versión íntegra de la film. También es digna de mención la simbología que tiene la figura de Draba, ya que no es casual que sea un esclavo negro que evocaría el tema de la esclavitud en los inicios de la nación estadounidense, y centrándonos más en la época de rodaje, el movimiento norteamericano en defensa de los derechos civiles. Óscar Lapeña comenta al respecto que Draba en ocasiones puede llegar a parecer incluso un activista del Black Power que añora África.

Hemos repasado solo algunos ejemplos de cómo la Antigüedad recreada en la pantalla es, en buena medida, reflejo de las preocupaciones, inquietudes o demandas políticas y sociales propias del contexto de producción. Con el estreno de Gladiator (Scott, 2000), cuarenta años después de Espartaco, la violencia “propia” del mundo de los gladiadores volvió a sobrecoger a los espectadores, pero en una sociedad considerablemente distinta. En cualquier caso, esa es otra historia, la de la recepción cinematográfica de los gladiadores en el siglo XXI…

 

[1] Combate que para ser precisos no deberíamos calificar un como munus gladiatorum por ser un espectáculo privado demandado por Craso y compañía que se lleva a cabo en el propio ludus. Kirk Douglas y Edward Lewis planearon escenificar el Coliseo y rodar allí los combates, pero afortunadamente la idea se desechó por los costes que hubiese supuesto y porque algo de sentido común les obligó a no adelantar la fecha de construcción del emblemático edificio unos 150 años.


Bibliografía

Cano, Pedro Luis, Cine de romanos. Apuntes sobre la tradición cinematográfica y televisiva del Mundo Clásico, Centro de Lingüística aplicada Atenea, Madrid, 2014.

De España, Rafael, La pantalla épica. Los héroes de la Antigüedad vistos por el cine,  T&B Editores, Madrid, 2009.

Lapeña, Óscar, “Spartacus (S. Kubrick, 1960). De la novela a la pantalla: génesis de Spartacus”, Metakinema, nº 14 (2014)

Lillo, Fernando, Gladiadores. Mito y realidad, Evohé, 2011.

Prieto, Alberto, La Antigüedad filmada, Ediciones Clásicas, Madrid, 2004.

Winkler, Martin, M., Spartacus. Film and History, Blackwell Publishing, Malden-Oxford, 2007.

 

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Oskar Aguado

Bilbao, 1991. Soy licenciado en Historia por la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibersitatea, donde también he cursado el Máster en Mundo Clásico. Actualmente me encuentro realizando una tesis doctoral sobre la recepción de la guerra en la antigua Roma a través del cine y la televisión.
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