De monjes, piratas y griegos.

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Ripollet, 1983. Doctor en Historia Medieval por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente centrado en las relaciones ciudad - Corte, las élites urbanas bajomedievales de Barcelona y las expediciones navales en el Mediterráneo. Y ya en la vida real, dedicado a la divulgación.

A veces los nombres engañan. No los nombres en sí, por supuesto, sino el significado que les atorgamos y que define lo que son. La mayor parte de las veces no nos paramos a pensar en ello aunque, cuando lo hacemos, esbozamos una sonrisa por los recovecos que toman las etimologías de las palabras. Todo esto viene al caso porque, hace unos días, estuve hablando con unos conocidos sobre el origen de Mónaco.

A primera vista parece de esas palabras con un origen facilón. Mónaco se parece sospechosamente a monachus (monje, en latín) y monaco (en italiano) como para ser algo más que una coincidencia fonética. De hecho, el escudo del segundo país más pequeño del mundo ensalza esta similitud sin tapujos, como podéis ver:

Escudo de Armas del Principado de Mónaco

Dos monjes barbudos armados con sendas espadas flanquean el emblema heráldico de los Grimaldi, bajo el lema Deo Iuvante. Esta escena, y la leyenda en torno al nombre del Principado, arrancan de principios de 1297, cuando un miembro de la familia Grimaldi se apoderó de la roca fortificada que entonces era la plaza a través de un ardid que el cine ha inmortalizado cientos de veces y a estas alturas suena ya a tópico: entrar en la fortaleza disfrazado de monje. Otras versiones nos hablan de la costumbre de este Grimaldi de ir siempre encapuchado, hecho que le valió el sobrenombre de “el Monje”, como origen del topónimo.

Pese a los parecidos superficiales, los Grimaldi eran de todo menos un sucedáneo italiano de Robin Hood; las similitudes terminaban en la capucha. Sus orígenes arrancan de Grimaldo, una de las figuras más importantes de la Génova de mitad del siglo XII, que llegó a ser cónsul de la ciudad en 1162, 1170 y 1184. Con él se iniciaba una colección de potentados urbanos intrínsecamente relacionados con el desarrollo del comercio marítimo y el control de la política de la ciudad. Y como suele pasar en estos casos, no tardaron en ganarse enemigos dentro y fuera de la misma. A finales del siglo XIII los Grimaldi se alinearon con el partido güelfo y pagaron las consecuencias de inmiscuirse en la telaraña de la gran política internacional, hasta el punto de vivir temporadas exiliados de Génova y refugiados en sus otras posesiones.

La toma de Mónaco orquestada por Francesco Grimaldi se enmarca, precisamente, en esos años. En 1297, enfrentados con la ciudad que les vio crecer como familia, los Grimaldi arremolinan bajo su capa a una de las facciones rebeldes de la ciudad y, en un golpe de efecto (vaya usted a saber si con disfraces de monje de por medio o no) consiguen conquistar el promontorio de Mónaco, una de las posesiones más occidentales de la ciudad en aquellos momentos. La aventura no duraría mucho y Génova recuperaría la roca poco después. Con todo este hecho no fue el final de la historia, ya que algunos años más tarde otro miembro de los Grimaldi, primo e hijastro de Francesco, conquistaría definitivamente Mónaco para la familia. Desde allí, los Grimaldi se convertirían en un elemento a tener en cuenta en las siempre turbulentas aguas del mediterráneo del siglo XIV; a través de sus actos de piratería consiguieron cortocircuitar durante años el comercio de Génova con Flandes.

Vista de Mónaco en 1890

 

Sea como sea, el origen del topónimo Mónaco poco o nada tiene que ver con las peripecias de los Grimaldi, por mucho que se empeñen en vender la idea, sino que tiene un origen bastante más antiguo. En origen una colonia fenicia, fue conquistada por griegos de Focea, tal y como nos cuenta Hecateo de Mileto y pasó a llamarse Monoikos (de mono+oikos), seguramente por haberse erigido allí algún templo dedicado a Hércules Monoikos (el de una única vivienda). El nombre tuvo fortuna, pues con la llegada de los romanos Mónaco pasó a llamarse Portus Herculis Monaeci, de donde deriva sin excesivas complicaciones la forma Mónaco actual.

Como se puede ver, un origen bastante alejado de los Grimaldis y sus encapuchadas peripecias. La similitud fonética entre ambas palabras dio lugar, como en tantos otros topónimos, a la elaboración de una explicación presentista que diera sentido a un nombre de un origen ya vacío de contenido.

Y mientras tanto los Grimaldi, la casa reinante más antigua de Europa, abandonaron la piratería por actividades más legales como… los casinos y los paraísos fiscales…

Esta entrada se publicó originalmente en Entre historias, el 7 de octubre de 2013.

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Alberto Reche Ontillera

Ripollet, 1983. Doctor en Historia Medieval por la Universitat Autònoma de Barcelona. Actualmente centrado en las relaciones ciudad - Corte, las élites urbanas bajomedievales de Barcelona y las expediciones navales en el Mediterráneo. Y ya en la vida real, dedicado a la divulgación.
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