La Corona Partida… y algunas coronas más

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Diana Pelaz Flores

Cervera de Pisuerga, 1986. Doctora en Historia Medieval por la Universidad de Valladolid. Al servicio de las Reinas de Castilla durante la dinastía Trastámara, atenta a cada intriga en la Corte. Investigadora (si me dejan), archivera (a tiempo parcial), aprendiz (a jornada completa y sin descanso).

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En vísperas del próximo estreno de la última película que pretende acercarse a la figura de la reina Juana I de Castilla, el largometraje pone a disposición del espectador un título aparentemente sencillo que, no obstante, abre la posibilidad de formular diferentes lecturas. “La Corona Partida” alude al difícil periodo que vivió la Corona de Castilla tras la muerte de Isabel la Católica y el intento del padre y el marido de la nueva reina, Juana, por neutralizarla. No deja de ser curioso cómo el objeto que identifica al rey o reina como tal, dé la posibilidad de expresar tanto en tan poco espacio.

 

cartel

http://www.rtve.es/alacarta/videos/carlos-rey-emperador/trailer-corona-partida/3458241/

Trailer oficial de la película “La Corona Partida”

 

Un término tan polisémico como el que ofrece la voz “corona” permite que vengan a la cabeza, casi de manera simultánea, acepciones bien distintas –y esto sólo si nos referimos a la vertiente histórica del vocablo–: puede hacer referencia a un tipo de moneda o al conjunto de reinos que quedan englobados como las posesiones de un determinado monarca pero, sobre todo, se dibuja en nuestra mente, casi por arte de magia, la imagen de un pedazo de metal, de base circular, con más o menos filigranas decorativas, que adornaba las cabezas de los reyes y reinas de un pasado no tan lejano. En torno a este último, girará la entrada que se propone a continuación.

Aunque no podamos resistir la tentación de asociar de manera automática una corona a reyes o emperadores, son muchos los tipos de corona que sirvieron para determinar el estatus social de duques, vizcondes o infantes. En lo que se refiere a las coronas que utilizaban los reyes y reinas de la Edad Media hay que precisar que su uso y el significado que encerraba cada una de ellas era diferente, como la historia que el objeto estaba destinado a escribir. Existían, por un lado, coronas decorativas u ornamentales, elaboradas para evocar la figura del monarca incluso en su ausencia, como símbolo por antonomasia de la maiestas regia. Las insignias reales, como la corona, el cetro o la espada, aunque también la moneda o el sello, eran la imagen del rey, y como tal debían ser veneradas ya que, como ponía de manifiesto Alfonso X en la Segunda Partida: “son en su remembrança do él no está[1].

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La Corona de Isabel la Católica, conservada en Granada, pertenece a la tipología de corona votiva

 

Todavía más interesantes resultan las coronas que se utilizaban los rituales. Objetos que estaban directamente vinculados al ceremonial regio y cuyo uso podía ser continuado a lo largo del tiempo, como ocurrió en el caso de la “corona de los camafeos”, confeccionada para Alfonso VIII (1158-1214) y heredada por los reyes de Castilla hasta Sancho IV (1284-1295). Precisamente, los camafeos tenían como fin legitimar al dirigente de la monarquía castellana como continuador de la Antigüedad, incorporando dos piezas originarias de la época imperial clásica y otras dos procedentes del sur de Italia. Un modelo, el de la corona de camafeos, que sería repetido tiempo después por Alfonso XI (1311-1350), nieto del propio Sancho IV, que se había hecho enterrar con la corona que hoy se conserva en la Catedral de Toledo. Pedro I (1350-1369) heredaría esta segunda corona de los camafeos de su padre, y él a su vez la entregaría a su hija Constanza, regresando a Castilla sólo después del acuerdo matrimonial fijado entre su marido, el duque de Lancaster y el segundo monarca de la dinastía Trastámara, Juan I (1379-1390).

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Corona de los camafeos, de Alfonso VIII, encontrad en la tumba de Sancho IV. Conservada en el Tesoro de la Catedral de Toledo

 

Coronas que pasaban de padres a hijos, que se hacían y rehacían aprovechando unos materiales que a menudo también servían como obsequio, como el balax de gran tamaño que el rey Pedro I de Castilla tomó del rey Bermejo de Granada tras darle muerte y que al parecer sirvió como pago para los servicios militares prestados por el Príncipe Negro durante la Guerra Civil Castellana (1366-1369). Una joya que, más allá de lo legendario, habría adornado la primera de una larga lista de reproducciones posteriores de la Corona del Estado Imperial Inglés.

 

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A la izquierda, reproducción de la Corona del Estado Imperial que se realizó para Jorge V de Inglaterra. A la derecha, Isabel II tras su coronación, en 1953.

 

Las Monarquías de la Península Ibérica miraban con nostalgia un pasado que ya no les pertenecía, pero que querían preservar como un signo de su idiosincrasia y de su identidad histórica. El objeto se convertía así en un elemento comunicador de gran valor y un instrumento de distinción gracias a la historia que dejaba tras de sí. El paso del tiempo conseguía dejar una huella en el objeto pero también en su propietario, como la herrumbre en una llave antigua y el musgo que se aferra a las paredes de una catedral fría y húmeda. Coronas que, como el resto de las insignias reales, se desgastaban, se fundían o se partían, para ser recreadas de nuevo como una nueva pieza. Construyendo, en definitiva, una historia dentro de la Historia. Partes de los tesoros reales a las que se concedió un significado de gran riqueza y que devolvieron después a sus dueños más allá de las intrigas cortesanas, más allá de las ansias por devorar la imagen de su legítimo portador…. o portadora, si volvemos de nuevo al marco de “La Corona Partida”.

[1] Las siete Partidas del Rey Alfonso X, Segunda Partida, Madrid, Real Academia de la Historia, 1807, Título XIII, Ley XVIII, p. 117

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Diana Pelaz Flores

Cervera de Pisuerga, 1986. Doctora en Historia Medieval por la Universidad de Valladolid. Al servicio de las Reinas de Castilla durante la dinastía Trastámara, atenta a cada intriga en la Corte. Investigadora (si me dejan), archivera (a tiempo parcial), aprendiz (a jornada completa y sin descanso).
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